Serie:
“Concilio Vaticano II: Luz para la Iglesia de hoy”
Artículo N.º 26
Lumen Gentium – Capítulo VII
La índole escatológica de la Iglesia peregrina y su unión con la Iglesia celestial
“Caminamos hacia la patria eterna”
“Nuestra ciudadanía está en el cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo.” (Filipenses 3,20)
Vivimos en una época marcada por las prisas, las preocupaciones y las incertidumbres. Muchas veces corremos el riesgo de vivir como si esta vida fuera nuestra meta definitiva.
Sin embargo, la fe cristiana nos recuerda una verdad fundamental: estamos de paso por este mundo.
La Iglesia no camina hacia la nada. Tampoco avanza sin rumbo.
La Iglesia peregrina hacia la plenitud del Reino de Dios.
El Capítulo VII de Lumen Gentium dirige nuestra mirada hacia el horizonte definitivo de la existencia humana: la vida eterna.
El Concilio nos invita a recordar que la Iglesia no está formada únicamente por quienes vivimos en la tierra. Existe una profunda comunión entre la Iglesia peregrina, la Iglesia que se purifica y la Iglesia gloriosa que ya contempla a Dios cara a cara.
Desde los primeros siglos, los cristianos profesaron su fe en la vida eterna.
Los mártires entregaban su vida con la certeza de que Cristo había vencido la muerte.
Los Padres de la Iglesia enseñaron constantemente la realidad del cielo, la comunión de los santos y la esperanza de la resurrección.
En el siglo XX, mientras el mundo sufría guerras devastadoras y grandes crisis espirituales, el Concilio Vaticano II quiso recordar que la Iglesia no puede comprenderse plenamente sin su dimensión eterna.
Por ello dedicó este capítulo a contemplar la meta última hacia la cual camina todo el Pueblo de Dios.
La Iglesia es peregrina
Una de las enseñanzas centrales de este capítulo es que la Iglesia se encuentra todavía en camino.
No ha alcanzado aún su plenitud definitiva.
La Iglesia peregrina:
Pero espera el día en que Cristo vuelva glorioso y todas las cosas sean renovadas.
La condición peregrina de la Iglesia nos recuerda que nuestra verdadera patria está en el cielo.
La esperanza cristiana
La esperanza no es optimismo humano.
Es una virtud teologal que se apoya en las promesas de Dios.
Cristo ha resucitado.
Por ello la muerte no tiene la última palabra.
La Iglesia vive mirando hacia el futuro definitivo prometido por el Señor.
Como enseña San Pablo:
“Ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman.”
(1 Cor 2,9)
La esperanza cristiana transforma el presente porque ilumina el futuro.
La comunión de los santos
Uno de los tesoros más hermosos de la fe católica es la doctrina de la comunión de los santos.
Todos los miembros de la Iglesia permanecen unidos en Cristo.
Existe una profunda comunión espiritual entre:
La muerte no destruye esta comunión.
El amor de Cristo la fortalece.
Por eso la Iglesia puede orar por los difuntos y pedir la intercesión de los santos.
La Iglesia celestial
Los santos no son personajes lejanos.
Son nuestros hermanos mayores en la fe.
Han recorrido el camino del Evangelio y ahora participan plenamente de la gloria de Dios.
En ellos contemplamos lo que la gracia divina puede realizar en la vida humana.
Los santos nos muestran que la santidad es posible.
Ellos interceden constantemente por la Iglesia peregrina y acompañan nuestro camino hacia el Reino.
La realidad de la purificación final
La Iglesia enseña que quienes mueren en la amistad de Dios, pero necesitan una purificación antes de contemplar plenamente al Señor, reciben de su misericordia esa purificación final.
Esta doctrina manifiesta la justicia y la misericordia divinas.
Por ello los cristianos ofrecen oraciones, sacrificios y especialmente la Santa Misa por los fieles difuntos.
La caridad no termina con la muerte.
La resurrección de los muertos
El destino final del ser humano no es una existencia puramente espiritual.
La fe cristiana proclama la resurrección de la carne.
Así como Cristo resucitó glorioso, también nosotros resucitaremos.
El cuerpo, transformado por la gloria de Dios, participará de la vida eterna.
Esta esperanza distingue profundamente la visión cristiana de la muerte.
El sepulcro no es el final.
Es el umbral hacia la vida nueva.
La Jerusalén Celestial
El Concilio presenta la imagen bíblica de la Jerusalén Celestial como símbolo de la plenitud del Reino.
Allí:
Dios habitará para siempre con su pueblo.
Toda la historia humana encontrará allí su cumplimiento definitivo.
La Iglesia camina hacia ese encuentro glorioso.
La vida presente a la luz de la eternidad
Esta enseñanza no nos invita a despreciar el mundo.
Al contrario.
Quien espera el cielo aprende a vivir mejor en la tierra.
La esperanza eterna impulsa:
Los cristianos trabajan por transformar el mundo porque saben que la historia tiene un sentido y una meta en Dios.
Voz del Magisterio
El Catecismo enseña:
“La Iglesia es comunión con todos los santos. El término ‘comunión de los santos’ designa ante todo las cosas santas y la comunión entre las personas santas.”
(CEC 946)
Asimismo, San Juan Pablo II enseñó que la Iglesia vive constantemente orientada hacia la plenitud escatológica del Reino.
Por su parte, Benedicto XVI recordó que la esperanza cristiana no es una idea abstracta, sino la certeza de un encuentro definitivo con Cristo resucitado.
Este capítulo nos invita a preguntarnos:
Quien vive unido a Cristo ya comienza a experimentar la vida eterna.
Defensa de la fe
Error frecuente
“Los santos nos separan de Cristo.”
Respuesta católica
La Iglesia enseña que los santos jamás sustituyen a Cristo. Toda su grandeza proviene precisamente de su unión con Él. Los santos conducen siempre hacia Cristo y participan de su única mediación mediante la comunión espiritual que existe en el Cuerpo Místico.
Propósito para hoy
Rezaré por mis familiares difuntos y pediré la intercesión de un santo que pueda acompañarme en mi camino hacia la santidad.
Oración final
Señor Jesucristo, esperanza de la vida eterna, fortalece nuestra fe mientras caminamos por este mundo. Haz que nunca perdamos de vista la patria celestial que nos has preparado. Ayúdanos a vivir unidos a la Iglesia del cielo, confiados en la intercesión de los santos y perseverantes en la esperanza. Que un día podamos contemplarte cara a cara junto con la Santísima Virgen María y todos los santos por los siglos de los siglos. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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