Venezuela: la esperanza permanece en pie entre los escombros
Un mensaje de solidaridad y oración para el pueblo hermano de Venezuela
El pueblo venezolano vive hoy una de las jornadas más dolorosas de su historia reciente. El miércoles 24 de junio de 2026, dos poderosos terremotos, ocurridos con apenas segundos de diferencia, estremecieron el norte del país, provocando numerosas víctimas, centenares de heridos, graves daños materiales y dejando a miles de familias en medio de la incertidumbre. Las labores de búsqueda y rescate continúan mientras crece el número de personas afectadas.
Desde Panamá, y de manera muy especial desde nuestra comunidad parroquial, elevamos una oración confiada por nuestros hermanos venezolanos. En estos momentos de dolor no existen fronteras. Somos una sola familia humana, llamada a compartir el sufrimiento de quienes lloran y a sostenerlos con la cercanía, la solidaridad y la esperanza.
Un pueblo que ha sabido levantarse
Venezuela conoce el sufrimiento provocado por los movimientos sísmicos. Su territorio se encuentra en una región de intensa actividad tectónica, donde convergen las placas del Caribe y de Suramérica, razón por la cual ha experimentado terremotos importantes a lo largo de su historia.
Entre los más recordados se encuentran:
Sin embargo, lo ocurrido este 24 de junio de 2026 posee características verdaderamente extraordinarias.
Un fenómeno poco común
Los especialistas han explicado que los dos terremotos registrados constituyen un "doblete sísmico", un fenómeno poco frecuente en el cual dos terremotos de magnitud semejante ocurren prácticamente al mismo tiempo y muy cerca uno del otro.
El primer movimiento alcanzó una magnitud aproximada de 7,2, seguido apenas 39 segundos después por otro de 7,5, generando un nivel de destrucción muy superior al que normalmente produce un único terremoto de gran magnitud.
Aunque en la historia sísmica venezolana existen antecedentes de secuencias de terremotos importantes —como el de 1812, que probablemente estuvo compuesto por más de un gran evento sísmico en un corto intervalo—, un doblete de esta magnitud y con tan escasa separación temporal constituye un hecho extraordinario y muy poco frecuente para el país.
La solidaridad es el rostro visible del amor
Ante tragedias como esta, la primera respuesta del cristiano no es el miedo, sino la caridad.
Jesucristo nos enseñó:
«Lloren con los que lloran» (cf. Rom 12,15).
La Iglesia siempre ha estado presente donde el sufrimiento golpea con mayor fuerza. Allí donde una familia pierde su hogar, donde un niño queda huérfano, donde un anciano espera ser rescatado o donde un rescatista entrega su vida por salvar a otros, allí también está Cristo, que sigue cargando la cruz junto a la humanidad.
Hoy rezamos por quienes han fallecido; por los heridos; por quienes permanecen desaparecidos; por los médicos, bomberos, rescatistas, voluntarios y miembros de Protección Civil; por las autoridades llamadas a coordinar la ayuda; y por tantas familias venezolanas que viven horas de angustia esperando noticias de sus seres queridos.
La esperanza nunca queda sepultada
Los terremotos pueden derrumbar edificios, pero jamás podrán destruir la esperanza cuando ésta está cimentada en Dios.
A lo largo de su historia, Venezuela ha demostrado una admirable capacidad para levantarse después de cada dificultad. Su pueblo ha sabido reconstruir ciudades, familias e ilusiones. También esta vez volverá a hacerlo, sostenido por la solidaridad de la comunidad internacional y, sobre todo, por la fortaleza que nace de la fe.
San Pablo nos recuerda:
«Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza, auxilio siempre pronto en las tribulaciones» (cf. Sal 46).
En medio de las ruinas siempre comienza una nueva historia. Allí donde parece imponerse la oscuridad, Dios sigue encendiendo la luz de la esperanza.
Gratitud por la solidaridad de la Iglesia y del pueblo panameño
En estos momentos de prueba queremos expresar nuestro más sincero reconocimiento al arzobispo Metropolitano de Panamá: Monseñor. José Domingo Ulloa Mendieta, quien, interpretando el sentir de toda la Iglesia panameña, ha manifestado su cercanía espiritual con el pueblo venezolano, invitando a los fieles a elevar sus oraciones por las víctimas, los heridos, las familias afectadas y todos aquellos que participan en las labores de rescate.
Asimismo, agradecemos profundamente a la Conferencia Episcopal Panameña, que, unida en la caridad de Cristo, ha expresado su solidaridad fraterna con la Iglesia y el pueblo de Venezuela. Este gesto confirma que la Iglesia es una sola familia, donde el dolor de un pueblo es compartido por todos y donde la fe se convierte en fuente de consuelo y esperanza.
Nuestro reconocimiento se extiende igualmente al Gobierno de la República de Panamá, que ha respondido con prontitud y generosidad disponiendo el envío de personal especializado en búsqueda y rescate, así como ayuda humanitaria destinada a aliviar el sufrimiento de quienes hoy enfrentan las consecuencias de esta tragedia. Estos gestos de cooperación internacional manifiestan los más nobles valores de solidaridad, fraternidad y servicio que unen a nuestras naciones.
Panamá y Venezuela mantienen profundos lazos históricos, culturales y humanos. En las horas más difíciles es cuando esos vínculos se fortalecen y adquieren un significado aún más profundo. La ayuda ofrecida no es solamente una respuesta institucional; es el abrazo de un pueblo hermano que no permanece indiferente ante el sufrimiento de otro.
Que Dios bendiga abundantemente a todas las instituciones, voluntarios, rescatistas, profesionales de la salud, organismos de socorro y personas de buena voluntad que, desde Panamá, Venezuela y muchos otros países, están ofreciendo su tiempo, sus recursos y su entrega generosa para salvar vidas y devolver la esperanza a quienes más lo necesitan. Porque la solidaridad es el lenguaje universal del amor y el camino por el cual Dios sigue manifestando su providencia en medio de las pruebas.
Unidos en la Oración
Señor Jesucristo, médico de los cuerpos y de las almas, mira con misericordia al pueblo hermano de Venezuela.
Recibe en tu Reino a quienes han perdido la vida; fortalece a los heridos; consuela a las familias que lloran; protege a quienes trabajan incansablemente en las labores de rescate; concede sabiduría a las autoridades y mueve el corazón de la comunidad internacional para que no falte la ayuda necesaria.
Que la Santísima Virgen María, bajo las advocaciones de la Divina Pastora, la Virgen de Coromoto y todas las advocaciones marianas veneradas por el pueblo venezolano, cubra con su manto maternal a toda la nación.
Que, después del dolor, renazcan la esperanza, la unidad y la paz.
Nuestra cercanía espiritual y nuestra oración acompañan hoy al noble pueblo venezolano. No están solos. Toda la Iglesia camina con ustedes.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
Sí, mis oraciones y solidaridad con el noble y valiente pueblo venezolano.
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