14
JUN
2026

UNDÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO “La mies es abundante y los obreros pocos”



UNDÉCIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

“La mies es abundante y los obreros pocos”

Domingo 14 de junio de 2026

En este Undécimo Domingo del Tiempo Ordinario, la Palabra de Dios nos conduce al corazón mismo de la misión de la Iglesia. Las lecturas nos muestran a un Dios que llama, ama, reúne y envía. No se trata simplemente de una invitación dirigida a unos pocos elegidos, sino de una vocación que alcanza a todo el Pueblo de Dios.

Vivimos en una época marcada por grandes desafíos espirituales, sociales y culturales. Muchas personas buscan sentido para sus vidas, necesitan consuelo, orientación y esperanza. Precisamente en medio de esta realidad resuena con fuerza la voz de Cristo: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos» (Mt 9,37).

La Iglesia de hoy continúa escuchando esta llamada del Señor y renovando su compromiso evangelizador para llevar la alegría del Evangelio a todos los rincones del mundo. Esta misión, además, se comprende hoy a la luz de la sinodalidad, que nos recuerda que todos los bautizados estamos llamados a caminar juntos, escucharnos mutuamente y discernir unidos la voluntad de Dios para nuestro tiempo.

Dios forma un pueblo para la misión

La primera lectura, tomada del Libro del Éxodo (19,2-6), nos sitúa al pie del monte Sinaí. El pueblo de Israel ha sido liberado de la esclavitud de Egipto y ahora Dios establece una alianza con él.

El Señor dice:

«Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.»

Estas palabras revelan una verdad fundamental: Dios no libera a su pueblo únicamente para sacarlo de la esclavitud, sino para convertirlo en instrumento de salvación para las demás naciones.

Israel recibe una misión. Ha sido elegido no por sus méritos, sino por el amor gratuito de Dios.

Esta misma realidad se cumple plenamente en la Iglesia. Por el Bautismo hemos sido incorporados al nuevo Pueblo de Dios y participamos del sacerdocio común de los fieles. Todos estamos llamados a anunciar el Evangelio mediante nuestras palabras, nuestro testimonio y nuestras obras.

San Pedro retomará esta enseñanza cuando afirme:

«Ustedes son linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 Pe 2,9).

La vocación cristiana nunca es un privilegio cerrado sobre sí mismo; siempre implica una responsabilidad misionera.

La sinodalidad: caminar juntos como Pueblo de Dios

Las palabras del Éxodo adquieren una luz especial cuando las contemplamos desde la eclesiología del Concilio Vaticano II y el actual camino sinodal de la Iglesia.

Dios no llama individuos aislados; llama a un pueblo. La salvación tiene una dimensión comunitaria. Desde Abraham hasta la Iglesia naciente, Dios reúne, congrega y envía.

La sinodalidad no es una estrategia organizativa ni una simple metodología pastoral. Es una dimensión constitutiva de la Iglesia. Como ha enseñado el Magisterio reciente, la Iglesia está llamada a caminar junta, bajo la guía del Espíritu Santo, reconociendo la dignidad y la corresponsabilidad de todos los bautizados.

El Evangelio de hoy ofrece una imagen profundamente sinodal. Jesús no realiza la misión solo. Llama a los Doce, los forma, comparte con ellos su autoridad y los envía. La misión nace de la comunión y se realiza en comunión.

Una parroquia sinodal es aquella donde sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos escuchan juntos la Palabra de Dios, disciernen juntos los desafíos pastorales y trabajan unidos en la construcción del Reino.

La sinodalidad nos invita a superar el individualismo, la indiferencia y las divisiones, para redescubrir la belleza de ser una familia de discípulos misioneros.

Somos el pueblo del Señor

El Salmo 99 proclama con alegría:

«El Señor es nuestro Dios y nosotros su pueblo.»

Este salmo es una invitación a reconocer la cercanía de Dios y a vivir en actitud de gratitud.

No somos una multitud perdida ni una humanidad abandonada a su suerte. Pertenecemos al Señor. Somos las ovejas de su rebaño.

En un mundo donde muchas personas experimentan soledad, incertidumbre y desorientación, esta certeza constituye una fuente inmensa de esperanza.

Dios continúa guiando la historia.

Dios sigue acompañando a sus hijos.

Dios jamás abandona a quienes ponen su confianza en Él.

Precisamente la sinodalidad nace de esta certeza: caminamos juntos porque pertenecemos al mismo Pastor y formamos parte del mismo rebaño.

Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores

La segunda lectura (Romanos 5,6-11) nos presenta uno de los textos más conmovedores de toda la teología paulina.

San Pablo afirma:

«Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores.»

Aquí encontramos el fundamento de toda esperanza cristiana.

Dios no nos ama porque seamos perfectos.

No nos salva porque lo merezcamos.

