Jueves 25 de junio de 2026
Santos Guillermo y Máximo
Semana XII del Tiempo Ordinario
Construir la vida sobre la roca: una fe que permanece para siempre
La liturgia de este jueves nos conduce al final del Sermón de la Montaña, uno de los discursos más importantes de Jesucristo. Después de enseñar las Bienaventuranzas, el amor a los enemigos, la confianza en la Providencia y la vida de oración, el Señor concluye con una enseñanza decisiva: la fe auténtica no consiste solamente en escuchar su Palabra, sino en vivirla.
En un mundo donde tantas seguridades humanas cambian rápidamente, Cristo nos invita a edificar nuestra existencia sobre un fundamento que nunca será destruido: Él mismo.
Las lecturas de hoy nos hablan de dos maneras de construir la vida. Una conduce a la ruina; la otra permanece firme aun en medio de las tormentas.
La primera lectura: cuando un pueblo pierde su fundamento
El segundo libro de los Reyes (2 Re 24, 8-17) narra uno de los momentos más dolorosos de la historia del pueblo de Israel.
Jerusalén cae en manos del rey Nabucodonosor. El joven rey Joaquín es deportado junto con la familia real, los soldados, los artesanos y numerosos habitantes. El templo es saqueado y los tesoros sagrados son llevados a Babilonia.
No se trata simplemente de una derrota militar.
La Sagrada Escritura interpreta este acontecimiento desde la fe. Durante muchos años el pueblo había olvidado la alianza con Dios. La idolatría, la injusticia social, la corrupción moral y el abandono de la Ley fueron debilitando poco a poco los cimientos espirituales de la nación.
Cuando desaparece el fundamento de Dios, también terminan derrumbándose las demás estructuras.
Sin embargo, incluso en medio del exilio aparece una esperanza silenciosa.
Dios no abandona a su pueblo.
El destierro será también un tiempo de purificación, de conversión y de preparación para un nuevo comienzo.
Esta es una constante en toda la historia de la salvación: Dios nunca permite una prueba sin abrir también un camino de esperanza.
"Socórrenos, Dios, Salvador nuestro"
El Salmo 78 recoge el clamor de un pueblo que reconoce sus pecados y suplica la misericordia divina:
«Socórrenos, Dios, Salvador nuestro.»
No es un grito de desesperación.
Es una oración nacida de la confianza.
Quien reconoce humildemente sus errores ya ha comenzado el camino del regreso a Dios.
La misericordia siempre es más grande que nuestras caídas.
San Agustín enseñaba que Dios permite que experimentemos nuestra fragilidad para descubrir que toda nuestra fortaleza proviene únicamente de Él.
El Evangelio: no basta decir "Señor, Señor"
El Evangelio de san Mateo (7, 21-29) constituye el gran cierre del Sermón de la Montaña.
Jesús pronuncia unas palabras que siguen interpelando profundamente a cada cristiano:
«No todo el que me dice: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre.»
Cristo no desprecia las palabras.
Él mismo nos enseñó a orar.
Pero advierte que la fe no puede quedarse únicamente en expresiones religiosas exteriores.
La verdadera fe transforma la existencia.
La oración debe conducir al amor.
La Eucaristía debe conducir al servicio.
La confesión debe conducir a una auténtica conversión.
Escuchar el Evangelio debe conducir a vivir el Evangelio.
La santidad consiste precisamente en esa coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos.
La casa construida sobre roca
Jesús presenta después una de las parábolas más conocidas del Evangelio.
Dos hombres construyen una casa.
Los dos trabajan.
Los dos levantan una vivienda.
Los dos enfrentan la misma tormenta.
La diferencia no está en la lluvia, ni en los ríos, ni en los vientos.
La diferencia está en el fundamento.
Uno edificó sobre roca.
El otro sobre arena.
La roca representa a Cristo, su Palabra y la obediencia confiada al proyecto de Dios.
La arena simboliza una vida edificada únicamente sobre el orgullo, el egoísmo, el éxito pasajero, el relativismo o las apariencias.
Todos enfrentaremos tormentas.
Nadie está exento del sufrimiento, de las enfermedades, de las pérdidas o de las dificultades familiares.
