22
JUN
2026

Antes de corregir a los demás, dejemos que Dios transforme nuestro corazón



Lunes 22 de junio de 2026

San Paulino de Nola, Obispo

Santos Juan Fisher, Obispo, y Tomás Moro, Mártires

Semana XII del Tiempo Ordinario

Antes de corregir a los demás, dejemos que Dios transforme nuestro corazón

La Palabra de Dios que la Iglesia nos propone en este lunes de la Semana XII del Tiempo Ordinario nos invita a realizar un profundo examen de conciencia. Las lecturas de hoy no buscan desanimarnos ni condenarnos, sino conducirnos hacia una auténtica renovación interior. Dios continúa llamando a su pueblo a la conversión, porque siempre existe un futuro mejor para quien se deja transformar por su gracia.

Las lecturas de este día nos presentan dos grandes enseñanzas: la importancia de escuchar la voz de Dios y la necesidad de reconocer nuestras propias faltas antes de juzgar a los demás.

Dios nunca deja de llamar a la conversión

La primera lectura, tomada del Segundo Libro de los Reyes (17,5-8.13-15.18), presenta uno de los momentos más dolorosos de la historia del antiguo Israel. El Reino del Norte cae en manos de Asiria y el pueblo es llevado al exilio.

A primera vista podría parecer simplemente una narración histórica, pero en realidad contiene una profunda enseñanza espiritual.

El texto explica que aquella tragedia no fue consecuencia de la debilidad de Dios, sino del alejamiento progresivo del pueblo. Israel había olvidado la alianza, había adoptado costumbres paganas y había rechazado repetidamente las advertencias de los profetas.

El autor sagrado resume la situación con palabras contundentes: Dios envió profetas para llamar a la conversión, pero el pueblo endureció su corazón.

La paciencia de Dios

Sin embargo, la lectura deja entrever una verdad fundamental: Dios nunca abandonó a su pueblo.

Antes de llegar el castigo hubo innumerables llamados, correcciones, advertencias y oportunidades para cambiar.

La historia de Israel es también nuestra historia.

Cuántas veces el Señor nos habla a través de la conciencia, de la Palabra de Dios, de una homilía, de un consejo oportuno, de una dificultad inesperada o de una persona que nos ayuda a abrir los ojos.

Dios sigue hablando.

Dios sigue esperando.

Dios sigue ofreciendo nuevas oportunidades.

Como enseñaba san Agustín:

«Dios es paciente porque es eterno.»

La paciencia divina no es indiferencia. Es amor que espera nuestra respuesta.

Escúchanos, Señor, y sálvanos

El Salmo 59 responde a la primera lectura con una súplica llena de esperanza:

«Escúchanos, Señor, y sálvanos.»

La Iglesia pone estas palabras en nuestros labios para recordarnos que ninguna situación está perdida cuando acudimos al Señor.

Muchas personas viven hoy situaciones difíciles: problemas familiares, incertidumbres económicas, enfermedades, conflictos personales o preocupaciones por el futuro.

El salmo nos enseña que la verdadera seguridad no proviene de nuestras fuerzas, sino de la confianza en Dios.

Cuando todo parece tambalearse, el Señor permanece firme.

Cuando los proyectos humanos fracasan, la misericordia divina sigue abierta.

Cuando sentimos que hemos fallado, Dios continúa ofreciéndonos su perdón.

Por eso el cristiano nunca es una persona derrotada. Puede experimentar caídas, pero siempre conserva la esperanza porque sabe que Dios camina con él.

La viga y la paja

En el Evangelio de hoy (Mateo 7,1-5), Jesús nos ofrece una de sus imágenes más conocidas:

«¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que llevas en el tuyo?»

Se trata de una enseñanza tan sencilla como revolucionaria.

Cristo no prohíbe discernir el bien y el mal. Tampoco nos pide indiferencia ante los errores.

Lo que condena es la actitud hipócrita de quien se convierte en juez severo de los demás mientras ignora sus propias faltas.

La exégesis del texto

La imagen de la viga y la paja utiliza una exageración deliberada para provocar una reacción en quienes escuchan.

Una pequeña paja resulta insignificante frente a una enorme viga.

Jesús quiere mostrarnos cómo la soberbia espiritual puede deformar nuestra percepción de la realidad.

Con frecuencia somos muy exigentes con los defectos ajenos y extremadamente indulgentes con los propios.

