22
NOV
2025

Servicio: la grandeza de hacerse pequeño



Servicio: la grandeza de hacerse pequeño
Servir no es hacer favores, es amar con las manos y los pies.

El servicio auténtico siempre sorprende porque va contra la lógica dominante del mundo.

La mayoría busca ser visto, reconocido, aplaudido. El Evangelio, en cambio, propone un camino que parece pequeño, casi invisible, pero que sostiene la vida desde dentro: el camino del que sirve. No se trata de cumplir favores ni de sumar tareas; se trata de amar hasta que el amor tome forma concreta en nuestras manos, en nuestros pies, en nuestra disponibilidad humilde.

El Señor nos mostró este camino con un gesto inolvidable: se arrodilló para lavar los pies de sus discípulos. Aquella escena no fue simbólica; fue profundamente real. El Maestro, el Hijo de Dios, asumió la postura del siervo para enseñarnos que la verdadera grandeza nace en la humildad. Jesús no dijo “sirvan un poco”, sino “hagan ustedes lo mismo”. Es decir, vivan desde la entrega, no desde el protagonismo.

El servicio cristiano tiene un olor particular: huele a cercanía, a paciencia, a tiempo ofrecido sin medirlo. Huele a la casa donde alguien prepara la comida sin esperar aplausos; al catequista que, aún cansado, acompaña a los niños con ternura; al padre que se levanta temprano para sostener a los suyos; a la religiosa que cura heridas en silencio; al joven que renuncia a sí mismo para ayudar a un hermano que nadie mira. Allí donde alguien se hace pequeño para que otro se sienta digno, la gracia de Dios florece.

La tradición de la Iglesia insiste en este punto: servir no es un acto puntual, es un estilo de vida. San Benito lo resumía así: “que en todo sea Dios glorificado”. Y Dios se glorifica cuando nuestro corazón se vuelve hogar para los demás. Cada pequeña obra de servicio es un ladrillo en el Reino que Jesús vino a construir desde lo escondido.

El servicio purifica el corazón porque nos libera del orgullo y de la necesidad de figurar. Nos enseña que no somos el centro; que el otro es un misterio sagrado que merece ser cuidado. Cuando uno sirve, descubre un secreto espiritual precioso: se recibe más de lo que se da. De pronto el cansancio se vuelve alegría, y el sacrificio se vuelve paz interior. Es la manera en que Dios responde cuando uno lo ama en los hermanos.

Hoy, en medio de un mundo rápido y muchas veces indiferente, el servicio se vuelve profecía. No es una tarea para unos pocos; es una vocación para todos. Quien sirve, siembra esperanza. Quien se inclina para levantar a otro, levanta también su alma. Quien dedica tiempo, escucha, acompaña, sostiene… está escribiendo con su vida una página del Evangelio.

Que este artículo no quede solo en inspiración, sino en invitación: busca un modo concreto, hoy mismo, de hacerte pequeño para que alguien más se sienta amado. El Señor sigue llamando a servidores, no a héroes. A corazones dispuestos, no a expertos. A manos sencillas que, al abrirse, hacen visible la ternura de Dios.

En ese gesto humilde comienza la verdadera grandeza. Y en ese camino sencillo, Jesús nos espera.

 

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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