Señor,
que pueda ver: la fe que resiste, la fe que transforma
Lunes 17 de noviembre de 2025 – Santa Isabel de Hungría
Semana XXXIII del Tiempo Ordinario
La Palabra de hoy llega con una fuerza que interpela y consuela. Nos muestra lo que ocurre cuando un pueblo se olvida de Dios… y lo que sucede cuando un corazón se aferra a Él con toda el alma. Ambas escenas, tan distintas, hablan de nosotros y de lo que vivimos cada día: luces que se apagan, fidelidades que vacilan, voces que intentan distraer, y al mismo tiempo una gracia que insiste, que empuja, que despierta.
El primer libro de los Macabeos describe un tiempo oscuro: muchos se dejaron arrastrar por costumbres ajenas al Dios de Israel, renunciaron a la alianza, cedieron a la presión cultural y política. La infidelidad no comenzó con un acto grande, sino con gestos pequeños, casi invisibles: imitar modas, adoptar prácticas paganas, perder la sensibilidad espiritual. La tradición nos enseña que el pecado rara vez hace ruido; lo que hace es anestesiar. Pero en medio de esa nube pesada, hubo quienes “prefirieron morir antes que profanar la ley”. No eran héroes de bronce; eran creyentes con una convicción firme: Dios vale más que cualquier ventaja inmediata.
La fidelidad tiene un precio, sí… pero también tiene una recompensa: el alma permanece en pie, incluso cuando todo alrededor se inclina.
El salmo 118 nos coloca entonces en la actitud correcta: “Ayúdame, Señor, a cumplir tus mandamientos”. No podemos solos. La fidelidad no es obstinación humana; es gracia sostenida. Quien ora así reconoce su fragilidad, pero también su deseo profundo de caminar en luz. Cada precepto es una brújula que apunta hacia la vida plena, una protección frente a las tormentas interiores.
El Evangelio abre la escena con un ciego junto al camino. Ese hombre representa a todo discípulo que se siente detenido, sin claridad, rodeado de ruido y otros que intentan silenciarlo. Pero el ciego tiene algo que nadie puede quitarle: hambre de salvación. Cuando escucha que pasa Jesús, grita. Y cuando quieren callarlo, grita más fuerte. Esa insistencia sagrada mueve el corazón de Cristo. Jesús se detiene —el Hijo de Dios se detiene por un pobre marginado— y pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Nada más directo, nada más tierno, nada más liberador. El hombre responde con la súplica más pura: “Señor, que pueda ver”.
Esa petición atraviesa los siglos. Quien la pronuncia deja que Dios haga espacio dentro del alma. Y Jesús responde con la misma autoridad que un día abrió los ojos del mundo: “Recobra la vista, tu fe te ha salvado”.
Ver… no solo con los ojos, sino con el corazón. Ver oportunidades donde antes solo había miedo. Ver caminos donde había cierres. Ver la presencia de Dios donde parecía que solo había sombra. La visión que Cristo concede es una luz para caminar hacia adelante, nunca hacia atrás.
Santa Isabel de Hungría confirma maravillosamente esta enseñanza. Su vida fue un equilibrio hermoso entre oración y servicio, nobleza y humildad, poder e interioridad. Sin escándalos ni discursos altisonantes, mostró cómo la luz de Cristo transforma a quien se deja guiar por Él. Todo lo que recibió —bienes, posición, talentos— lo convirtió en misericordia concreta. Su fe veía donde otros pasaban de largo. Veía a Cristo en los pobres. Veía sentido en la cruz. Veía futuro cuando otros declaraban derrota. Esa mirada es la que necesitamos hoy.
La Liturgia de este lunes nos invita a asumir tres certezas para caminar en esperanza.
Primero, hay fidelidades que debemos custodiar con valentía, aunque el mundo proponga lo contrario. La fe no se negocia. La dignidad no se negocia. La verdad no se negocia.
La alianza con Dios es una gracia que merece ser defendida con delicadeza y fortaleza.
Segundo, no estamos solos en la lucha por permanecer fieles. Dios mismo sostiene nuestros pasos, educa nuestros afectos y nos recuerda su cercanía en cada sacramento, cada Eucaristía, cada obra de caridad, cada acto de perdón.
Tercero,
Jesús pasa hoy junto a nuestro camino, como pasó junto al del ciego. No es un
recuerdo: es un acontecimiento. Pasa, escucha, se detiene, pregunta, sana. La
pregunta permanece abierta:
¿Qué quieres que haga por ti?
Tal
vez hoy nuestra respuesta sea la misma:
“Señor, que pueda ver”.
Ver tu voluntad.
Ver tu misericordia.
Ver hacia dónde nos llamas.
Ver la vida como un regalo, también cuando el camino es difícil.
Ver a los demás con compasión.
Ver con ojos de fe.
Con esa claridad, el futuro no es una amenaza. Es una promesa.
Este lunes, con la intercesión luminosa de Santa Isabel de Hungría, la Iglesia nos recuerda que la fidelidad no es cosa del pasado, sino la llave que abre las puertas del mañana. Cristo sigue pasando, sigue mirando, sigue preguntando. Que nuestra súplica sea valiente, y nuestra esperanza, firme. La luz está por venir, y su resplandor permite avanzar sin miedo por los senderos que Dios abre delante de nosotros.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared