Viernes 3 de julio de 2026
Santo Tomás Apóstol
Fiesta
«¡Señor mío y Dios mío! La fe que nace del encuentro con Cristo transforma el mundo»
Cada 3 de julio la Iglesia celebra con profunda alegría la fiesta de Santo Tomás Apóstol, uno de los Doce elegidos por Jesucristo. Su figura ha quedado marcada en la memoria cristiana por aquella escena del Evangelio en la que manifiesta sus dudas acerca de la Resurrección del Señor. Sin embargo, reducir su vida únicamente a ese episodio sería una gran injusticia. Tomás no es el apóstol de la incredulidad, sino el discípulo que recorrió el camino desde la duda sincera hasta una de las profesiones de fe más bellas y profundas de todo el Nuevo Testamento:
«¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).
La liturgia de hoy nos invita a descubrir que Dios no rechaza nuestras preguntas cuando nacen de un corazón que busca la verdad. Al contrario, Jesucristo sale al encuentro de quien lo busca con sinceridad y transforma las dudas en una fe más madura, más sólida y más misionera.
En un mundo lleno de incertidumbres, esta fiesta es una invitación a renovar nuestra confianza en Cristo Resucitado, fundamento firme de nuestra esperanza.
Santo Tomás: un discípulo auténtico
Los Evangelios presentan a Tomás como un hombre de carácter decidido, generoso y profundamente honesto.
Cuando Jesús decide regresar a Judea, sabiendo que allí corría peligro de muerte, Tomás exclama con valentía:
«Vayamos también nosotros para morir con Él.» (Jn 11,16).
Más tarde, durante la Última Cena, es Tomás quien pregunta con toda sinceridad:
«Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos conocer el camino?» (Jn 14,5).
Gracias a esa pregunta, Jesús pronuncia una de las declaraciones más importantes del Evangelio:
«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.»
Tomás representa a tantas personas que desean comprender antes de adherirse plenamente. Su búsqueda nunca nace de la rebeldía, sino del deseo profundo de encontrar la verdad.
La tradición de la Iglesia siempre ha valorado esta actitud porque muestra que la fe auténtica no elimina la inteligencia, sino que la ilumina.
«Si no veo...»
El Evangelio de hoy (Jn 20,24-29) nos sitúa ocho días después de la Resurrección.
Los demás apóstoles ya habían visto al Señor.
Tomás no estaba presente.
Cuando le anuncian:
«Hemos visto al Señor»,
él responde:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos... no creeré.»
Con frecuencia esta frase ha sido interpretada únicamente como una falta de fe.
Sin embargo, la exégesis bíblica descubre algo mucho más profundo.
Tomás ama tanto a Jesús que no quiere alimentar falsas ilusiones.
No desea creer cualquier noticia.
Quiere encontrarse realmente con el Señor.
Y precisamente porque busca sinceramente la verdad, Cristo sale a su encuentro.
Ocho días después Jesús vuelve a presentarse.
No reprende duramente al apóstol.
No lo humilla delante de los demás.
Con infinita delicadeza le dice:
«Trae aquí tu dedo... trae tu mano... y no seas incrédulo, sino creyente.»
Jesús responde exactamente a las dudas de Tomás.
Porque Dios conoce perfectamente las preguntas que cada corazón lleva dentro.
La profesión de fe más hermosa
La respuesta de Tomás constituye uno de los momentos culminantes de todo el Evangelio de san Juan.
No necesita tocar las heridas.
Basta contemplar el rostro del Resucitado.
Entonces exclama:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Es la confesión más completa de toda la obra de san Juan.
Tomás reconoce no solamente a Jesús como Maestro.
Lo reconoce como Dios verdadero.
Los Padres de la Iglesia contemplaron este momento con enorme admiración.
San Gregorio Magno afirma:
«La incredulidad de Tomás fue más útil para nuestra fe que la fe inmediata de los demás discípulos.»
Porque gracias a sus dudas recibimos una confirmación extraordinaria de la realidad de la Resurrección.
