Ahora gozan en el cielo las almas de los santos, que siguieron en la tierra las huellas de Cristo; y, porque lo amaron hasta derramar su sangre por Él, con Cristo gozan eternamente.
Memoria de San Agustín Zhao Rong y Compañeros Mártires: Vivir la Eucaristía en el Mes de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo
Martes de la Semana 14 del Tiempo Ordinario
En este tiempo ordinario, mientras honramos la memoria de San Agustín Zhao Rong, presbítero, y sus compañeros mártires, y nos encontramos en el mes de la devoción a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, se nos invita a vivir cada Eucaristía con mayor fervor y a recibir la comunión frecuentemente, acompañándonos con la gracia del sacramento de la confesión.
Reflexión sobre Oseas 8, 4-7.11-13
El libro del profeta Oseas nos presenta un mensaje contundente y relevante para nuestra vida espiritual. En el pasaje de Oseas 8, 4-7.11-13, el profeta denuncia la infidelidad del pueblo de Israel hacia Dios. Ellos han establecido reyes y príncipes sin la aprobación divina, y han adorado ídolos hechos por manos humanas. Este acto de infidelidad y desobediencia ha llevado a la corrupción y al alejamiento de la verdadera fe en Dios.
Oseas utiliza imágenes fuertes y vívidas para describir las consecuencias de estas acciones. "Sembraron viento y cosecharán tempestad" (Oseas 8, 7). Esta metáfora nos muestra cómo las decisiones y acciones infieles inevitablemente conducen a resultados destructivos. La idolatría y la falsa religiosidad, representadas por el altar de becerros, son aborrecidas por Dios, quien no acepta los sacrificios que se realizan en estos altares.
La Iglesia Católica enseña que la idolatría, en cualquier forma, es una grave ofensa contra Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) en el número 2113 dice: "La idolatría no afecta solamente a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios".
Además, el magisterio nos recuerda la importancia de la verdadera adoración y devoción a Dios, quien se revela plenamente en Jesucristo. La Eucaristía es el centro de nuestra fe, donde recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y se nos llama a participar en ella con un corazón puro y arrepentido, mediante la confesión frecuente.
Reflexión sobre Mateo 9, 32-38
En el Evangelio de Mateo 9, 32-38, Jesús realiza un milagro liberando a un hombre poseído por un demonio que le impedía hablar. La multitud se maravilla ante este acto de poder divino, pero los fariseos, en su ceguera y obstinación, atribuyen el poder de Jesús al príncipe de los demonios. Jesús continúa su misión, predicando el Evangelio del Reino y curando a los enfermos, demostrando su compasión y misericordia.
El pasaje culmina con una exhortación de Jesús a sus discípulos: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Pídanle, pues, al dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recogerla". Esta llamada resuena hoy en nosotros, invitándonos a ser discípulos misioneros, llevando el mensaje de salvación a todos los rincones del mundo.
La misión de la Iglesia es continuar la obra de Cristo, anunciando el Evangelio y sirviendo a los necesitados. El Concilio Vaticano II, en el decreto *Ad Gentes*, nos recuerda que todos los bautizados estamos llamados a ser misioneros. Este mandato misionero es una responsabilidad compartida por todos, no solo por los sacerdotes y religiosos.
La idolatría y la falta de fe en Dios nos alejan de su amor y misericordia. Somos llamados a renovar nuestra fe y devoción a través de la participación en la Eucaristía y la confesión frecuente.
Sentimos una profunda gratitud por el sacrificio de Jesús en la cruz y por el don de la Eucaristía, donde recibimos su Cuerpo y Sangre. Esta gratitud nos impulsa a vivir una vida de auténtica adoración y servicio a Dios y a los demás.
Participemos activamente en la Eucaristía, recibiendo la comunión con un corazón limpio y arrepentido. Practiquemos la confesión frecuente para mantenernos en gracia con Dios. Además, respondamos al llamado misionero de Jesús, siendo testigos de su amor y misericordia en nuestras comunidades, llevando el mensaje del Evangelio a todos aquellos que aún no lo conocen.
En este mes de la devoción a la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, renovemos nuestro compromiso de vivir cada Eucaristía con fervor y devoción, buscando siempre la reconciliación con Dios y con nuestros hermanos.
Yo soy el buen pastor; dice el Señor; yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mi. Jn 10,14.

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