Serie: Concilio Vaticano II: Luz para la Iglesia de hoy
Conocer, custodiar, vivir y defender la fe católica
Artículo N.º 38
Gaudium et Spes – Primera Parte, Capítulo I
La dignidad de la persona humana
«Cristo revela plenamente el hombre al propio hombre»
«En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.» (Gaudium et Spes, 22)
Vivimos en una época en la que se habla constantemente de los derechos humanos, de la libertad y de la dignidad de la persona. Sin embargo, con frecuencia se intenta fundamentar esa dignidad únicamente en criterios sociales, políticos, económicos o científicos. El Concilio Vaticano II nos recuerda que la verdadera grandeza del ser humano no nace de sus capacidades, de su riqueza ni de sus logros, sino de haber sido creado por Dios a su imagen y semejanza y de haber sido redimido por Jesucristo.
El primer capítulo de Gaudium et Spes constituye una de las reflexiones antropológicas más profundas del Magisterio de la Iglesia. Nos enseña que el hombre sólo llega a comprender plenamente quién es cuando contempla el rostro de Cristo. Él revela el origen, la vocación y el destino eterno de toda persona.
En un mundo donde tantas veces se degrada la vida humana mediante la violencia, la indiferencia, el descarte y el relativismo, este capítulo proclama con fuerza que cada persona posee una dignidad inviolable que nadie puede arrebatar.
Los Padres conciliares redactaron este capítulo teniendo presentes los grandes desafíos del siglo XX: las guerras mundiales, los genocidios, las ideologías totalitarias, la discriminación, la pobreza, las injusticias sociales y el creciente materialismo.
Frente a estas heridas de la humanidad, el Concilio reafirmó que toda persona posee un valor infinito porque ha sido creada por Dios y llamada a la comunión eterna con Él.
No es el Estado quien concede la dignidad humana.
No es la sociedad quien la otorga.
No depende de la edad, de la salud, de la utilidad económica ni de la condición social.
La dignidad humana es un don recibido del Creador.
La persona humana: imagen de Dios
El libro del Génesis afirma:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1,26).
Esta verdad constituye el fundamento de toda la doctrina cristiana sobre el ser humano.
Cada persona refleja algo del amor, de la inteligencia y de la libertad de Dios.
Por ello, todo ser humano merece respeto desde el momento de su concepción hasta su muerte natural.
La Iglesia defiende la vida porque reconoce en cada persona la huella del mismo Dios.
No existen vidas de primera y de segunda categoría.
Toda vida humana posee un valor incomparable.
Cristo revela plenamente al hombre
El número 22 de Gaudium et Spes es considerado uno de los textos más importantes del Concilio Vaticano II.
Afirma que sólo contemplando a Jesucristo comprendemos plenamente quiénes somos.
Cristo nos revela:
En Él descubrimos que hemos sido creados para amar y para vivir eternamente con Dios.
La libertad humana
Dios creó al hombre libre.
La libertad no consiste en hacer cualquier cosa.
La verdadera libertad consiste en elegir el bien.
El pecado esclaviza.
La verdad libera.
Jesucristo no limita nuestra libertad; la perfecciona.
Cuando el hombre vive según el Evangelio alcanza la plenitud de su vocación.
La conciencia moral
El Concilio enseña que en lo más profundo del corazón existe una voz que invita constantemente a hacer el bien y evitar el mal.
Esa voz es la conciencia.
Sin embargo, la conciencia necesita ser formada.
No basta seguir los propios sentimientos.
Debe iluminarse mediante:
Una conciencia bien formada conduce siempre hacia la verdad.
La vocación del ser humano
Todo hombre está llamado a una vocación mucho más grande que el éxito terreno.
Hemos sido creados para la santidad.
La felicidad definitiva no se encuentra en el poder, el dinero o el prestigio, sino en la comunión eterna con Dios.
Por eso la Iglesia anuncia constantemente la esperanza de la vida eterna.
La historia humana encuentra su plenitud en el Reino de Dios.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña:
«La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios.» (CEC 1700)
San Juan Pablo II escribió en Redemptor Hominis:
«El hombre es el camino primero y fundamental de la Iglesia.»
Benedicto XVI recordó que una sociedad pierde su rumbo cuando deja de reconocer la verdad sobre el hombre y sobre Dios.
Estas enseñanzas prolongan y desarrollan la riqueza doctrinal de Gaudium et Spes.
Este capítulo nos invita a mirar a cada persona con los ojos de Cristo.
Cada encuentro con un hermano es una oportunidad para reconocer en él la imagen de Dios.
La defensa de la dignidad humana comienza en los pequeños gestos cotidianos:
La santidad transforma la manera de mirar a los demás.
Defensa de la fe
Error frecuente
«La dignidad humana depende de la autonomía personal o de la capacidad de producir y decidir por sí mismo.»
Respuesta católica
La Iglesia enseña que la dignidad humana no depende de la utilidad, de la edad, de la salud, del desarrollo intelectual ni del reconocimiento social. Toda persona, desde el primer instante de su existencia hasta su muerte natural, posee una dignidad inviolable porque ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y redimida por Cristo. Esta verdad fundamenta la defensa de la vida, el respeto a los más débiles y la promoción auténtica de los derechos humanos.
Tres mensajes de hoy
Pensar, sentir y actuar
Cada vez que miramos a otra persona estamos ante alguien amado por Dios desde toda la eternidad. Si aprendemos a contemplar el rostro de Cristo en cada hermano, desaparecerán el desprecio, la indiferencia y el egoísmo. El mundo cambia cuando cada cristiano reconoce que la verdadera grandeza no consiste en dominar, sino en amar y servir. Así comienza la auténtica civilización del amor que el Evangelio propone a todos los pueblos.
Propósito para hoy
Hoy procuraré tratar con especial respeto y delicadeza a cada persona que encuentre, recordando que todos somos imagen de Dios. Además, rezaré por quienes sufren el desprecio, la violencia o cualquier atentado contra su dignidad, comprometiéndome a realizar una obra concreta de caridad en favor de alguien necesitado.
Oración final
Señor Jesucristo, imagen perfecta del Padre, gracias porque nos revelas la grandeza de nuestra vocación y la dignidad que has puesto en cada ser humano. Enséñanos a reconocer tu rostro en cada hermano, especialmente en los más pobres, los enfermos, los ancianos y los niños. Haz que defendamos siempre la vida, promovamos la justicia y trabajemos por una sociedad donde toda persona sea respetada y amada como hijo de Dios. Que la Santísima Virgen María, Madre de la humanidad redimida, nos acompañe en este camino de santidad y servicio. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
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