II Domingo de Cuaresma – 1 de marzo de 2026
Subamos
al Monte con Jesús: La fe que sale y la esperanza que ilumina la cruz
Levántense, no tengan miedo (Mt 17,7)
La Cuaresma nos conduce con paso firme hacia la Pascua. No es un tiempo de tristeza, sino de purificación luminosa. Hoy la Palabra de Dios nos regala una pedagogía divina: salir, confiar y dejarnos transfigurar. El Señor no nos quiere detenidos en el pasado; nos llama a caminar hacia la promesa.
La primera lectura, del libro del Génesis (Gn 12,1-4a), nos presenta la vocación de Abraham. Dios le dice: “Sal de tu tierra”. La fe comienza con un éxodo. Abraham no conoce el destino, pero conoce a quien lo llama. Y eso basta. La Tradición de la Iglesia ha visto en este pasaje el paradigma de toda vocación cristiana: dejar seguridades humanas para abrazar la promesa de Dios. San Agustín enseña que el corazón humano está inquieto hasta descansar en Dios; y esa inquietud es precisamente la fuerza que nos impulsa a salir de nosotros mismos.
El salmo responsorial proclama con confianza: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti” (Sal 32). La esperanza cristiana no es optimismo ingenuo; es certeza fundada en la fidelidad de Dios. Él cumple lo que promete. Él sostiene la historia, incluso cuando atravesamos noches oscuras.
San Pablo, en la segunda carta a Timoteo (2 Tim 1,8b-10), nos recuerda que hemos sido llamados con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por gracia. Cristo ha destruido la muerte y ha hecho brillar la vida. Esta afirmación es profundamente pascual. En medio de un mundo que teme el sufrimiento y la fragilidad, el cristiano sabe que la última palabra es la vida. El Magisterio de la Iglesia insiste en que la esperanza cristiana se fundamenta en la Resurrección; no caminamos hacia la nada, sino hacia la plenitud.
El Evangelio según san Mateo (Mt 17,1-9) nos introduce en el misterio de la Transfiguración. Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan y los conduce al monte alto. Allí se transfigura ante ellos: su rostro brilla como el sol. Moisés y Elías aparecen, representando la Ley y los Profetas. El Padre confirma: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.
Los Padres de la Iglesia interpretan este acontecimiento como anticipo de la gloria pascual. San León Magno afirmaba que la Transfiguración fortalece la fe de los discípulos ante el escándalo de la cruz. Antes de subir a Jerusalén, Jesús muestra la meta: la gloria. La cruz no es el final; es el camino hacia la luz.
En nuestra vida parroquial, esta Palabra es profundamente actual. También nosotros experimentamos momentos de incertidumbre, desafíos familiares, pruebas personales o comunitarias. Pero el Señor nos conduce al monte para recordarnos quiénes somos y hacia dónde vamos. La Cuaresma no es descenso sin sentido; es subida que prepara la Pascua.
La Iglesia, fiel a la Tradición, nos enseña que la conversión es un proceso dinámico. No basta con renunciar al pecado; estamos llamados a dejarnos transformar interiormente. La gracia no solo perdona: transfigura. Y esa transformación comienza cuando escuchamos al Hijo amado.
Tres mensajes de hoy
Propósito para hoy
Subir al “monte” en un momento concreto de oración silenciosa, escuchar al Señor en su Palabra y renovar la decisión de confiar en Él, incluso en aquello que hoy no comprendemos.
Que este II Domingo de Cuaresma nos impulse a mirar el futuro con serenidad. Dios sigue llamando. Dios sigue prometiendo. Dios sigue transfigurando.
Caminemos. La gloria nos espera.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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