Si Dios existe, ¿por qué permite contradicciones dentro del cristianismo?
La unidad esencial de la fe y la fragilidad humana
Una de las objeciones más comunes contra la fe cristiana es la división visible entre los creyentes: distintas denominaciones, interpretaciones diversas, disputas históricas e incluso fracturas dolorosas. Muchos se preguntan: ¿Puede venir de Dios una religión cuyos seguidores parecen contradictorios entre sí? A primera vista, esta diversidad interna parece debilitar el testimonio del cristianismo. Sin embargo, la fe católica ofrece una respuesta clara: la unidad esencial de la fe permanece intacta, mientras que las divisiones provienen de la fragilidad humana, no de Dios. La existencia de tensiones no niega la verdad del Evangelio; más bien revela la necesidad de la gracia para sanar la libertad herida.
1. Cristo fundó una sola Iglesia
La voluntad de Jesús fue clara:
“Que
todos sean uno” (Jn 17,21).
Él fundó una sola Iglesia, con una fe, un bautismo y un mismo Señor.
La Iglesia católica cree que esta unidad subsiste plenamente en ella, sostenida
por la sucesión apostólica y el ministerio del Papa.
La unidad querida por Cristo no es uniformidad absoluta, sino una comunión viva
en la verdad y en la caridad.
2. Las divisiones nacen de la libertad humana herida
Las
contradicciones dentro del cristianismo no provienen de Dios, sino de la
debilidad humana:
– intereses políticos,
– errores doctrinales,
– heridas históricas,
– interpretaciones aisladas,
– pecados personales y comunitarios.
La historia muestra que cuando la libertad se separa de la humildad, aparece la
división.
La fragmentación del cristianismo es consecuencia del pecado, no un defecto del
Evangelio.
3. La unidad esencial permanece a pesar de las divisiones
Aun
con diferencias visibles, la gran mayoría de los cristianos comparte elementos
fundamentales:
– la fe en Jesucristo,
– la oración del Padrenuestro,
– el bautismo,
– la Sagrada Escritura,
– el testimonio de la vida moral,
– el servicio al prójimo.
Estas convergencias muestran que existe un núcleo común que mantiene unido al
cristianismo en su esencia.
La diversidad no destruye la verdad; la verdad supera la diversidad.
4. El Espíritu Santo actúa incluso en medio de la división
A
lo largo de la historia, las rupturas no han impedido que el Espíritu Santo
siga actuando.
Él suscita santos, renueva carismas, inspira obras de caridad, mueve a la
conversión y aproxima corazones.
El ecumenismo auténtico —como enseña el Concilio Vaticano II— es obra del
Espíritu.
Las divisiones no anulan la presencia de Dios; revelan cuánto necesitamos su
gracia para volver a la unidad plena.
5. La unidad verdadera: ni uniformidad ni relativismo
La
fe católica rechaza dos extremos:
– la uniformidad rígida que aplasta la libertad,
– el relativismo que disuelve la verdad.
La unidad cristiana es comunión en la misma fe, vivida con diversidad legítima
de culturas, espiritualidades y dones.
La Iglesia es una, santa, católica y apostólica, pero también es un cuerpo con
muchos miembros, cada uno con su riqueza.
La unidad se construye desde la verdad y la caridad.
6. Cristo sanará definitivamente la unidad rota
La
división no tiene la última palabra.
El Señor resucitado conducirá a su Iglesia hacia la unidad perfecta.
Mientras llega ese día, la Iglesia ora, trabaja y se convierte.
El escándalo de la división se transforma en llamada a la santidad, a la
humildad y al diálogo real.
Pensar
Las contradicciones dentro del cristianismo no niegan a Dios: revelan la fragilidad humana. La unidad esencial de la fe permanece, sostenida por Cristo y su Espíritu.
Sentir
Siente la esperanza de saber que Dios conduce a su Iglesia hacia la unidad plena. La diversidad no es obstáculo para su obra de salvación.
Actuar
Ora por la unidad de los cristianos, vive tu fe con fidelidad a la Iglesia y sé instrumento de reconciliación donde exista división.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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