La cuestión no es si llegarán las tormentas.
La verdadera pregunta es sobre qué estamos construyendo nuestra vida.
Quien vive unido a Cristo podrá sufrir, llorar y experimentar pruebas, pero nunca será destruido interiormente.
La enseñanza de los Padres de la Iglesia
San Juan Crisóstomo afirmaba que la roca sobre la cual se edifica la casa es la obediencia práctica al Evangelio.
No basta admirar las enseñanzas de Jesús.
Es necesario convertirlas en estilo permanente de vida.
San Gregorio Magno recordaba que la verdadera sabiduría consiste en traducir el conocimiento de Dios en obras concretas de caridad.
La fe auténtica siempre produce frutos visibles.
El Magisterio de la Iglesia
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la fe es inseparable de las obras de amor. Creer en Cristo significa adherirse plenamente a Él y dejar que su gracia transforme la existencia (cf. CIC 1814-1816).
El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia recuerda igualmente que la vida cristiana tiene una dimensión profundamente social: la fe se manifiesta en el compromiso por la justicia, la solidaridad, la paz, el respeto a la dignidad humana y el servicio generoso a los más necesitados.
El Papa Francisco insistió repetidamente en que una Iglesia verdaderamente evangelizadora no puede quedarse solamente en palabras; debe anunciar el Evangelio mediante el testimonio concreto de una vida transformada por Cristo.
Santos Guillermo y Máximo
Hoy la Iglesia recuerda a los santos Guillermo y Máximo, testigos de fidelidad cristiana que permanecieron firmes en la fe en medio de las dificultades de su tiempo.
Su memoria nos recuerda que la santidad no consiste en realizar acciones extraordinarias, sino en permanecer fieles cada día al Señor, construyendo toda la existencia sobre la roca firme de Jesucristo.
Cada generación necesita hombres y mujeres cuya vida proclame con los hechos aquello que confiesan con los labios.
Una palabra para nuestro tiempo
Nuestra sociedad experimenta cambios acelerados.
Las tecnologías evolucionan.
Las culturas cambian.
Las ideologías aparecen y desaparecen.
Las opiniones se transforman constantemente.
Pero Jesucristo permanece ayer, hoy y siempre.
Quien fundamenta su vida en Él nunca pierde el rumbo.
Hoy muchas personas viven sobre arenas movedizas: el individualismo, el consumismo, la búsqueda incesante del éxito, el relativismo moral o la indiferencia religiosa.
Jesús propone otro camino.
Construir la familia sobre el amor.
Construir el trabajo sobre la honestidad.
Construir la amistad sobre la verdad.
Construir la sociedad sobre la justicia.
Construir el futuro sobre la esperanza.
Construir toda la existencia sobre Cristo.
Ese fundamento jamás será destruido.
Una reflexión para nuestra vida
Todos somos constructores.
Cada decisión coloca un ladrillo.
Cada palabra fortalece o debilita nuestra casa.
Cada acto de amor hace más sólido nuestro edificio espiritual.
La pregunta del Evangelio no es cuánto sabemos acerca de Dios.
La pregunta es cuánto permitimos que Dios transforme nuestra manera de vivir.
El verdadero discípulo no solamente escucha la Palabra.
La convierte en vida.
Propósito para hoy
Hoy dedicaré unos minutos a revisar los cimientos de mi vida delante del Señor. Identificaré un aspecto concreto —en mi familia, mi trabajo, mi servicio o mi relación con Dios— que necesita apoyarse más firmemente en el Evangelio, y daré un paso decidido para vivir con mayor coherencia la voluntad de Cristo.
Oración
Señor Jesús, Roca firme de nuestra salvación, ayúdanos a construir toda nuestra vida sobre tu Palabra. Danos un corazón obediente, una fe perseverante y una esperanza que no se deje vencer por las dificultades. Que nuestras familias, nuestra parroquia y nuestra sociedad encuentren en Ti el fundamento seguro que permanece para siempre. Haz que no seamos solamente oyentes de tu Evangelio, sino discípulos que lo viven con alegría y fidelidad. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui
Viario parroquial
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