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DIC
2025

Ven, Señor, Rey de justicia y de paz



Miércoles 17 de diciembre de 2025

Semana III de Adviento

Lecturas: Gn 49, 2.8-10; Sal 71 (Ven, Señor, rey de justicia y de paz); Mt 1, 1-17
Tercer día de las Posadas.
San Lázaro de Betania.

Ven, Señor, Rey de justicia y de paz

Un Adviento con historia, con nombres… y con futuro

En estos días santos, la Iglesia no nos entretiene con ideas bonitas: nos da historia real. Nombres, generaciones, promesas, heridas, reyes, pecadores, mujeres valientes, éxitos y fracasos. ¿Por qué? Porque Dios no salva “desde afuera” de nuestra vida, sino desde dentro. Adviento es la escuela de esa esperanza: Dios cumple, aunque tarde; Dios guía, aunque el mundo tiemble; Dios entra, incluso donde la casa parece desordenada.

Hoy, la Palabra tiene un hilo conductor clarísimo: la promesa de un Rey justo y de paz, y el modo sorprendente con el que Dios prepara su llegada: una genealogía que no maquilla nada.

1) Génesis 49: la promesa no se improvisa

En el libro del Génesis escuchamos la bendición de Jacob sobre Judá: un texto antiguo, solemne, con lenguaje simbólico, donde aparece la imagen del cetro y del bastón de mando. En otras palabras: la historia no va al azar; hay un rumbo. Dios anuncia que de esa línea vendrá un liderazgo con vocación de permanencia.

La Tradición cristiana ha leído este pasaje como una anticipación mesiánica: la promesa de un “rey” que no será simplemente un político fuerte, sino el portador de una autoridad distinta. Y aquí conviene decirlo con calma: el Mesías no llega como una chispa emotiva; llega como fidelidad de Dios a través del tiempo. Adviento nos cura la impaciencia: nos enseña a esperar con los pies en la tierra y el corazón en el cielo.

2) Salmo 71: justicia y paz no son adornos, son señales del Reino

El salmo responde con una súplica que es, a la vez, un programa de vida:
“Ven, Señor, rey de justicia y de paz.”

En la Biblia, la justicia no es solo “castigar al malo”. Es poner las cosas en su lugar según Dios: defender al débil, levantar al pobre, frenar la violencia, restaurar la dignidad. Y la paz bíblica (shalom) no es mera ausencia de guerra: es plenitud, reconciliación, vida que florece.

Esto conecta de modo directo con la intención de oración del Santo Padre: los cristianos en contextos de conflicto. Cuando todo alrededor grita miedo y venganza, la Iglesia reza —y trabaja— por justicia y paz, porque sabe que Cristo no vino a fabricar una “tregua” superficial, sino a sembrar un Reino que empieza ya, aunque todavía no se vea completo.

3) Mateo 1, 1-17: la genealogía que derriba la fantasía

El Evangelio nos presenta la genealogía de Jesús. A primera vista parece una lista larga. Pero, si la miramos con ojos creyentes, es dinamita espiritual.

a) Dios entra en una familia concreta

Mateo insiste: Jesús no es un mito. Tiene raíces. Tiene historia. Dios no se encarna “en general”, sino en lo particular: un pueblo, una lengua, una cultura, un linaje. Esto salva nuestra fe de lo vaporoso: la salvación toca la carne, toca los días, toca lo cotidiano.

b) Dios no se escandaliza de nuestra fragilidad

En esa lista hay luces y sombras. Hay santidad y pecado. Hay grandeza y miseria. Y, sin embargo, allí está Dios trabajando. Este es un mensaje de esperanza muy práctico: tu pasado no es un muro para Dios. Si lo entregas, puede convertirse en camino.

c) Las mujeres en la genealogía: un Evangelio con puertas abiertas

Mateo menciona mujeres con historias complejas (Tamar, Rahab, Rut, “la mujer de Urías”). No es un detalle decorativo: es una proclamación. Dios va preparando la venida de Cristo también a través de personas que muchos habrían descartado. El Mesías no nace de una vitrina de perfectos, sino de una humanidad real. En tiempos en que tantos se sienten “no aptos” para Dios, este Evangelio responde: Cristo vino precisamente a rescatar lo que parecía perdido.

Los Padres de la Iglesia admiraban esto: la genealogía es un espejo donde aprendemos que la gracia no niega la historia; la redime. Dios escribe recto con renglones torcidos… y a veces con renglones que nosotros mismos torcimos.

4) San Lázaro de Betania: amistad, lágrimas y resurrección

En la tradición cristiana, San Lázaro de Betania aparece como el amigo amado por Jesús, aquel ante cuya tumba el Señor lloró… y luego gritó vida: “¡Lázaro, sal fuera!”. Lázaro es un ícono perfecto para Adviento: nos recuerda que el corazón de Dios no es frío. Cristo se conmueve, acompaña, llora con los que lloran… y no se queda en el llanto: trae futuro.

Para los cristianos en contextos de conflicto, Lázaro se vuelve un signo potente: cuando todo huele a muerte (odio, desplazamiento, persecución, miedo), Cristo sigue diciendo: “sal fuera”. No siempre con milagros espectaculares, pero sí con la fuerza paciente de la esperanza que reconstruye, con la caridad que sostiene, con la fe que no negocia la verdad.

5) Tercer día de Posadas: abrir la puerta donde nace Dios

Las Posadas son una catequesis viva: María y José piden hospedaje, y la humanidad decide si abre o si cierra. En el tercer día, el gesto es muy concreto: revisar nuestras puertas.

  • Puertas del hogar: ¿hay paz, diálogo, perdón, oración?
  • Puertas del corazón: ¿hay espacio para Dios o todo lo ocupa la ansiedad?
  • Puertas de la comunidad: ¿quién queda fuera, quién no encuentra lugar?

Adviento no es solo “esperar a Jesús”: es hacerle lugar. Y esto tiene un sabor profundamente cristiano y tradicional: la fe se encarna en obras de hospitalidad, en un estilo de vida sobrio, en caridad concreta.

Pensemos hoy que Dios no improvisa nuestra salvación: la prepara con paciencia y la cumple con fidelidad; sintamos una esperanza seria y limpia, de esas que no niegan el dolor, pero lo atraviesan con Cristo; actuemos abriendo una puerta real en este tercer día de Posadas —una reconciliación pendiente, una ayuda concreta, una llamada al que está solo, una oración ofrecida por los cristianos perseguidos o en guerra—, para que el Señor encuentre posada en nosotros y, desde nosotros, en el mundo.

Oración final

Señor Jesús, Rey de justicia y de paz, entra en nuestra casa y en nuestra historia. Sana lo que está herido, ordena lo que está confuso, fortalece a tus hijos que viven en contextos de conflicto y persecución. Que en este Adviento aprendamos a esperarte trabajando por tu Reino. Amén.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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