01
NOV
2025

Solemnidad de Todos los Santos – Sábado 1 de noviembre de 2025



Solemnidad de Todos los Santos – Sábado 1 de noviembre de 2025
Lecturas: Ap 7, 2-4.9-14; Sal 23; 1 Jn 3, 1-3; Mt 5, 1-12a
Tiempo Litúrgico: Semana XXX del Tiempo Ordinario

Llamados a la santidad: el rostro luminoso de la esperanza cristiana

Hoy la Iglesia entera se reviste de alegría y gratitud para celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, fiesta de luz, esperanza y comunión. No solo recordamos a los santos canonizados —aquellos cuyos nombres figuran en el calendario litúrgico—, sino también a esa inmensa multitud de hombres y mujeres que, en el silencio de la vida cotidiana, siguieron fielmente a Cristo y ahora participan de la gloria del cielo. Es la fiesta de los santos “anónimos”: los padres y madres que vivieron la fe con sencillez, los trabajadores honrados, los enfermos pacientes, los misioneros ocultos, los jóvenes que eligieron la pureza, los abuelos que enseñaron a rezar. Todos ellos forman parte de esa “muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua” (Ap 7,9).

El Apocalipsis nos abre una ventana al cielo: una multitud vestida de blanco, símbolo del bautismo y de la victoria de Cristo, alabando al Cordero. Son los que han lavado sus vestiduras en la sangre del Cordero, es decir, los que dejaron que la gracia purificara su historia, incluso a través del sufrimiento. Esta visión no es una utopía lejana; es una promesa real. Nos recuerda que la santidad no es un privilegio para unos pocos, sino la vocación común de todos los bautizados. Como enseña el Concilio Vaticano II en Lumen Gentium (n. 39), “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”.

San Juan, en su primera carta, nos revela la raíz de esta vocación: “Mirad qué amor tan grande nos ha tenido el Padre, al llamarnos hijos de Dios, ¡y lo somos!” (1 Jn 3,1). La santidad comienza cuando nos descubrimos amados por Dios. No es el resultado de esfuerzos heroicos humanos, sino el fruto de una relación transformadora con el Padre que nos adopta y nos invita a parecernos a su Hijo. Ser santos es vivir como hijos, reflejando en nuestras palabras, gestos y decisiones el rostro de Cristo que llevamos impreso por el bautismo.

El Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5,1-12) nos ofrece el retrato más bello del santo: el que se sabe pobre ante Dios, el que sufre sin perder la fe, el que trabaja por la paz, el que es limpio de corazón, el que tiene hambre y sed de justicia. No son héroes de la fuerza, sino testigos de la esperanza. La santidad, dice el Papa Francisco en Gaudete et Exsultate, “es el rostro más bello de la Iglesia” y se manifiesta en los gestos cotidianos: “una madre que cuida con amor a su hijo enfermo, un trabajador que no pierde la sonrisa, una religiosa anciana que sigue sonriendo”.

Los santos no son figuras lejanas ni perfectas; son amigos de Dios que nos muestran que la felicidad verdadera consiste en amar y servir. Nos demuestran que la fidelidad en lo pequeño tiene un valor eterno. Ellos ya viven la bienaventuranza prometida y nos alientan a seguir caminando con esperanza, porque el cielo no es un sueño, sino nuestro destino. Como decía Santa Teresa de Jesús: “Tan alta vida espero, que muero porque no muero.”

Hoy, mientras contemplamos esta multitud de rostros luminosos, la Iglesia nos invita a mirar hacia el futuro con confianza. En un mundo que a veces exalta el poder, el dinero o la fama, los santos nos recuerdan que el camino de la felicidad pasa por la humildad, la misericordia y la pureza del corazón. Ellos son la prueba viva de que el Evangelio transforma la historia. No necesitamos hacer milagros visibles para ser santos; basta dejar que el amor de Cristo obre en nosotros y se manifieste en obras concretas de caridad, perdón y servicio.

Celebrar a todos los santos es renovar nuestra esperanza. La comunión de los santos nos enseña que no estamos solos: hay una red invisible de amor que une el cielo y la tierra. Cuando luchamos, oramos o sufrimos con fe, estamos en comunión con esa multitud que ya venció. Ellos interceden por nosotros, nos acompañan y esperan que un día nos unamos a su alabanza eterna.

La santidad no es un ideal inalcanzable, sino el proyecto de amor que Dios ha trazado para cada uno de nosotros; dejémonos mirar por Él con ternura y renovemos el deseo de parecernos a su Hijo, el Santo de los santos. Vivamos las bienaventuranzas cada día consolando, perdonando, sirviendo y sembrando paz; reavivemos nuestra esperanza con la oración y la Eucaristía, sabiendo que la santidad comienza en lo pequeño y florece en lo eterno.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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