Martes
11 de noviembre de 2025 – Semana XXXII del Tiempo Ordinario
Fiesta de San Martín de Tours, obispo
Lecturas: Sabiduría 2, 23–3,9; Salmo 33; Lucas 17, 7–10
Servir con amor, vivir con esperanza
El libro de la Sabiduría nos recuerda hoy una verdad luminosa y consoladora: “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser” (Sab 2,23). No fuimos hechos para la muerte ni para el absurdo, sino para la vida eterna. La existencia humana tiene un origen divino y una meta eterna; por eso, incluso en medio de las pruebas, la esperanza no se extingue. Los justos —dice la Escritura— parecen morir, pero “están en paz, porque su esperanza está llena de inmortalidad” (Sab 3,1-4). Esta certeza es la raíz de toda fortaleza cristiana: el alma que confía en Dios no se pierde, sino que madura en el amor que no pasa.
El Evangelio de san Lucas (17,7-10) nos invita a contemplar otra dimensión esencial de la vida cristiana: el servicio humilde. Jesús enseña que sus discípulos no deben esperar recompensas humanas, ni reconocimiento, ni privilegios. “Cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer.” Estas palabras no son un desprecio del valor humano, sino una escuela de libertad interior. El verdadero servidor no actúa por interés, sino por amor; no busca ser admirado, sino ser fiel. El servicio humilde purifica el corazón y nos asemeja a Cristo, “que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28).
En este contexto, la memoria de San Martín de Tours resplandece como un testimonio concreto del Evangelio vivido con sencillez y caridad. Nacido en Hungría hacia el año 316 y educado en el ambiente militar romano, Martín descubrió muy joven que el amor a Cristo es más fuerte que las armas. Aquel gesto famoso de partir su capa para cubrir a un pobre helado en la puerta de Amiens no fue solo una acción compasiva: fue un signo profético. Esa noche, Cristo se le apareció vestido con la mitad de su capa y le dijo: “Martín, todavía catecúmeno, me cubrió con su manto.” Desde entonces, su vida fue una entrega constante. Renunció al ejército, se hizo monje, fundó comunidades y finalmente fue elegido obispo de Tours, donde evangelizó con paciencia, defendió a los pobres y combatió las supersticiones con la luz de la fe.
San Martín es un ejemplo de cómo la humildad no debilita la autoridad, sino que la ennoblece. Fue un pastor que caminaba con su pueblo, que prefería la pobreza al lujo, que se enfrentó a los poderosos por amor a la verdad. San Gregorio de Tours lo llamó “el hombre de Dios”, y su vida fue un testimonio viviente de que la santidad se construye en lo cotidiano: en el servicio, en la caridad, en el silencio fecundo de quien confía solo en Dios. Su ejemplo sigue siendo actual en un mundo que muchas veces valora la apariencia más que la virtud. Martín nos recuerda que el cristiano no busca ser admirado, sino ser fiel; no acumula poder, sino amor; no mide su valor por los aplausos, sino por la entrega.
El salmo 33 pone en nuestros labios una oración que sintetiza toda la espiritualidad de este día: “Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mi boca.” Quien ha descubierto a Cristo en los pobres, como San Martín, aprende a bendecir incluso en medio de las pruebas. Porque sabe que “los ojos del Señor miran a los justos y sus oídos escuchan sus clamores.” No hay sufrimiento inútil ni sacrificio estéril cuando se ofrece con amor.
La
Palabra de hoy nos invita a renovar tres actitudes fundamentales del discípulo
de Cristo:
Primero, confiar en que fuimos creados para la eternidad y que la muerte
no tiene la última palabra.
Segundo, servir con humildad y alegría, sin buscar recompensas humanas.
Y tercero, amar a todos, especialmente a los más necesitados,
reconociendo en ellos el rostro mismo de Jesús.
Fuimos creados para la inmortalidad; cada obra buena tiene resonancia eterna
cuando se realiza por amor a Dios. Que el ejemplo de San Martín de Tours
despierte en nuestro corazón la alegría de servir sin esperar nada a cambio.
Seamos testigos del amor de Cristo en la vida diaria, compartiendo lo que somos
y tenemos, consolando al que sufre y sirviendo con humildad, sabiendo que en
cada acto de amor se teje la eternidad.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared