Soy Católico y en este Tiempo de Adviento me preparo para ir hacia la venida de Jesús
La
palabra Adventus viene del latín ad–ventus:
ad significa “hacia”, y venire significa “venir”.
En su origen, se utilizaba para hablar de la llegada solemne de un rey o una autoridad que visitaba una ciudad. La Iglesia tomó esa palabra y la iluminó desde la fe: Adventus Domini es “la venida del Señor”, el Dios que viene hacia nosotros y nos invita a caminar hacia Él con un corazón despierto y disponible.
A veces la vida corre tan rápido que ni nos damos cuenta de que Dios nos regala tiempos especiales. Y el Adviento es uno de ellos. La Iglesia, como una madre buena y sabia, nos ofrece estas cuatro semanas para que el corazón despierte, respire hondo y recuerde lo verdaderamente importante: Jesús viene.
No es un tiempo para decorar por decorar ni para vivir apurados. Es un tiempo para volver a Dios con humildad, con esperanza, con decisión. Quien es católico de verdad sabe que este momento es demasiado valioso para dejarlo ensuciar por el ruido o por un montón de cosas que no tienen que ver con la fe.
Yo sé hacia dónde camino: voy hacia Jesús, hacia su venida definitiva. Y quiero estar preparado.
Un propósito sencillo y valiente: no dejar que el mundo me robe el Adviento
Seamos
sinceros: hay cosas que suenan “bonitas” pero no alimentan el alma.
Y cuando uno no está atento, se mete en el corazón lo que no debería estar
allí.
Por eso, con tranquilidad pero con firmeza, puedo decir:
Estas
cuatro semanas quiero buscar solo lo que me acerque a Dios.
Quiero caminar con la Santísima Virgen María, en su espera dulce y
confiada, y con San José, en su silencio fiel y trabajador.
Y, con cariño, pero sin miedo a la verdad, digo también:
No
quiero llenar mi ambiente ni mi corazón con adornos vacíos:
“Santa”, los cascanueces, los elfos o duendes, los renos, los muñecos de nieve,
la fantasía del Polo Norte, las compras sin medida, el ruido artificial, las
comilonas sin sentido… Todo eso, lejos de prepararme, me distrae.
No rechazo la cultura. Solo pongo a Cristo en su sitio: primero.
Purifiquemos los signos: quedarnos con lo que nos lleva a la fe
El
Adviento tiene signos hermosos, profundos, llenos de sentido.
Pero también tiene imitaciones que parecen “navideñas”, pero que no tocan el
alma.
Este es un tiempo para purificar, para quedarnos con lo que viene de la fe y dejar atrás lo que solo entretiene, pero no transforma.
Purificar
no es prohibir:
es volver a encontrar el sentido.
Es elegir con libertad lo que me lleva a Dios.
El Árbol de Navidad: un signo cristiano si lo vives con fe
Muchos no lo saben, pero el Árbol de Navidad nació como un signo cristiano. El árbol que permanece verde aun en invierno recuerda la vida que no muere, y las luces representan a Cristo, la Luz que brilla en medio de las tinieblas.
Así
que, si lo ponemos, que sea así:
un árbol que hable de Cristo, no de la vanidad.
Un árbol que recuerde el árbol de la vida y la Cruz, donde se colgó nuestra
salvación.
San Nicolás de Bari: un santo real, no un personaje comercial
Hoy muchos lo confunden con un “señor vestido de rojo”, pero San Nicolás no fue eso. Fue un obispo santo, defensor de la fe en el Concilio de Nicea y un hombre profundamente generoso.
Recordarlo
es recordar la caridad silenciosa, la bondad que no presume, la mano que ayuda
sin hacer ruido.
Un ejemplo para este tiempo y para toda la vida.
Los signos auténticos del Adviento y la Navidad
Los que viven la fe saben distinguir lo que alimenta el alma de lo que solo llena la casa.
Los signos que de verdad valen son:
–
La Palabra de Dios, que ilumina y despierta.
– La Eucaristía, donde Cristo viene hoy.
– La corona de Adviento o el tronco de Jesé.
– El Árbol de Navidad, vivido cristianamente.
– El Belén, donde la humildad de Dios nos habla sin palabras.
– San Nicolás de Bari, testigo de caridad.
– Las posadas, que recuerdan que Jesús sigue buscando un lugar donde
nacer.
– Las Misas de aguinaldo, que preparan el corazón con alegría.
– Los villancicos verdaderos, que anuncian el nacimiento de Jesús.
Nada
de esto cuesta mucho.
Lo que cuesta es el corazón dispuesto.
Y eso es lo que nos acerca de verdad al Señor.
Tiempo de paz… no de deudas
El
mundo quiere que gastes.
El Evangelio quiere que vivas en paz.
El
comercio te grita “compra más”.
Jesús te susurra: “espera conmigo”.
Este es el tiempo para dejar a un lado los excesos, los regalos innecesarios, las comparaciones, las fiestas sin sentido, las cosas que vacían el bolsillo y también el alma.
La
verdad es sencilla:
Adviento es paz, no deudas.
Es silencio, no ruido.
Es oración, no comilona.
Es esperanza, no ansiedad.
El paso decisivo: la confesión
Si hay algo que abre el corazón para recibir al Señor, es la reconciliación.
Confesarse
es permitir que Dios entre a la casa interior, la limpie, la ordene, la
renueve.
Es preparar una cuna digna para el Niño Jesús.
El que vino, viene y vendrá por mí
Jesús
vino en Belén.
Jesús viene en cada Eucaristía.
Jesús vendrá en gloria.
Mi Adviento se apoya en esta certeza: Él viene por mí.
Llegar al 24 de diciembre con el Niño en el corazón
Si
vivo de verdad este Adviento, la Nochebuena no será una fecha más.
Será un encuentro.
Y podré mirar al cielo y decir:
“Feliz Navidad desde mi corazón al corazón de quien también caminó y se preparó durante cuatro semanas para este acontecimiento de amor.”
Porque
la Navidad es Jesús.
Y sin Adviento… no hay Navidad.
El
ruido del mundo te llena del mundo y te vacía de Dios.
Cuando te llenas de Dios, descubres lo superficial, lo pasajero, lo hueco que
el mundo te ofrece para opacar el paso del Señor.
Vive tu Adviento con decisión. No pierdas esta oportunidad de gracia.
Cristo
viene.
Viene a tu vida.
Viene a tu alma.
Viene a tu casa.
La palabra Nativitas —de donde viene “Navidad”— procede del latín nativitas, nativitatis, que significa “nacimiento”. En la tradición cristiana, esta palabra quedó unida de manera inseparable al nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Así, cuando decimos “Navidad”, no hablamos de una temporada comercial, sino del acontecimiento único en el que Dios entra en nuestra historia para salvarnos.
Feliz
Adviento. Que podamos caminar juntos, revestidos de Cristo, para que el 24 en
la noche podamos decirnos con Fe y Esperanza: “Feliz Navidad”.
Y que vivamos la semana de Navidad de verdad con Jesús y en la presencia de
Jesús, el Mesías, el Salvador, nuestra Paz.
El Niño Dios nacido en el pesebre de Belén, el Niño Rey que viene a transformar
nuestro corazón.
Pbro. Alfredo
Uzcátegui
Vicario Parroquial
Ven pronto Jesús, que te estamos esperando Señor, ven a nuestros corazones, y enciende, la llama de tu amor.
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