Las heridas gloriosas de Cristo se convierten en el fundamento de nuestra esperanza.
«Dichosos los que creen sin haber visto»
Jesús concluye con unas palabras dirigidas directamente a todos nosotros:
«Porque me has visto has creído; dichosos los que creen sin haber visto.»
No significa que la fe sea irracional.
Significa que la fe nace del encuentro vivo con Cristo mediante la Iglesia, la Sagrada Escritura, los sacramentos y la acción del Espíritu Santo.
Nosotros no vimos físicamente al Señor Resucitado.
Pero lo encontramos cada día en la Eucaristía.
En la Palabra de Dios.
En el perdón sacramental.
En los pobres.
En la comunidad cristiana.
En cada acto de amor.
«Edificados sobre el fundamento de los Apóstoles»
La primera lectura (Ef 2,19-22) ilumina maravillosamente la fiesta de hoy.
San Pablo afirma:
«Ustedes están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Cristo Jesús la piedra angular.»
La Iglesia no es una simple organización humana.
Es una construcción espiritual.
Cristo es la piedra angular.
Los Apóstoles constituyen el fundamento visible.
Cada bautizado es una piedra viva llamada a formar parte del edificio de Dios.
La misión apostólica continúa hoy en la Iglesia mediante la sucesión apostólica, la predicación fiel del Evangelio y la celebración de los sacramentos.
Por eso la fe de Tomás sigue sosteniendo nuestra fe veinte siglos después.
«Vayan por todo el mundo»
El Salmo responsorial resume perfectamente la misión apostólica:
«Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio.»
La tradición más antigua sostiene que Santo Tomás evangelizó Persia y llegó hasta la India, donde fundó numerosas comunidades cristianas.
Los llamados Cristianos de Santo Tomás, presentes aún hoy en la India, conservan con orgullo esta antiquísima tradición apostólica.
Finalmente entregó su vida como mártir anunciando a Cristo.
Aquel hombre que un día pidió ver para creer terminó ofreciendo su propia sangre por Aquel a quien había reconocido como Señor y Dios.
Una palabra para nuestro tiempo
Vivimos en una época donde muchas personas experimentan dudas sobre la fe.
Algunos se preguntan dónde está Dios en medio del sufrimiento.
Otros buscan respuestas frente a los desafíos de la ciencia, la cultura o los cambios sociales.
La figura de Santo Tomás nos enseña que las preguntas sinceras no alejan necesariamente de Dios.
Pueden convertirse en el camino hacia un encuentro más profundo con Él.
Cristo no teme nuestras preguntas.
Lo que espera es que permanezcamos abiertos a su presencia.
La fe cristiana no consiste en cerrar los ojos.
Consiste en abrir el corazón.
Cada vez que participamos en la Santa Misa, el Señor Resucitado vuelve a ponerse en medio de nosotros.
Nos muestra, sacramentalmente, sus manos y su costado glorioso.
Y nos invita a renovar la misma profesión de fe de Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Tres mensajes para vivir hoy
1. Dios no rechaza las dudas sinceras; las transforma en una fe más profunda cuando buscamos la verdad con humildad.
2. La Iglesia permanece firme porque está edificada sobre Cristo, piedra angular, y sobre el testimonio de los Apóstoles.
3. Todo verdadero encuentro con Cristo nos convierte en discípulos misioneros, llamados a anunciar el Evangelio con alegría y esperanza.
Propósito para hoy
Durante la celebración de la Eucaristía, contemplaré a Jesús verdaderamente presente en la Hostia consagrada y, con profunda fe, repetiré lentamente la oración de Santo Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Además, compartiré con una persona una palabra de esperanza o un testimonio sencillo de mi fe, recordando que todos estamos llamados a anunciar a Cristo con nuestra vida.
Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, nos acompañe para que, como Santo Tomás, pasemos de toda duda a una fe firme, de todo temor a un testimonio valiente y de todo encuentro con Cristo a una vida plenamente entregada al anuncio del Evangelio.
Santo Tomás Apóstol, ruega por nosotros.
Pbro.Alfredo Uzcátegui.
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