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JUN
2026

Cristo toca nuestras heridas y abre siempre un camino de esperanza



Viernes 26 de junio de 2026

Santos Juan y Pablo, mártires

Semana XII del Tiempo Ordinario

Cristo toca nuestras heridas y abre siempre un camino de esperanza

El tiempo ordinario continúa conduciéndonos por un itinerario de crecimiento espiritual. La liturgia de este viernes nos presenta un fuerte contraste entre dos escenas: por una parte, la destrucción de Jerusalén narrada en el Segundo Libro de los Reyes; por otra, el encuentro lleno de misericordia entre Jesús y un leproso que suplica ser sanado.

Mientras la primera lectura parece mostrar el fracaso de un pueblo que se ha alejado de Dios, el Evangelio revela que el Señor nunca abandona definitivamente a sus hijos. Allí donde el pecado, el sufrimiento o la desesperanza parecen tener la última palabra, Cristo inaugura siempre un nuevo comienzo.

Hoy celebramos también la memoria de los Santos Juan y Pablo, mártires del siglo IV, quienes permanecieron fieles a Jesucristo hasta derramar su sangre. Su testimonio nos recuerda que ninguna dificultad puede apagar la luz de quien ha puesto toda su confianza en Dios.

Jerusalén destruida: cuando el hombre se aleja de Dios

La primera lectura (2 Re 25,1-12) describe uno de los momentos más dolorosos de toda la historia de Israel.

Jerusalén es sitiada por el ejército de Babilonia. El hambre consume a la población. Las murallas son derribadas. El Templo de Salomón, orgullo religioso del pueblo elegido, es incendiado. Los habitantes son deportados y la ciudad santa queda prácticamente desierta.

A primera vista parece una historia únicamente política o militar.

Sin embargo, la Sagrada Escritura invita a descubrir un significado mucho más profundo.

Los profetas habían advertido durante décadas que el pueblo estaba abandonando la alianza con Dios.

La idolatría.
La injusticia.
La corrupción.
La violencia.
La explotación de los pobres.
La falsa seguridad religiosa.

Todo ello fue debilitando lentamente el corazón del pueblo.

No fue Dios quien abandonó a Israel.

Fue Israel quien se fue alejando progresivamente de Dios.

Los Padres de la Iglesia ven en esta destrucción una imagen del alma que pierde la paz cuando se aparta del Señor.

Cuando Dios deja de ocupar el primer lugar, poco a poco se derrumban también las murallas interiores que sostienen la vida espiritual.

Pero la Biblia nunca termina con una derrota.

El exilio será el comienzo de una purificación que preparará el regreso y la reconstrucción.

Dios nunca deja de escribir nuevas páginas de salvación.

"Junto a los ríos de Babilonia..."

El Salmo 136 recoge el dolor del pueblo deportado.

"Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar acordándonos de Sión."

Sin embargo, la liturgia propone como respuesta:

"Tu recuerdo, Señor, es mi alegría."

Es una afirmación profundamente esperanzadora.

Aunque todo parezca perdido...

Aunque hayan desaparecido las seguridades...

Aunque el futuro parezca incierto...

Quien conserva vivo el recuerdo de Dios nunca pierde completamente la esperanza.

San Agustín explica que el verdadero destierro no consiste en vivir lejos de una ciudad, sino lejos del amor de Dios.

Cuando el corazón vuelve al Señor comienza también el verdadero regreso a casa.

Un leproso rompe todas las barreras

El Evangelio (Mt 8,1-4) nos presenta una escena llena de humanidad.

Un leproso se acerca a Jesús.

La Ley prohibía este acercamiento.

Los leprosos eran considerados impuros.

Vivían aislados.

No podían participar plenamente de la vida religiosa.

Muchos los consideraban castigados por Dios.

Sin embargo, este hombre posee algo extraordinario:

Tiene fe.

No exige.

No reclama.

No duda.

Simplemente dice:

"Señor, si quieres, puedes limpiarme."

Es una de las oraciones más bellas de todo el Evangelio.

No intenta imponer su voluntad.

Confía totalmente en la voluntad del Señor.

"Quiero: queda limpio"

La respuesta de Jesús rompe todos los esquemas.

Antes de hablar...

Jesús toca al leproso.

Este detalle tiene enorme importancia.

Nadie tocaba a un leproso.

El contacto implicaba contraer impureza ritual.

Pero Jesús no teme acercarse.

Su santidad no disminuye al tocar al enfermo.

Al contrario.

Su santidad sana.

Su amor purifica.

Su cercanía devuelve la dignidad perdida.

Cristo no solamente cura la enfermedad física.

Restituye al hombre a la comunidad.

Le devuelve su familia.

Le devuelve su vida social.

Le devuelve su esperanza.

Así actúa siempre Dios.

No se limita a resolver problemas.

Reconstruye personas.

Cristo sigue tocando nuestras heridas

También hoy existen muchas formas de lepra.

La soledad.

La depresión.

Las adicciones.

Las divisiones familiares.

El resentimiento.

La desesperanza.

El miedo al futuro.

La pobreza.

La exclusión.

Las heridas provocadas por la violencia.

Muchos hombres y mujeres viven sintiéndose aislados, rechazados o indignos.

Cristo continúa acercándose a ellos.

La Iglesia prolonga ese gesto del Señor cuando acompaña a los enfermos, sostiene a las familias, consuela a quienes sufren, alimenta a los pobres y anuncia el Evangelio de la esperanza.

Cada obra de misericordia hace visible la mano de Cristo que sigue tocando las heridas del mundo.

Santos Juan y Pablo: la esperanza que no muere

La memoria de los Santos Juan y Pablo ilumina esta jornada con el testimonio de la fidelidad.

La tradición cristiana afirma que eran hermanos y servidores de la corte imperial durante el siglo IV.

Prefirieron perder sus privilegios antes que renunciar a Jesucristo.

Durante la persecución del emperador Juliano el Apóstata fueron ejecutados por permanecer firmes en la fe.

La Iglesia los ha venerado durante siglos como ejemplos de valentía cristiana.

Su sangre fue semilla de nuevos creyentes.

Su historia nos enseña que la esperanza cristiana nunca depende de las circunstancias exteriores.

Depende de la certeza de que Cristo ha vencido definitivamente al pecado y a la muerte.

Una enseñanza para nuestro tiempo

Vivimos en una sociedad que con frecuencia experimenta incertidumbre.

Guerras.

Violencia.

Crisis económicas.

Desastres naturales.

Polarización.

Cambios culturales acelerados.

Muchas personas sienten que las "murallas" de su vida también pueden derrumbarse.

La liturgia de hoy ofrece una respuesta llena de esperanza.

Aunque Jerusalén haya caído...

Aunque existan heridas profundas...

Aunque aparezcan dificultades inesperadas...

Cristo continúa diciendo:

"Quiero: queda limpio."

Su misericordia sigue siendo más fuerte que nuestro pecado.

Su gracia sigue siendo mayor que nuestras debilidades.

Su amor continúa construyendo el futuro.

Caminar con esperanza

Cada cristiano está llamado a convertirse en un signo de esa esperanza.

Como Jesús, estamos invitados a acercarnos a quien nadie quiere tocar.

A escuchar antes de juzgar.

A tender la mano antes de señalar.

A reconstruir antes que destruir.

A sembrar confianza donde otros siembran miedo.

La esperanza cristiana no consiste en negar las dificultades.

Consiste en creer que Dios siempre puede sacar un bien mayor incluso de las pruebas más dolorosas.

Así ocurrió con Jerusalén.

Así ocurrió con el leproso.

Así ocurrió con los mártires.

Así puede ocurrir también con nuestra propia historia.

Porque cuando Cristo toca una vida, siempre comienza una creación nueva.

Propósito para hoy

Acercarme con un gesto concreto de cercanía, escucha o ayuda a una persona que esté sufriendo, recordándole con mi actitud que Cristo nunca abandona a quienes ponen su confianza en Él.

Que los Santos Juan y Pablo intercedan por nosotros para que permanezcamos firmes en la fe, vivamos la caridad con generosidad y anunciemos con alegría que ninguna herida es más grande que el amor misericordioso de Jesucristo.


Pbro.Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.

 


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