Lunes 20 de octubre de 2025 – Semana XXIX del Tiempo Ordinario
Mes
del Santo Rosario y de las Misiones
Memoria de Santa María Bertila Boscardin, religiosa
Lecturas: Romanos 4,19-25; Lucas 1 (Bendito sea el Señor, Dios de Israel);
Lucas 12,13-21
“Riqueza que dura para la eternidad”
El Evangelio de este lunes nos presenta una escena profundamente humana: un hombre del pueblo se acerca a Jesús para pedirle que intervenga en una disputa familiar por una herencia. Jesús, con la sabiduría que desarma toda codicia, responde: “Guardaos de toda clase de avaricia, porque, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes” (Lc 12,15). En una sociedad donde el valor parece medirse por lo que se posee, esta palabra del Señor es un llamado urgente a redescubrir el sentido del verdadero tesoro: no lo que se acumula, sino lo que se comparte. La parábola del rico insensato ilustra magistralmente esta enseñanza: aquel hombre que se decía a sí mismo “descansa, come, bebe y date buena vida”, muere sin haber comprendido que la vida no consiste en llenar graneros, sino en llenar el alma de amor y de justicia. El Evangelio de hoy nos confronta con una gran verdad: todo lo que guardamos egoístamente termina perdiéndose, pero lo que damos por amor permanece para siempre en Dios.
San Pablo, en la primera lectura, nos recuerda el ejemplo luminoso de Abraham, que creyó en contra de toda esperanza. “No dudó por incredulidad de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en la fe, dando gloria a Dios” (Rm 4,20). Abraham no confió en sus fuerzas, sino en la fidelidad del Señor. Esa fe, dice Pablo, le fue contada como justicia, y también a nosotros se nos contará si confiamos en el Dios que cumple lo que promete. En tiempos en los que el miedo al futuro, la inestabilidad o la inseguridad económica pueden inquietar nuestro corazón, la fe nos enseña a vivir con serenidad y esperanza, sabiendo que la Providencia nunca abandona a quien confía.
El cántico de Zacarías, que proclamamos como salmo, es una respuesta de gratitud: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo.” Este himno, nacido en labios de un hombre que ha visto cumplirse las promesas de Dios, se convierte también en nuestra oración de hoy. Dios sigue visitando a su pueblo, sigue levantando a los abatidos y llenando de sentido la vida de quienes confían en Él. Nada se pierde cuando se pone en sus manos.
Hoy la Iglesia celebra la memoria de Santa María Bertila Boscardin (1888-1922), una joven campesina nacida en Brendola, Italia, en el seno de una familia sencilla y profundamente cristiana. Desde niña se destacó por su humildad, su obediencia y su corazón servicial. Ingresó en la Congregación de las Hermanas Maestras de Santa Dorotea, donde se dedicó con amor y paciencia al cuidado de los enfermos. Durante la Primera Guerra Mundial, sirvió como enfermera en el hospital militar de Treviso, donde atendió a soldados heridos y enfermos contagiosos con una entrega heroica. Su vida fue sencilla, silenciosa y profundamente evangélica: no buscó reconocimiento, sólo quiso amar. Murió joven, a los 34 años, dejando un testimonio de santidad cotidiana, tejida de pequeños actos de amor. Fue canonizada por el Papa San Juan XXIII el 11 de mayo de 1961, quien la propuso como modelo de caridad heroica y sencillez cristiana. Santa María Bertila nos enseña que la santidad no se mide por los grandes hechos, sino por la fidelidad en lo pequeño, por el amor perseverante en medio de las tareas de cada día.
En este Mes del Rosario y de las Misiones, la Palabra de Dios y el testimonio de esta joven santa nos invitan a vivir con un corazón libre de codicia y lleno de confianza. La fe de Abraham, la sabiduría del Evangelio y el ejemplo de Santa María Bertila se unen en un mismo mensaje: no pongas tu seguridad en los bienes, sino en el amor de Dios; no busques poseer, sino servir; no acumules tesoros que mueren, sino obras que permanecen.
Pensar, Sentir y Actuar
La vida no vale por lo que tenemos, sino por el amor que entregamos; pensemos hoy en todo lo que acumulamos sin necesidad y reconozcamos que lo más grande que poseemos es la fe. Sintamos la alegría de sabernos amados y cuidados por Dios, que nunca falla a sus promesas y que multiplica lo poco cuando se comparte con amor. Actuemos con generosidad concreta: compartamos algo material o nuestro tiempo con quien lo necesite, y sembremos esperanza en lugar de acumular seguridades vacías; así haremos de nuestra vida un tesoro que ningún ladrón podrá robar, porque está guardado en el corazón de Dios.
Oración
final:
Señor Jesús, enséñanos a buscar la riqueza que no se corrompe: la fe, la
esperanza y el amor. Líbranos de la codicia que endurece el corazón y haznos
generosos en el servicio. Por intercesión de Santa María Bertila Boscardin,
concédenos vivir con humildad, servir con alegría y confiar siempre en tu
divina providencia. Amén.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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