V Domingo de Cuaresma (Ciclo A)
Evangelio
según san Juan 11, 1-45
“Yo soy la resurrección y la vida”
El V Domingo de Cuaresma nos sitúa ante uno de los signos más conmovedores y reveladores del Evangelio: la resurrección de Lázaro. No se trata solo de un milagro extraordinario, sino de una manifestación profunda de la identidad de Cristo y de su poder sobre la vida y la muerte. En este pasaje, la Iglesia nos invita a mirar de frente el misterio del dolor humano, pero también a descubrir en él la presencia de un Dios que no abandona, sino que actúa.
1. Cristo ante el sufrimiento humano: un Dios que se conmueve
El relato comienza con una enfermedad: Lázaro, amigo de Jesús, está gravemente enfermo. Sus hermanas, Marta y María, envían un mensaje lleno de confianza: “Señor, aquel a quien amas está enfermo”. Esta expresión revela una verdad esencial: el amor de Dios no elimina automáticamente el sufrimiento, pero sí lo transforma desde dentro.
Jesús no se apresura. Permanece dos días más donde estaba. Este aparente retraso no es indiferencia, sino pedagogía divina. Dios no actúa según nuestra prisa, sino según su sabiduría. Muchas veces, en nuestra vida, experimentamos ese silencio de Dios. Y sin embargo, es precisamente allí donde Él está obrando algo más grande.
Cuando Jesús llega, Lázaro ya ha muerto. Marta sale a su encuentro con una mezcla de fe y dolor: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Esta frase resume la experiencia de tantos corazones que sufren: la tensión entre la fe y la incomprensión.
2. “Yo soy la resurrección y la vida”: el centro del mensaje
Jesús
responde con una de las afirmaciones más fuertes de todo el Evangelio:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá”.
Aquí no se trata solo de una promesa futura. Jesús no dice “yo daré la vida”, sino “yo soy la vida”. Él es la fuente misma de la vida divina. Creer en Cristo no es solo aceptar una doctrina, sino entrar en comunión con Aquel que vence la muerte.
Marta hace un acto de fe admirable: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Esta confesión es clave. En medio del dolor, ella no pierde la fe. Y esa fe abre el camino al milagro.
3. Jesús llora: la humanidad del Salvador
Uno
de los versículos más breves y más profundos del Evangelio es este: “Jesús
lloró”.
Dios no es indiferente al dolor humano. Cristo, verdadero Dios y verdadero
hombre, comparte nuestras lágrimas.
Este detalle revela una verdad profundamente consoladora: Dios no observa el sufrimiento desde lejos, lo asume, lo vive y lo redime. En cada lágrima humana, hay un eco del corazón de Cristo.
4. “Lázaro, sal fuera”: la llamada a la vida nueva
Ante el sepulcro, Jesús realiza un gesto decisivo. Ordena quitar la piedra. Este detalle es significativo: Dios realiza el milagro, pero pide nuestra colaboración. Quitar la piedra simboliza todo aquello que impide la acción de Dios en nuestra vida: el pecado, el miedo, la desesperanza, la falta de fe.
Luego,
Jesús grita con voz fuerte: “¡Lázaro, sal fuera!”.
Y el muerto sale.
Este signo no solo devuelve la vida a Lázaro; es una anticipación de la resurrección de Cristo y una proclamación de que la muerte no tiene la última palabra.
Pero el gesto no termina allí. Jesús dice: “Desátenlo y déjenlo andar”. Es una invitación a la comunidad: ayudar al que ha vuelto a la vida a caminar libremente. La Iglesia tiene esta misión: acompañar, sanar, liberar.
5. De la muerte a la vida hoy
Este
Evangelio no es solo un relato del pasado. Es una palabra viva para hoy.
Todos, en algún momento, experimentamos formas de muerte: el pecado, la
tristeza, la desesperanza, las heridas interiores. Hay situaciones en las que
sentimos que todo está perdido.
Pero Cristo sigue diciendo: “Sal fuera”.
La Cuaresma es precisamente ese tiempo en el que el Señor nos llama a salir de nuestros sepulcros interiores. Nos invita a dejar atrás lo que nos ata y a abrirnos a la vida nueva que Él nos ofrece.
No hay situación definitiva para quien cree. No hay tumba que Cristo no pueda abrir.
Creer que Jesús es la resurrección y la vida nos lleva a mirar nuestra realidad con esperanza firme, a confiar incluso cuando no entendemos los tiempos de Dios, a dejarnos tocar por su amor que también llora con nosotros, y a dar pasos concretos para salir de todo aquello que nos mantiene atados, colaborando con su gracia para vivir como hombres y mujeres verdaderamente libres en Él.
Este V Domingo de Cuaresma nos prepara directamente para la Pascua. Cristo no solo resucita a Lázaro: nos anuncia que Él mismo vencerá la muerte. Y con Él, también nosotros estamos llamados a la vida plena.
Hoy,
más que nunca, resuena su voz:
“Sal fuera… y vive.”
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
El Evangelio nos muestra la dignidad y amor por la amistad sincera una relación humana con un ser superior sentimientos embellecedor, confortar a su compromiso de amor como hermano verlos sentir su vínculo como familia desata emociones sinceras, confianza en el proceder de cada uno de nosotros.
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