19
NOV
2025

Solidaridad: amar en acción



Solidaridad: amar en acción

La solidaridad convierte la compasión en esperanza concreta.

La solidaridad es una palabra que resuena con fuerza en el Evangelio porque abre la puerta hacia una forma de amar que no se queda en ideas, sino que se convierte en movimiento, en cercanía, en obras. La vida cristiana no se mide por la intensidad de los sentimientos, sino por la calidad de nuestras decisiones. La solidaridad, en su raíz más pura, es esa capacidad de mirar al otro y reconocerlo como hermano, no como extraño; como alguien cuya vida me importa, cuya dignidad me interpela y cuya historia se une, de alguna manera misteriosa, a la mía.

La fe siempre ha tenido el poder de sacar al cristiano de sí mismo. Desde los primeros discípulos, pasando por las comunidades apostólicas y los santos que marcaron la historia, la solidaridad ha sido un sello distintivo del corazón que sigue a Cristo. No es moda, no es estrategia social: es una exigencia del Evangelio. Jesús lo enseñó sin rodeos: “Lo que hicieron con uno de estos pequeños, conmigo lo hicieron.” Al pronunciar estas palabras, el Señor desmontó cualquier tentación de vivir la fe en aislamiento o de reducirla a un culto privado.

La solidaridad tiene dos columnas esenciales: la compasión y la justicia. La compasión nos permite sentir el dolor ajeno; la justicia nos anima a actuar para aliviarlo. Cuando ambas se encuentran, nace una esperanza concreta, palpable, que transforma ambientes, familias y comunidades. Esa esperanza se vuelve visible en gestos tan simples como acompañar a un enfermo, ayudar a un estudiante que no tiene recursos, escuchar a un anciano que se siente solo, defender a un migrante en su fragilidad o contribuir con la comunidad en momentos de necesidad. Son gestos humildes que, sin embargo, cambian la historia de alguien.

Pero la solidaridad no es solo un impulso emocional. Requiere disciplina, orden interior, voluntad. Supone aprender a mirar más allá de nuestros propios intereses y entender que Dios nos llama a construir un tejido social donde cada persona pueda sentirse acogida y sostenida. La familia, la parroquia y la comunidad se convierten en espacios de entrenamiento para esta virtud: allí aprendemos a compartir, a respetar, a colaborar, a escucharnos, a sostenernos mutuamente. Allí descubrimos que “nadie se salva solo”.

Desde la espiritualidad cristiana, la solidaridad es participación en el amor providente de Dios. Él no se queda lejos, sino que se acerca, acompaña, cura y levanta. Cuando somos solidarios, reflejamos ese estilo divino de cercanía. Nos volvemos signos vivos de la presencia de Cristo en medio de un mundo que, muchas veces, sufre por la indiferencia, la prisa o la falta de empatía.

Esta virtud también exige prudencia y responsabilidad. No es un activismo impulsivo que lo da todo sin pensar. La verdadera solidaridad sabe ayudar sin humillar, acompañar sin invadir, ofrecer sin imponer. Busca la dignidad del otro, no la vanagloria personal. Y entiende que, en algunas circunstancias, la ayuda más necesaria es enseñar a la persona a valerse por sí misma, fortaleciendo su libertad y su capacidad de salir adelante.

Hoy, en nuestra comunidad parroquial, la solidaridad tiene un rostro muy concreto: familias que comparten lo poco que tienen, jóvenes que colaboran con talleres, adultos que se ofrecen para visitar enfermos, servidores que preparan alimentos, agentes pastorales que sostienen a los más frágiles con paciencia y entrega. Cada gesto, por pequeño que sea, es un eslabón en la cadena de esperanza que el Señor quiere tejer en medio de nosotros.

La solidaridad no cambia el mundo en un día, pero transforma cada día del mundo de alguien. Y eso basta para iluminar la vida.


La solidaridad nos invita a pensar que cada persona es un hermano puesto en nuestro camino por la providencia; a sentir que la compasión no es debilidad, sino fuerza que nos mueve a salir de nosotros mismos; y a actuar con gestos concretos que alivien el sufrimiento, acompañen al que está solo y construyan comunidad. Esta virtud se vuelve real cuando nuestras manos hacen visible lo que nuestro corazón cree.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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