Martes
3 de febrero de 2026
San Blas, obispo y mártir
Cuarta semana del Tiempo Ordinario
San Blas: fe que sana, esperanza que protege la vida
La Iglesia celebra hoy la memoria de San Blas, pastor fiel y testigo valiente del Evangelio, cuya intercesión ha sido invocada durante siglos de modo especial para la protección de la garganta y la salud corporal. Esta memoria, profundamente arraigada en la Tradición viva de la Iglesia, se ilumina hoy con la Palabra de Dios, que nos conduce del drama humano a la esperanza que no defrauda.
1. San Blas: pastor, mártir y servidor de la vida
San Blas fue obispo de Sebaste, en Armenia, a inicios del siglo IV. Vivió en tiempos de persecución y supo unir la caridad pastoral con la fortaleza del martirio. La Tradición recoge numerosos testimonios de su cercanía a los enfermos y de su oración confiada por quienes sufrían. De modo particular, la piedad cristiana recuerda el milagro por el cual salvó a un niño que se ahogaba por una espina atravesada en la garganta, origen de la bendición que hoy la Iglesia sigue ofreciendo.
Los Padres de la Iglesia enseñan que el martirio no es una derrota, sino una proclamación suprema de esperanza. San Blas no protegió la vida negando la cruz, sino entregándola con amor. Por eso su memoria sigue siendo actual: nos recuerda que el cuidado del cuerpo y la salvación del alma no se oponen, sino que se iluminan mutuamente.
2. La primera lectura: el dolor que clama y el amor que no muere
El relato del Segundo Libro de Samuel (18, 9-10.14.24-25.30–19, 3) nos presenta el drama de David ante la muerte de su hijo Absalón. No es un texto fácil. La Sagrada Escritura no oculta el sufrimiento humano, incluso cuando nace del pecado y de las decisiones equivocadas. David llora, gime, se desarma interiormente.
Desde una lectura exegética y pastoral, este texto nos enseña que Dios no desprecia el llanto del corazón. El dolor ofrecido ante Él puede convertirse en camino de purificación y de sabiduría. La esperanza cristiana no consiste en negar el sufrimiento, sino en atravesarlo con Dios. Aun cuando todo parece perdido, el Señor sigue trabajando silenciosamente para abrir un futuro nuevo.
3. El salmo: una oración confiada en medio de la fragilidad
El salmo responsorial nos hace repetir: «Protégeme, Señor, porque te amo» (Sal 85). Esta súplica resume la actitud del creyente auténtico. No pedimos protección desde el miedo, sino desde el amor. La confianza filial es el fundamento de toda esperanza verdadera.
La Iglesia, siguiendo el Magisterio, enseña que la oración no es evasión, sino un acto profundamente realista: reconocer que nuestra vida está en manos de Dios. San Blas vivió así, y por eso pudo cuidar de los enfermos, acompañar a los débiles y entregar su vida con serenidad.
4. El Evangelio: Jesús, Señor de la vida y de la enfermedad
El Evangelio según san Marcos (5, 21-43) nos presenta dos milagros entrelazados: la curación de la mujer que sufría hemorragias y la resurrección de la hija de Jairo. Ambos relatos revelan el corazón del Evangelio: Jesús no es indiferente al dolor humano; se deja tocar por la fe, se detiene, escucha, restaura.
Desde la Tradición y la enseñanza constante de la Iglesia, este pasaje afirma con fuerza que Cristo es Señor de la vida. La enfermedad no tiene la última palabra, ni siquiera la muerte. Donde parece que todo ha terminado, Jesús dice: «No temas; basta que creas». Esta es la raíz de la esperanza cristiana.
5. La bendición de las gargantas: fe encarnada y esperanza concreta
La bendición de los cordones y de las gargantas en la memoria de San Blas es un signo sencillo y profundamente teológico. No se trata de un gesto mágico, sino sacramental: una oración de la Iglesia que confía la salud corporal a Dios, pidiendo vivirla siempre en orden a la salvación.
El Magisterio recuerda que los sacramentales disponen el corazón para recibir la gracia y fortalecen la fe en la vida cotidiana. Al recibir esta bendición, el cristiano renueva su confianza en Dios y se compromete a usar su voz para bendecir, anunciar la verdad, consolar y dar esperanza.
6. Una esperanza orientada al futuro
En un mundo herido por la enfermedad, la incertidumbre y el miedo, la memoria de San Blas nos invita a mirar hacia adelante con fe firme. Dios sigue actuando. Cristo sigue tocando las heridas. La Iglesia sigue acompañando con ternura y verdad.
Hoy somos llamados a cuidar la vida, a orar por los enfermos, a usar nuestra palabra para edificar y a vivir con la certeza de que, en Cristo, el futuro está abierto. San Blas, obispo y mártir, intercede por nosotros para que caminemos con esperanza, confiando en el Señor que nunca abandona a su pueblo.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared