28
JUN
2026

«Quien recibe a Cristo nunca pierde; quien lo entrega todo por Él, encuentra la verdadera vida»



XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Domingo 28 de junio de 2026

«Quien recibe a Cristo nunca pierde; quien lo entrega todo por Él, encuentra la verdadera vida»

La liturgia de este XIII Domingo del Tiempo Ordinario nos invita a mirar el futuro con esperanza, valentía y confianza absoluta en Dios. En un mundo donde muchas veces se busca la comodidad antes que el compromiso, Jesucristo nos presenta hoy el verdadero camino del discípulo: amar a Dios sobre todas las cosas, vivir con radicalidad el Evangelio y descubrir que hasta el gesto más pequeño realizado por amor tiene un valor eterno.

Providencialmente, este domingo posee un profundo significado para toda la Iglesia. En muchos lugares del mundo se celebra la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, ocasión en la que la Iglesia universal realiza la tradicional colecta del Óbolo de San Pedro, signo concreto de comunión con el Sucesor de Pedro y de colaboración con su inmensa obra de caridad en favor de los más necesitados. Conforme a las Normas Complementarias al Código de Derecho Canónico (#1262), la colecta de este día se destina íntegramente a la Santa Sede como expresión visible de nuestra unidad eclesial.

Al mismo tiempo, en nuestra comunidad parroquial vivimos una hermosa coincidencia providencial: concluimos el Mes de la Familia y también el Mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús con la gran caminata familiar:

"Caminamos por la paz y la familia: Unidos por la vida y la esperanza."

No existe mejor manera de cerrar este mes que caminando juntos, orando juntos y renovando nuestro compromiso de construir hogares donde Cristo sea verdaderamente el centro de la vida.

Dios nunca se deja ganar en generosidad

La primera lectura (2 Re 4,8-11.14-16) nos presenta a una mujer sunamita que, sin esperar recompensa, abre las puertas de su casa al profeta Eliseo.

Su hospitalidad nace de un corazón creyente.

Reconoce que aquel hombre es un enviado de Dios y decide construirle una pequeña habitación para que siempre tenga un lugar donde descansar.

La recompensa llega inesperadamente.

Aquella mujer, que humanamente había perdido la esperanza de ser madre, recibe el anuncio que cambiará completamente su vida:

"El año próximo abrazarás un hijo."

Así actúa Dios.

Nunca permanece indiferente frente a la generosidad.

Los Padres de la Iglesia vieron en esta habitación preparada para Eliseo una imagen del alma cristiana. San Ambrosio enseñaba que cada creyente está llamado a construir en su interior una morada digna para que Dios habite en ella. No basta admirar al Señor desde lejos; es necesario abrirle la puerta del corazón.

También hoy Cristo sigue buscando hogares donde pueda entrar.

Busca familias donde reine el perdón.

Busca matrimonios donde vuelva el diálogo.

Busca jóvenes capaces de escuchar su voz.

Busca corazones disponibles.

"Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor"

El Salmo 88 responde con una de las expresiones más hermosas de toda la Escritura:

"Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor."

Toda la historia de la salvación puede resumirse precisamente en esa palabra: misericordia.

La fidelidad de Dios nunca falla.

Aunque el ser humano muchas veces se aparte, Dios permanece fiel.

Cuando caemos, Él nos levanta.

Cuando dudamos, Él nos sostiene.

Cuando perdemos la esperanza, Él vuelve a decirnos:

"No tengas miedo."

Nuestra vida cristiana debería convertirse en un canto permanente de gratitud.

Quien reconoce la misericordia de Dios deja de vivir desde el miedo y comienza a caminar desde la confianza.

Hemos muerto con Cristo para vivir una vida nueva

San Pablo, escribiendo a los Romanos (Rom 6,3-4.8-11), nos recuerda una verdad fundamental de nuestra fe.

Por el Bautismo hemos sido incorporados a la muerte y resurrección de Cristo.

No somos simplemente personas que intentan portarse bien.

Somos hombres y mujeres nuevos.

Cristianos llamados a vivir ya desde ahora la vida del Resucitado.

El Bautismo no fue únicamente un acontecimiento del pasado.

Es una realidad que transforma cada día nuestra existencia.

Cada vez que vencemos el egoísmo, resucita Cristo en nosotros.

Cada vez que perdonamos, resucita Cristo.

Cada vez que servimos, resucita Cristo.

Cada vez que defendemos la vida, resucita Cristo.

San Juan Crisóstomo decía que el cristiano bautizado debe vivir de tal manera que el mundo pueda reconocer en él el rostro mismo de Jesucristo.

Ese sigue siendo nuestro desafío.