Nos ama primero.

Nos busca primero.

Nos perdona primero.

La cruz de Cristo revela hasta dónde llega el amor de Dios por la humanidad.

San Juan Crisóstomo comentaba que el amor divino se manifiesta precisamente porque Cristo entrega su vida por quienes no podían salvarse por sí mismos.

La reconciliación obtenida por Cristo no pertenece solamente al pasado. Continúa actuando hoy en cada sacramento, especialmente en la Eucaristía y en la Reconciliación.

La sinodalidad encuentra aquí uno de sus fundamentos espirituales más profundos: todos somos pecadores reconciliados por la misma gracia. Nadie es dueño de la Iglesia. Todos somos hermanos que caminamos sostenidos por la misericordia de Dios.

Jesús siente compasión de la multitud

El Evangelio (Mateo 9,36-10,8) comienza con una escena profundamente conmovedora:

«Al ver a las multitudes, se compadecía de ellas, porque estaban cansadas y abatidas como ovejas sin pastor.»

La palabra utilizada por el evangelista expresa una compasión que brota de las entrañas.

Jesús no observa el sufrimiento humano desde la distancia.

Lo hace suyo.

Se acerca.

Escucha.

Acompaña.

Sana.

Libera.

En Cristo contemplamos el rostro misericordioso del Padre.

Una Iglesia sinodal está llamada precisamente a reproducir esta actitud de Jesús. Antes de hablar, escucha. Antes de juzgar, acompaña. Antes de proponer soluciones, se acerca a las heridas de las personas.

La escucha, tan destacada en el camino sinodal, nace de la misma compasión de Cristo.

Rogar por las vocaciones

Jesús dirige una petición concreta a sus discípulos:

«Rueguen al dueño de la mies que envíe trabajadores a sus campos.»

La primera respuesta ante la necesidad de evangelizadores es la oración.

La Iglesia necesita sacerdotes santos.

Necesita religiosos y religiosas generosos.

Necesita matrimonios cristianos comprometidos.

Necesita catequistas, agentes pastorales, misioneros y laicos que vivan con alegría su vocación bautismal.

La sinodalidad no disminuye la importancia del sacerdocio ministerial; al contrario, ayuda a comprender mejor la complementariedad de todas las vocaciones dentro de la Iglesia. Cada bautizado tiene una misión propia y todos colaboran para la edificación del Cuerpo de Cristo.

Jesús envía a sus apóstoles

Después de llamar a los Doce, Jesús los envía a anunciar el Reino de Dios.

Les confía una misión concreta:

  • Curar enfermos.
  • Resucitar muertos.
  • Limpiar leprosos.
  • Expulsar demonios.
  • Anunciar que el Reino de los cielos está cerca.

La misión de la Iglesia continúa siendo la misma.

Hoy seguimos llamados a sanar heridas, levantar a los caídos, acompañar a quienes sufren y anunciar que Cristo es la esperanza del mundo.

La evangelización auténtica no consiste únicamente en transmitir ideas religiosas. Consiste en hacer presente el amor transformador de Cristo.

Y esta misión se realiza de manera más fecunda cuando toda la comunidad eclesial participa activamente, cada uno según su vocación, carisma y ministerio.

Una Iglesia sinodal para el futuro

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a contemplar una Iglesia que mira al futuro con esperanza.

Una Iglesia donde todos tienen algo que aportar.

Una Iglesia donde la escucha genera comunión.

Una Iglesia donde la comunión impulsa la participación.

Una Iglesia donde la participación fortalece la misión.

Esta dinámica —comunión, participación y misión— resume la esencia del camino sinodal que la Iglesia universal está llamada a vivir.

El Señor sigue llamando obreros para su mies, pero también sigue formando comunidades capaces de caminar juntas bajo la acción del Espíritu Santo.

Tres mensajes de hoy

1. Dios nos ha elegido para ser un pueblo santo, misionero y sinodal.

La fe no se vive en soledad; estamos llamados a caminar juntos como Pueblo de Dios.

2. Cristo nos ama y nos salva gratuitamente.

La cruz es la fuente de nuestra reconciliación, unidad y esperanza.

3. La misión es tarea de toda la Iglesia.

Cada bautizado tiene una responsabilidad en el anuncio del Evangelio y en la construcción de una Iglesia más participativa y misionera.

Propósito para hoy

Orar por las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales; participar activamente en la vida de la comunidad parroquial; y escuchar con atención y caridad a una persona, ejercitando así el espíritu de comunión y sinodalidad que Jesús desea para su Iglesia.

Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de los Apóstoles, nos enseñe a caminar unidos, a escuchar la voz del Espíritu Santo y a colaborar generosamente en la misión evangelizadora para que el mundo crea, espere y ame más profundamente a Jesucristo. Amén.

 Pbro Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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