SÁBADO 20 DE JUNIO DE 2026
SAN JUAN DE MATERA
Semana XI del Tiempo Ordinario
No se inquieten por el mañana: Dios sigue conduciendo nuestra historia
Lecturas:
Dios permanece fiel aun cuando el ser humano se aleja
La Palabra de Dios que la Iglesia nos propone en este sábado nos invita a contemplar dos realidades que acompañan constantemente la vida humana: la fragilidad del corazón y la fidelidad inquebrantable de Dios.
La primera lectura presenta uno de los episodios más dolorosos de la historia del pueblo de Israel. El rey Joás, que durante años había caminado en la fidelidad gracias a la guía del sacerdote Yehoyadá, después de la muerte de este se dejó seducir por la idolatría y abandonó al Señor.
Dios, en su infinita misericordia, no dejó de llamar a su pueblo a la conversión. Envió profetas para advertirle del peligro que corría. Entre ellos destacó Zacarías, hijo de Yehoyadá, quien tuvo el valor de denunciar el pecado y recordar la alianza con Dios. Sin embargo, en lugar de escuchar la voz profética, el pueblo reaccionó con violencia y terminó quitándole la vida.
Este relato pone de manifiesto una verdad permanente: cuando el ser humano se aleja de Dios, termina perdiendo también el sentido de la justicia, de la verdad y del respeto por la vida.
La historia de Joás es una advertencia para todas las generaciones. Nadie está completamente inmunizado contra el pecado. La fidelidad no es una conquista definitiva, sino una decisión que debe renovarse cada día.
Sin embargo, el mensaje principal de la lectura no es la condena, sino la misericordia divina. Dios nunca abandona a quienes se apartan; continúa llamándolos, corrigiéndolos y ofreciéndoles caminos de regreso.
“Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor”
El Salmo 88 responde a la primera lectura con una profesión de fe llena de esperanza.
Mientras las infidelidades humanas se repiten a lo largo de la historia, la misericordia de Dios permanece para siempre.
Esta es una de las grandes certezas de la Biblia.
Los hombres cambian.
Las circunstancias cambian.
Las sociedades cambian.
Pero el amor de Dios permanece.
El salmista contempla la alianza divina y descubre que el fundamento de toda esperanza no está en las capacidades humanas, sino en la fidelidad del Señor.
San Agustín enseñaba que Dios es más constante en amarnos que nosotros en buscarlo. Por eso, incluso cuando atravesamos momentos de oscuridad, podemos seguir proclamando su misericordia.
La esperanza cristiana no nace del optimismo humano, sino de la certeza de que Dios nunca abandona la obra de sus manos.
Jesús nos libera de la esclavitud de la preocupación
El Evangelio de hoy nos presenta una de las enseñanzas más consoladoras de todo el Sermón de la Montaña.
Jesús dice:
“No se inquieten por su vida.”
Estas palabras no significan irresponsabilidad ni despreocupación superficial.
Cristo no invita a la pasividad.
Invita a la confianza.
La preocupación excesiva suele surgir cuando intentamos controlar aquello que solamente pertenece a Dios.
Vivimos en una época marcada por incertidumbres económicas, conflictos sociales, enfermedades, cambios tecnológicos y desafíos familiares. Muchas personas viven angustiadas por el futuro.
Jesús conoce profundamente el corazón humano y sabe cuánto sufrimos cuando permitimos que el miedo gobierne nuestras decisiones.
Por eso nos invita a contemplar la naturaleza.
Miremos las aves del cielo.
Observemos los lirios del campo.
Ellos no viven angustiados por el mañana, y sin embargo son sostenidos por la providencia divina.
Si Dios cuida de ellos, cuánto más cuidará de sus hijos.
La preocupación constante no añade un solo instante a nuestra vida.
La confianza, en cambio, nos permite caminar con serenidad y libertad.
Buscar primero el Reino
El centro del Evangelio se encuentra en una frase que resume todo el mensaje cristiano:
“Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.”
Jesús no promete una vida sin dificultades.
Promete algo mucho más grande: la presencia constante del Padre.
Cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su lugar correcto.
La familia.
El trabajo.
La salud.
Los proyectos.
Los bienes materiales.
Las responsabilidades.
Nada desaparece, pero todo se ordena según el plan de Dios.
La ansiedad nace muchas veces cuando colocamos en el centro cosas que no pueden sostener nuestra existencia.
El Reino de Dios, en cambio, es un fundamento firme que nunca decepciona.
San Juan de Matera: un hombre que confió plenamente en Dios
Hoy recordamos a San Juan de Matera, monje italiano del siglo XII, conocido por su profunda vida de oración, penitencia y confianza en la providencia divina.
Su vida fue una búsqueda constante de Dios. Renunció a seguridades humanas para entregarse completamente al servicio del Señor y a la reforma espiritual de las comunidades monásticas.
Comprendió que la verdadera riqueza no consiste en poseer mucho, sino en pertenecer enteramente a Dios.
Su testimonio sigue siendo actual.
En un mundo que busca seguridad en el dinero, el poder o el prestigio, San Juan nos recuerda que la mayor seguridad se encuentra en la voluntad de Dios.
Una palabra para nuestro tiempo
El Evangelio de hoy es una medicina para el corazón inquieto de nuestro tiempo.
Muchos viven preocupados por lo que ocurrirá mañana.
Los jóvenes se preguntan por su futuro.
Los padres por sus hijos.
Los enfermos por su recuperación.
Los trabajadores por su estabilidad.
Los ancianos por los años que vienen.
Jesús no ignora esas preocupaciones.
Las abraza y las ilumina con una certeza:
Dios sigue cuidando de nosotros.
La historia humana no está abandonada al azar.
La Iglesia no está abandonada al azar.
Las familias no están abandonadas al azar.
Nuestra vida tampoco está abandonada al azar.
Dios continúa guiando discretamente cada acontecimiento hacia el cumplimiento de su plan de amor.
Por eso el cristiano mira el futuro con esperanza.
No porque conozca todo lo que ocurrirá, sino porque conoce a Aquel que conduce la historia.
Propósito para hoy
Dedicar unos minutos de oración para entregar al Señor una preocupación concreta que ocupe nuestro corazón, repitiendo con fe:
“Padre, confío en Ti. Tú sabes lo que necesito. Ayúdame a buscar primero tu Reino y a caminar con esperanza.”
Que la Santísima Virgen María, mujer de confianza absoluta en Dios, nos enseñe a vivir cada día con serenidad, a no dejarnos dominar por el miedo y a mirar el futuro con la certeza de que el Señor nunca abandona a quienes ponen su vida en sus manos.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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