Amar a Cristo por encima de todo

El Evangelio (Mt 10,37-42) contiene palabras exigentes que sólo pueden comprenderse desde el amor.

"El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí."

Jesús no invita a despreciar la familia.

Todo lo contrario.

Él mismo santificó la vida familiar en Nazaret.

Lo que nos enseña es el verdadero orden del amor.

Cuando Dios ocupa el primer lugar, aprendemos a amar mejor a todos los demás.

Quien pone a Cristo en el centro se convierte en mejor esposo.

Mejor esposa.

Mejor padre.

Mejor madre.

Mejor hijo.

Mejor ciudadano.

Porque el amor de Dios purifica todos los demás amores.

El Señor añade además una enseñanza profundamente consoladora:

"Quien les dé a beber un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños... no quedará sin recompensa."

Dios no mide únicamente las grandes obras.

También mira los pequeños gestos.

Una visita a un enfermo.

Una palabra de aliento.

Una sonrisa.

Una oración.

Un acto de paciencia.

Una limosna.

Todo lo realizado por amor permanece para siempre.

Santa Teresa de Calcuta repetía que no estamos llamados a hacer cosas extraordinarias, sino cosas ordinarias con un amor extraordinario.

Pedro y Pablo: la Iglesia edificada sobre la fe

Este domingo nuestra mirada también se dirige hacia los santos Pedro y Pablo.

Dos hombres muy distintos.

Uno pescador.

Otro intelectual.

Uno impulsivo.

Otro apasionado predicador.

Sin embargo, ambos fueron transformados por el encuentro con Cristo.

Ambos dieron la vida por el Evangelio.

Ambos siguen sosteniendo espiritualmente a la Iglesia.

Por eso hoy la Iglesia invita a todos los fieles a participar generosamente en el Óbolo de San Pedro, una expresión concreta de comunión con el Santo Padre y una ayuda efectiva para las innumerables obras de caridad que realiza en nombre de toda la Iglesia.

Nuestra ofrenda es mucho más que una ayuda económica.

Es un acto de fe.

Es una manifestación visible de nuestra pertenencia a la Iglesia universal.

Es decirle al Papa:

"No camina solo."

Caminamos por la paz y la familia

Hoy también nuestra parroquia culmina el Mes de la Familia y el Mes del Sagrado Corazón de Jesús con la gran caminata:

"Caminamos por la paz y la familia: Unidos por la vida y la esperanza."

No es simplemente una actividad recreativa.

Es un testimonio público.

Es anunciar que creemos en la familia como el primer santuario de la vida.

Es proclamar que la paz comienza dentro del hogar.

Es recordar que el Corazón de Jesús sigue siendo la fuente donde nuestras familias encuentran consuelo, reconciliación y fortaleza.

Cada paso que damos hoy simboliza nuestro compromiso de seguir caminando con Cristo.

Porque una familia que camina con Jesús nunca camina sola.

Tres mensajes para vivir hoy

1. Dios recompensa toda generosidad hecha por amor. Ningún acto de servicio, hospitalidad o caridad queda sin fruto delante del Señor.

2. El Bautismo nos llama a vivir como hombres y mujeres nuevos. No estamos destinados a repetir el pasado, sino a construir un futuro lleno de esperanza en Cristo.

3. Las familias que ponen a Jesús en el centro se convierten en sembradoras de paz. Allí donde Cristo reina, florecen el perdón, la unidad y la esperanza.

Propósito para hoy

Participaré con alegría en la Eucaristía, colaboraré generosamente con el Óbolo de San Pedro según mis posibilidades, y realizaré un gesto concreto de amor hacia mi familia o hacia una persona necesitada, recordando que todo lo hecho por Cristo tiene valor eterno.

Que el Corazón de Jesús siga guiando nuestros hogares

Al concluir este Mes del Sagrado Corazón y el Mes de la Familia, renovemos nuestra confianza en el Señor.

Entreguemos nuevamente nuestras casas al Corazón de Cristo.

Que Él reine en nuestras familias.

Que sane nuestras heridas.

Que fortalezca nuestros matrimonios.

Que proteja a nuestros niños.

Que acompañe a nuestros ancianos.

Que sostenga a nuestros jóvenes.

Y que, siguiendo el ejemplo de los santos Pedro y Pablo, permanezcamos siempre firmes en la fe, generosos en la caridad y alegres en la esperanza.

Que María Santísima, Reina de la Familia y Madre de la Iglesia, nos tome de la mano para seguir caminando, unidos por la vida, la paz y la esperanza.

¡Feliz XIII Domingo del Tiempo Ordinario!


Pbro. Alfredo Uzcátegui

Vicario parroquial.


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