Serie:
“Concilio Vaticano II: Luz para la Iglesia de hoy”
Artículo N.º 27
Lumen Gentium – Capítulo VIII
La Santísima Virgen María en el misterio de Cristo y de la Iglesia
“María, Madre de la Iglesia y modelo perfecto de discípula”
“He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” (Lucas 1,38)
El último capítulo de Lumen Gentium está dedicado a la persona más amada después de Jesucristo en toda la historia de la Iglesia: la Santísima Virgen María.
No es casualidad que el Concilio concluya la Constitución Dogmática sobre la Iglesia contemplando a María.
Después de estudiar:
la mirada se dirige hacia aquella que representa la realización más perfecta de lo que la Iglesia está llamada a ser.
María ocupa un lugar único en la historia de la salvación.
Ella es Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y modelo perfecto de todo discípulo.
Durante los trabajos conciliares surgió una importante discusión.
Algunos Padres Conciliares proponían redactar un documento independiente sobre la Virgen María.
Otros consideraban más oportuno integrar la enseñanza mariana dentro de la Constitución sobre la Iglesia.
Finalmente prevaleció esta segunda opción.
La decisión fue providencial.
El Concilio quiso mostrar que María no puede comprenderse separada de Cristo ni separada de la Iglesia.
Toda su grandeza procede de su relación con Jesucristo.
Y toda su misión continúa al servicio de la Iglesia.
María en el plan de Dios
Desde toda la eternidad Dios preparó a María para una misión única.
Ella fue elegida para ser la Madre del Verbo Encarnado.
El anuncio del ángel Gabriel marca uno de los momentos más decisivos de la historia:
“Alégrate, llena de gracia.”
María responde con fe absoluta:
“Hágase en mí según tu palabra.”
Con ese sí generoso comienza la Encarnación del Hijo de Dios.
María, Madre de Dios
El Concilio reafirma solemnemente la fe constante de la Iglesia:
María es verdadera Madre de Dios.
No porque sea origen de la divinidad de Cristo, sino porque dio a luz al Hijo eterno del Padre hecho hombre.
Esta verdad fue proclamada solemnemente en el Concilio de Éfeso.
La maternidad divina constituye el fundamento de todas las demás prerrogativas marianas.
María, asociada a la obra de Cristo
La Virgen María cooperó de manera singular en la obra de la salvación.
Su cooperación fue siempre subordinada a Cristo.
Jesús es el único Redentor.
Pero María colaboró libremente:
Por eso la Iglesia la honra como la más perfecta colaboradora de la obra redentora.
María, figura de la Iglesia
Una de las enseñanzas más hermosas de este capítulo es que María es imagen y modelo de la Iglesia.
Lo que María ya es plenamente, la Iglesia está llamada a serlo.
María:
La Iglesia está llamada a recorrer el mismo camino.
Por eso María aparece como modelo de:
María, Madre de la Iglesia
Al pie de la Cruz, Cristo entregó María al discípulo amado:
“He ahí a tu madre.” (Jn 19,27)
La tradición ha visto en ese discípulo a todos los creyentes.
Por ello María ejerce una verdadera maternidad espiritual sobre los miembros de la Iglesia.
Ella acompaña a sus hijos:
Posteriormente, San Pablo VI proclamó solemnemente a María como Madre de la Iglesia.
María y la comunión de los santos
Después de su Asunción gloriosa al cielo, María continúa ejerciendo su misión maternal.
El Concilio enseña que su intercesión no disminuye ni oscurece la única mediación de Cristo.
Al contrario.
La manifiesta y la sirve.
Toda gracia procede de Cristo.
María conduce siempre hacia su Hijo.
Por eso la auténtica devoción mariana es profundamente cristocéntrica.
La verdadera devoción a María
El Concilio invita a evitar dos errores:
Exageraciones
Presentar a María separada de Cristo o como si tuviera una misión independiente de la obra redentora.
Indiferencia
Minimizar su papel en la historia de la salvación o ignorar la riqueza de la tradición mariana de la Iglesia.
La auténtica devoción:
María y la esperanza de la Iglesia
María ya participa plenamente de la gloria que toda la Iglesia espera alcanzar.
Asunta al cielo en cuerpo y alma, ella es signo de esperanza segura para el Pueblo de Dios.
Mirándola a ella comprendemos el destino final preparado por Dios para quienes permanecen fieles.
María nos precede en el camino de la fe y nos anima a perseverar hasta el encuentro definitivo con Cristo.
El Catecismo enseña:
“La Virgen María es reconocida y honrada como verdadera Madre de Dios y del Redentor.” (CEC 963)
Asimismo, San Juan Pablo II afirmó que María ocupa un lugar singular e irrepetible en el misterio de Cristo y de la Iglesia.
Por su parte, Benedicto XVI enseñó que María es la creyente perfecta que escucha, acoge y vive plenamente la Palabra de Dios.
Aplicación espiritual
Este capítulo nos invita a preguntarnos:
María nunca retiene nada para sí.
Siempre nos lleva a Jesús.
Defensa de la fe
Error frecuente
“Los católicos adoran a María.”
Respuesta católica
La Iglesia distingue claramente entre la adoración, que sólo pertenece a Dios, y la veneración que se ofrece a la Santísima Virgen. María recibe una veneración especial por ser la Madre de Dios, pero jamás es adorada. Toda auténtica devoción mariana conduce a Jesucristo, único Señor y Salvador.
Propósito para hoy
Rezaré un misterio del Santo Rosario meditando cómo María vivió su fe y pediré la gracia de imitar sus virtudes en mi vida cotidiana.
Oración final
Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, acompáñanos en nuestro camino de fe. Enséñanos a escuchar la Palabra de Dios con un corazón dócil, a seguir fielmente a tu Hijo y a vivir con esperanza en medio de las dificultades. Protege a la Iglesia, fortalece a las familias, sostiene a los jóvenes y conduce a todos tus hijos hacia Jesucristo, único Salvador del mundo. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared