Oye Señor, mi voz, y mis clamores. Ven en mi ayuda, no me rechaces, ni me abandones, Dios, Salvador mío.Sal. 26, 7-9.
Del Libro del Profeta Ezequiel 17, 22-24
En este pasaje del libro del profeta Ezequiel, Dios utiliza la metáfora de un árbol para describir su intervención en la historia de Israel. Dios promete tomar una rama del cedro alto y plantarla en un monte elevado, donde crecerá y se convertirá en un árbol majestuoso. Esta imagen simboliza el renacimiento y la restauración del pueblo de Dios. La Iglesia Católica interpreta este texto como una prefiguración del Mesías, Jesucristo, quien es el "retoño" que trae salvación y renueva a la humanidad. A través de la obra de Cristo, Dios eleva a los humildes y restaura a su pueblo.
De la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 5, 6-10
San Pablo, en su segunda carta a los Corintios, nos recuerda la importancia de vivir en la fe y mantener una perspectiva eterna. Nos exhorta a vivir con valentía y confianza, conscientes de que estamos en peregrinación en este mundo y que nuestro destino final es estar con el Señor. Pablo destaca que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo para ser juzgados por nuestras obras. Esta enseñanza subraya la necesidad de vivir una vida de santidad y caridad, conscientes de la responsabilidad que tenemos ante Dios. El magisterio de la Iglesia nos llama a vivir en la gracia de Dios, haciendo el bien y buscando siempre la voluntad divina.
Evangelio según San Marcos 4, 26-34
En el Evangelio según San Marcos, Jesús nos ofrece dos parábolas sobre el Reino de Dios: la parábola de la semilla que crece por sí sola y la parábola del grano de mostaza. Ambas parábolas enfatizan la naturaleza misteriosa y el crecimiento imparable del Reino de Dios. Jesús nos enseña que el Reino de Dios puede comenzar de manera pequeña e insignificante, como una semilla, pero tiene un poder transformador y un crecimiento que es obra de Dios, no del hombre. La doctrina católica nos invita a confiar en la acción divina en nuestras vidas y en el mundo, y a participar activamente en la construcción del Reino mediante nuestras acciones cotidianas y nuestra fe.
Reflexión a la Luz del Magisterio y Doctrina de la Iglesia
La liturgia de este Domingo XI del Tiempo Ordinario nos llama a reflexionar sobre la acción providencial de Dios en la historia y en nuestras vidas. A través de la metáfora del árbol en Ezequiel, la exhortación de San Pablo a vivir con valentía y la enseñanza de Jesús sobre el Reino de Dios, comprendemos la importancia de confiar en Dios y colaborar con su gracia.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) nos enseña que "el Reino de Dios ya está presente en nuestro mundo" (CIC 668-672), y nos invita a reconocer su crecimiento misterioso y su presencia en los actos de caridad y justicia. Además, la doctrina social de la Iglesia nos recuerda nuestra responsabilidad de trabajar por el bien común y la justicia social, participando en la misión redentora de Cristo (CIC 1928-1942).
En este domingo, se nos invita a renovar nuestra fe y nuestra esperanza en el poder transformador de Dios. Al igual que la semilla que crece en silencio y el pequeño grano de mostaza que se convierte en un gran arbusto, nuestras acciones de fe, aunque pequeñas, tienen un impacto profundo en la construcción del Reino de Dios. Sigamos adelante con confianza, sabiendo que Dios obra en nosotros y a través de nosotros, para la gloria de su nombre y la salvación del mundo.
La semilla es la Palabra de Dios y el sembrador es Cristo; todo aquel que lo encuentra vivirá para siempre.

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