Lunes
26 de enero de 2026
Santos Timoteo y Tito, obispos – Memoria obligatoria
III Semana del Tiempo Ordinario
Reavivar el don de la fe: esperanza y fidelidad apostólica en la Iglesia de hoy
La liturgia de este lunes nos introduce en una jornada de profunda densidad espiritual y eclesial. Al celebrar la memoria obligatoria de San Timoteo y San Tito, la Iglesia nos invita a contemplar la transmisión viva de la fe, el valor de la fidelidad apostólica y la esperanza que brota cuando el Evangelio es custodiado y anunciado con valentía, aun en medio de incomprensiones y conflictos.
No es una memoria del pasado. Es una llamada actual, dirigida a la Iglesia de hoy, a nuestras parroquias, familias y comunidades, para renovar la conciencia de que la fe recibida es un don que debe ser cuidado, defendido y entregado con amor.
Timoteo y Tito: hijos en la fe y pastores para el futuro
Timoteo y Tito no fueron simples colaboradores de san Pablo. Fueron verdaderos hijos espirituales, formados en la escucha de la Palabra, en la corrección fraterna y en la entrega pastoral. A ellos el Apóstol confió comunidades frágiles, jóvenes en la fe, marcadas por tensiones internas y presiones externas.
La Tradición de la Iglesia ha visto en ellos el modelo del obispo como garante de la fe apostólica, no como dueño de la comunidad, sino como servidor de la verdad recibida. Los Padres de la Iglesia subrayaron que su autoridad nacía de la fidelidad al Evangelio y de la comunión con la Iglesia, no de la fuerza ni del prestigio humano.
“Reaviva el don de Dios que hay en ti” (2 Tim 1,6)
La segunda carta a Timoteo es uno de los textos más conmovedores del Nuevo Testamento. Escrita en un contexto de prueba, probablemente desde la prisión, san Pablo no se lamenta ni se repliega. Exhorta. Anima. Espera.
El núcleo del pasaje proclamado hoy es claro: la fe es un don recibido, pero debe ser reavivado constantemente. No se trata de una fe heredada de manera pasiva, sino de una fe que necesita decisión, memoria agradecida y valentía.
“El Espíritu que Dios nos ha dado no es de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de dominio propio”. Aquí se encuentra una clave pastoral decisiva para nuestro tiempo. Frente al miedo, al cansancio o a la tentación de silenciar la fe, la Palabra recuerda que el cristiano no actúa desde sus propias fuerzas, sino desde el Espíritu recibido.
Esta exhortación vale hoy para los pastores, para los agentes de pastoral, para las familias cristianas y para cada bautizado: no avergonzarse del testimonio, no diluir la verdad, no apagar el fuego interior.
“Cantemos la grandeza del Señor” (Salmo 95)
El salmo responsorial amplía el horizonte. La fe no se vive encerrada ni a la defensiva. Es anuncio gozoso. Es canto. Es misión.
“Proclamad su gloria a todas las naciones”. La alabanza auténtica no se reduce al templo. Se convierte en testimonio público de la grandeza de Dios. Cuando una comunidad canta la grandeza del Señor con su vida, se transforma en signo de esperanza para el mundo.
Aquí la liturgia une contemplación y misión: quien reconoce la grandeza de Dios no puede callar lo que ha visto y oído.
Jesús y la claridad del bien: el Evangelio según san Marcos (3,22-30)
El Evangelio nos sitúa ante una escena dura y reveladora. Jesús es acusado de actuar por el poder del mal. La incomprensión llega a su punto más alto: llamar tinieblas a la luz, confundir el bien con el mal.
Jesús responde con serenidad y firmeza. El mal se destruye a sí mismo. El bien, en cambio, construye, libera y devuelve la vida. La advertencia sobre el pecado contra el Espíritu Santo no es una amenaza arbitraria, sino una llamada a no cerrar el corazón a la verdad cuando esta se hace evidente.
Desde una lectura pastoral, este texto ilumina nuestro tiempo. Cuando se pierde el discernimiento, cuando se relativiza la verdad, cuando se acusa al bien de ser mal, la persona y la sociedad entran en una grave confusión espiritual.
La esperanza cristiana no consiste en negar el conflicto, sino en confiar en que la verdad de Dios es más fuerte que toda calumnia, y que el Espíritu sigue actuando en la Iglesia, aunque sea rechazado por algunos.
Una Iglesia que custodia, discierne y anuncia
La memoria de Timoteo y Tito, unida a las lecturas de hoy, dibuja el rostro de una Iglesia fiel a su misión: custodiar el depósito de la fe, discernir con sabiduría y anunciar con valentía.
No se trata de una Iglesia nostálgica ni temerosa, sino de una Iglesia que mira al futuro con esperanza, sabiendo que el mismo Espíritu que sostuvo a los primeros pastores sigue animando hoy a las comunidades cristianas.
En este lunes del Tiempo Ordinario, la Palabra nos recuerda que la santidad se construye en la fidelidad cotidiana, en la claridad del testimonio y en la confianza serena en la acción de Dios.
Que el ejemplo de los santos Timoteo y Tito nos anime a reavivar el don recibido, a cantar con la vida la grandeza del Señor y a permanecer firmes en la verdad que libera y salva.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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