Jueves
20 de noviembre de 2025 – Semana XXXIII del Tiempo Ordinario
Lecturas: 1 Mac 2, 15-29; Salmo 49; Lc 19, 41-44
Memoria de los Santos Octavio, Solutor y Adventor, mártires de la Legión
Tebana
Reconocer la visita de Dios: fidelidad, memoria y esperanza en el final del año litúrgico
La liturgia de este día nos coloca frente a un horizonte exigente y, al mismo tiempo, profundamente esperanzador. El año litúrgico se acerca a su final, y la Palabra de Dios se vuelve más clara, más directa, más luminosa. No para asustarnos, sino para despertarnos. En estos últimos días del ciclo, la Iglesia nos invita a revisar el corazón y volver a lo esencial: la fidelidad a Dios y el reconocimiento de su presencia en nuestra historia personal y comunitaria.
El Primer Libro de los Macabeos nos presenta una escena de enorme fuerza espiritual. Matatías y sus hijos enfrentan una orden injusta que pretende borrar la identidad del pueblo creyente. Frente a esa presión, Matatías pronuncia una frase que atraviesa los siglos: “Aunque todos los pueblos obedezcan al rey… yo y mis hijos seguiremos la alianza de nuestros padres.” No se trata de rebeldía, sino de fidelidad. El pueblo de Israel resiste, no por orgullo, sino porque sabe que sin Dios pierde su alma.
Los Macabeos nos recuerdan que la fe necesita memoria, raíces, convicciones firmes. Cuando una comunidad olvida lo que Dios ha hecho por ella, cuando se acomoda o renuncia a sus principios para ganar tranquilidad, pierde su libertad interior. En cambio, quien se mantiene fiel a Dios, incluso en tiempos adversos, descubre una fuerza que no depende de armas ni de poder, sino de la verdad que habita en lo profundo del corazón.
El Salmo 49 nos ofrece el equilibrio perfecto: “Dios salva al que cumple su voluntad.” No habla de un Dios que demanda ritos vacíos, sino de un Padre que desea sinceridad, coherencia, transparencia de vida. Cumplir la voluntad de Dios no significa encadenarse a normas, sino caminar en la luz, dejar que la vida se alinee con lo que es justo, bueno y verdadero. La obediencia, entendida en su sentido bíblico, es una forma de libertad: es elegir cada día lo que conduce a la vida.
El Evangelio según san Lucas nos muestra uno de los momentos más conmovedores del Señor: Jesús llora sobre Jerusalén. Llora no por debilidad, sino por amor. Llora porque su pueblo no supo reconocer la visita de Dios. Llora por las oportunidades perdidas, por las puertas que se cerraron, por la paz que estuvo al alcance y no se abrazó. Estas lágrimas, sin embargo, no son un signo de derrota: son un llamado a despertar, a mirar la vida con más profundidad, a no dejar pasar la gracia cuando llega.
Y no podemos olvidar que hoy recordamos a los santos Octavio, Solutor y Adventor, soldados de la famosa Legión Tebana, hombres que, en medio de la disciplina militar, descubrieron que la fidelidad a Cristo es más fuerte que cualquier orden humana. Fueron fieles hasta el martirio. Su memoria nos enseña que la valentía cristiana no consiste en dominar, sino en permanecer firmes en el bien, incluso cuando eso tiene un costo.
La Palabra de hoy nos invita a preguntarnos: ¿estamos reconociendo las visitas de Dios? Dios pasa en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra, en cada pobre que se acerca, en el acontecimiento inesperado que nos cuestiona. Pero pasa con suavidad, sin ruidos. Solo lo descubre quien tiene los ojos del alma despiertos.
El
mensaje que la Iglesia nos regala hoy es profundamente esperanzador:
Dios sigue visitando a su pueblo. Dios sigue confiando en nosotros. Dios sigue
abriendo caminos de paz que esperan ser reconocidos.
Si volvemos a nuestras raíces como los Macabeos, si cumplimos la voluntad de Dios con un corazón sincero como enseña el Salmo, si dejamos que las lágrimas de Jesús despierten nuestra conciencia, entonces podremos construir un futuro distinto: un futuro más fiel, más luminoso, más humano y más cristiano.
Que la intercesión de los mártires de la Legión Tebana nos ayude a permanecer firmes. Que el Señor nos conceda reconocer sus visitas y acoger su paz. Y que esta esperanza, lejos de ser un deseo abstracto, se vuelva decisión diaria, compromiso, conversión, alegría compartida.
Ahí comienza siempre el futuro que Dios sueña para nosotros.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial
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