Detectamos rápidamente los errores de los demás, pero justificamos los nuestros.

Observamos las caídas ajenas, pero minimizamos nuestras debilidades.

El Señor nos invita a invertir ese proceso.

La verdadera conversión comienza cuando dejamos de mirar constantemente los defectos de los demás para permitir que Dios ilumine nuestro propio corazón.

Los Padres de la Iglesia y la corrección fraterna

Los Padres de la Iglesia reflexionaron ampliamente sobre este pasaje.

San Juan Crisóstomo enseñaba que quien reconoce sinceramente sus propias faltas se vuelve más misericordioso con los demás.

San Gregorio Magno afirmaba que nadie puede corregir eficazmente a otro si antes no lucha seriamente contra sus propios defectos.

La corrección fraterna es una obra de caridad, pero sólo puede realizarse desde la humildad.

Cuando nace del orgullo, hiere.

Cuando nace del amor, ayuda.

Cuando nace de la misericordia, construye.

El testimonio de San Juan Fisher y Santo Tomás Moro

La liturgia celebra hoy a dos grandes mártires ingleses: los santos Juan Fisher y Tomás Moro.

Ambos vivieron en el siglo XVI y permanecieron fieles a su conciencia y a la verdad del Evangelio aun cuando ello les costó la vida.

Podrían haber buscado excusas, acomodarse a las circunstancias o sacrificar sus principios para conservar sus privilegios.

Sin embargo, eligieron la fidelidad a Cristo.

Tomás Moro pronunció antes de morir una frase que ha atravesado los siglos:

«Muero siendo buen servidor del rey, pero primero de Dios.»

Su ejemplo nos recuerda que la santidad no consiste en juzgar a los demás, sino en permanecer fieles a Dios en nuestras propias responsabilidades.

San Paulino de Nola: la riqueza que se convierte en caridad

También celebramos hoy a San Paulino de Nola, quien abandonó una vida de riqueza y prestigio para dedicarse plenamente al servicio de Cristo.

Comprendió que la verdadera grandeza no consiste en poseer mucho, sino en amar mucho.

Su vida demuestra que siempre es posible comenzar de nuevo.

Nunca es tarde para acercarse más a Dios.

Nunca es tarde para vivir el Evangelio con mayor autenticidad.

Nunca es tarde para convertirse en instrumento de esperanza.

Una enseñanza para nuestro tiempo

Vivimos en una sociedad donde resulta fácil criticar.

Las redes sociales, los medios de comunicación y las conversaciones cotidianas están llenas de juicios rápidos y condenas inmediatas.

Jesús nos propone un camino diferente.

Antes de hablar de los demás, mirar nuestro corazón.

Antes de señalar errores ajenos, revisar nuestras propias actitudes.

Antes de exigir cambios en otros, permitir que Dios nos transforme a nosotros.

La renovación de la Iglesia, de la sociedad y de las familias comienza siempre por la conversión personal.

Los santos no cambiaron el mundo condenando a todos los demás.

Lo cambiaron dejando que Cristo transformara primero sus vidas.

Mirando hacia el futuro con esperanza

La Palabra de Dios de hoy no pretende hacernos sentir culpables, sino abrirnos un horizonte de crecimiento.

Cada día es una nueva oportunidad para escuchar la voz del Señor.

Cada día podemos arrancar una pequeña "viga" de nuestro corazón.

Cada día podemos ser más pacientes, más humildes y más misericordiosos.

Cada día podemos parecernos un poco más a Cristo.

Dios no se cansa de acompañarnos.

Dios no se cansa de perdonarnos.

Dios no se cansa de creer en nosotros.

Por eso caminemos con confianza.

El futuro pertenece a quienes escuchan la voz del Señor, reconocen sus propias fragilidades y permiten que la gracia transforme su vida.

Como San Paulino de Nola, San Juan Fisher y Santo Tomás Moro, estamos llamados a construir un mañana mejor desde la fidelidad, la humildad y la esperanza.

Propósito para hoy

Antes de corregir o criticar a alguien, dedicar unos minutos a examinar sinceramente el propio corazón, pedir perdón al Señor por las propias faltas y realizar un gesto concreto de comprensión, paciencia o misericordia hacia una persona cercana.

«Señor, ayúdame a ver mis propias faltas con humildad y las de mis hermanos con misericordia.»

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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