Segunda vía: La causa eficiente
Nada existe por sí mismo — Camino hacia la Causa Primera
En la primera vía, Santo Tomás nos mostró que todo movimiento requiere un primer motor. Ahora, en la segunda vía, nos invita a mirar la realidad desde otra perspectiva: la de la causa eficiente, es decir, aquello que produce o da origen a algo. En el mundo, todo lo que existe tiene una causa; nada surge por sí mismo. Si seguimos esta cadena de causas, llegamos necesariamente a una Causa Primera, que no ha sido causada por nadie y que da existencia a todo lo demás. Esa causa es Dios.
1. Todo lo que existe tiene una causa
Santo Tomás parte de una observación elemental y universal: en el mundo, nada existe sin una razón de ser. Todo tiene una causa que lo origina: una planta nace de una semilla, el fuego proviene de una chispa, una casa de un constructor, una persona de sus padres. Nada se causa a sí mismo, porque para causarse debería existir antes de existir, lo cual es imposible.
Por tanto, todo cuanto vemos y experimentamos depende de algo anterior. Cada causa nos remite a otra, y esa a otra más. Pero si esa cadena de causas fuera infinita, nunca habría comenzado nada, porque sin causa primera no habría causas intermedias ni efectos actuales.
Por eso, dice Santo Tomás en la Suma Teológica (I, q.2, a.3):
“Es necesario admitir una causa eficiente primera, a la que todos llaman Dios.”
2. La imposibilidad de una cadena infinita de causas
El pensamiento moderno a
veces pretende explicar el universo como una serie infinita de causas
naturales: el átomo, la energía, el azar. Pero incluso si extendiéramos la
cadena hasta el origen del tiempo, seguiría faltando una respuesta decisiva: ¿por
qué existe algo y no más bien nada?
Toda causa que observamos en el mundo es una causa “recibida”, contingente,
limitada. Debe existir una causa no causada, eterna, que posea en sí
misma la plenitud del ser, y de la cual dependa todo lo demás. Esa Causa
Primera no es una pieza más dentro de la cadena, sino el fundamento mismo de
la existencia.
Dios no es una causa entre las causas, sino la Causa de que haya causas, el Ser necesario que sostiene el universo en el ser.
3. El argumento de la causalidad como expresión del amor creador
El cristiano no ve en la Causa Primera una fuerza ciega o impersonal, sino el amor creador de Dios. Él es causa no solo porque da origen, sino porque sostiene en cada instante la existencia de todo. Si Dios dejara de pensar en nosotros, dejaríamos de existir. Como dice el libro de la Sabiduría:
“Tú amas todo cuanto existe, y nada aborreces de lo que has hecho” (Sab 11,24).
Esta verdad revela que la causalidad divina no es mecánica, sino amorosa. Dios no causa el mundo como un ingeniero que fabrica una máquina y la abandona, sino como un Padre que mantiene viva su obra con ternura constante.
4. La ciencia y el origen de todo
La ciencia contemporánea
reconoce que el universo tuvo un inicio y que sus leyes no se explican por sí
mismas. La teoría del Big Bang y el principio de causalidad confirman, desde
otro lenguaje, lo que la razón filosófica y la fe han intuido siempre: lo
que comienza a existir tiene una causa.
El sacerdote y científico Georges Lemaître, pionero de la cosmología moderna,
lo expresó así:
“La ciencia explica el
cómo del universo; la fe, el porqué.”
Así, el creyente no teme a la ciencia, porque sabe que toda causa natural
remite, en último término, a la sabiduría y al poder de Dios.
5. La Causa que da sentido a la vida
La segunda vía no solo
responde a la pregunta de por qué existe el mundo, sino también por qué
existo yo. Cada vida humana tiene un origen divino. Nadie es casualidad, ni
producto del azar. En el corazón de cada nacimiento hay una elección eterna de
amor.
San Pablo lo resume en una frase que llena de sentido:
“De Él, por Él y para Él son todas las cosas” (Rm 11,36).
Cuando reconocemos a Dios como nuestra causa primera, entendemos que vivir no es un accidente, sino una vocación de amor. Somos efecto de un Amor que no deja de actuar.
Pensar
Nada existe por sí mismo. Todo tiene una causa que lo origina y lo sostiene. Esa Causa Primera, no causada, eterna y amorosa, es Dios.
Sentir
Agradece hoy tu existencia. Eres fruto del amor creador de Dios, no de la casualidad. Él pensó en ti desde la eternidad y sostiene tu vida en cada instante.
Actuar
Repite en oración: “Señor, Tú eres mi origen y mi destino. Todo lo que tengo viene de Ti. Que mi vida sea una respuesta agradecida a tu amor creador.”
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial
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