Si Dios es bueno, ¿por qué castiga?
La justicia divina como expresión del amor verdadero
Una
de las objeciones más frecuentes es esta: si Dios es amor, ¿cómo es posible
que castigue?
Para muchos, castigo suena a venganza, dureza o represalia. Sin embargo, en la
fe cristiana el castigo no es un acto de ira ciega, sino una expresión del amor
verdadero, que no es indiferente al mal ni a sus consecuencias. Un amor que no
corrige es un amor débil; un amor que permite que el mal destruya sin
intervenir no sería amor. Por eso, hablar de la justicia de Dios es hablar de
la forma en que Él defiende el bien, sana al pecador y orienta la historia
hacia la salvación.
1. Dios no castiga para destruir, sino para salvar
El
castigo divino nunca tiene como finalidad la pérdida del ser humano.
Dios no crea para condenar.
Su propósito es siempre restaurar, corregir, educar.
Cuando la Biblia habla del castigo, lo hace en términos de pedagogía:
Dios actúa como un padre que corrige para sanar, no para dañar.
“El
Señor corrige a quien ama” (Hb 12,6).
El castigo divino es, ante todo, un llamado al retorno.
2. La justicia de Dios defiende la dignidad humana
Si
Dios no castigara el mal, sería indiferente ante el sufrimiento de las
víctimas.
La justicia divina afirma que el mal es serio, que las acciones tienen
consecuencias y que la dignidad humana debe ser defendida.
Dios no es un espectador neutral:
su justicia protege al inocente y confronta al culpable.
La justicia divina no contradice el amor: lo expresa.
3. Muchas veces el “castigo” es consecuencia del pecado mismo
En
muchos casos, lo que llamamos “castigo” divino es simplemente la consecuencia
natural del mal obrar.
Quien siembra egoísmo, cosecha soledad.
Quien siembra mentira, cosecha desconfianza.
Quien siembra odio, cosecha destrucción interior.
La ley moral está inscrita en el corazón humano; apartarse del bien trae
efectos negativos inevitables.
Dios no castiga desde fuera: el mal castiga desde dentro.
4. El castigo como purificación
Incluso
cuando Dios permite pruebas o situaciones dolorosas, su objetivo no es destruir
al alma, sino purificarla.
El fuego purifica el oro; la prueba purifica el corazón.
La corrección divina limpia, fortalece y hace crecer.
Los santos lo saben: las purificaciones de Dios son terreno fértil para la
santidad.
5. Cristo revela el verdadero rostro de la justicia divina
La
justicia de Dios se manifiesta plenamente en Cristo.
Y la cruz muestra algo sorprendente:
Dios no descarga su castigo sobre la humanidad, sino sobre sí mismo.
Es Cristo quien carga el peso del pecado para liberarnos.
La justicia divina es amor que se sacrifica, no ira que destruye.
En Jesús entendemos que la justicia de Dios es, al mismo tiempo, misericordia.
6. El juicio final: la afirmación definitiva del amor
El
juicio de Dios no es amenaza, sino esperanza:
es la certeza de que el mal no tendrá la última palabra.
Es la afirmación de que el amor triunfará definitivamente.
El juicio final es la gran revelación de la verdad:
cada persona verá su vida a la luz del amor, y cada acto será valorado con
justicia y misericordia.
Pensar
El castigo de Dios no contradice su amor: lo expresa. La justicia divina es protección del bien, corrección del mal y camino hacia la salvación.
Sentir
Acoge con confianza las situaciones que Dios permite para purificar tu corazón. En cada corrección hay una mano paterna guiando tu vida.
Actuar
Vive según la justicia divina: renuncia al pecado, busca la conversión y confía en la misericordia de Cristo que sana y restaura.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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