27
OCT
2025

Quinta vía: El orden del universo



Quinta vía: El orden del universo

La huella de la inteligencia divina en la creación

En su quinta y última vía, Santo Tomás de Aquino contempla la realidad no solo desde su movimiento, su causa o su grado de perfección, sino desde su orden y finalidad. Observa que el universo no es un caos, sino un conjunto armónico de leyes, relaciones y propósitos. Todo en la naturaleza actúa de un modo que tiende a un fin, aunque muchas cosas carecen de inteligencia propia. Esa dirección no puede ser fruto del azar. Por eso, Santo Tomás concluye que debe existir una Inteligencia ordenadora, una Mente suprema que guía todas las cosas hacia su propósito. Y a esa inteligencia suprema llamamos Dios.

1. El mundo no es un caos

Al mirar el universo, desde el curso de las estrellas hasta el crecimiento de una flor, descubrimos un orden admirable. Todo sigue leyes precisas: la gravedad mantiene los planetas en órbita, la célula obedece códigos genéticos, los ecosistemas se equilibran con sabiduría.
Nada de esto es casual. Incluso las cosas que no tienen razón ni libertad —como las piedras, el agua o las plantas— actúan de modo constante y orientado a un fin.
Santo Tomás lo expresa así:

“Vemos que las cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin... Luego existe un ser inteligente que las dirige a su fin, y a éste llamamos Dios.” (Suma Teológica, I, q.2, a.3)

2. El fin como signo de una mente ordenadora

El Aquinate observa que no puede haber finalidad sin inteligencia. Cuando una flecha alcanza el blanco, es porque alguien la ha disparado. Cuando un reloj marca la hora, es porque alguien lo diseñó.
De igual modo, el orden del universo —infinitamente más complejo y perfecto que cualquier mecanismo humano— exige un ordenador supremo. Nada puede orientarse hacia un fin si no hay una mente que lo dirija o una naturaleza creada con esa orientación.

Por eso, Dios no solo es Causa Primera, sino Inteligencia suprema, Sabiduría creadora, el Logos que da sentido a todo.

3. El lenguaje de la ciencia y el lenguaje de la fe

La ciencia moderna, lejos de contradecir esta vía, la refuerza. Cada descubrimiento revela leyes matemáticas, proporciones exactas y relaciones de causa y efecto que asombran por su precisión.
Como escribió el físico Albert Einstein:

“Lo más incomprensible del universo es que sea comprensible.”
Esa comprensibilidad es precisamente el reflejo de una razón divina inscrita en la creación.
El cristiano, al estudiar la ciencia, no ve una amenaza a la fe, sino una oportunidad para admirar más profundamente la inteligencia del Creador. La fe no se opone al conocimiento: lo eleva hacia su fuente.

4. La creación habla de su Autor

El salmista lo había expresado mucho antes de Santo Tomás:

“Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Sal 19,2).
El orden del universo es un lenguaje silencioso que nos habla del Creador. Cada ley natural, cada átomo y cada estrella son notas en una sinfonía que revela la sabiduría de Dios.
No hay casualidad donde hay armonía. No hay azar donde hay belleza y propósito. Lo creado apunta siempre a su Creador.

5. El orden interior de la vida humana

La quinta vía no solo se aplica al cosmos, sino también al interior del corazón humano. Cuando vivimos según el orden del bien, experimentamos paz; cuando rompemos ese orden, sentimos desorientación.
Dios, que ordena el universo exterior, también ordena el universo interior del alma. En Él encontramos el fin y la plenitud para los cuales fuimos creados.
Como decía San Juan Pablo II:

“El hombre encuentra su verdadera identidad solo en la entrega sincera de sí mismo a Dios y a los demás.”

Pensar

El orden del universo y la finalidad de todas las cosas no son fruto del azar. Revelan la presencia de una inteligencia suprema: Dios, sabiduría eterna y creadora.

Sentir

Contempla el mundo con asombro y gratitud. En cada detalle de la naturaleza, en cada ley del cosmos, late el amor inteligente de Dios que lo sostiene todo.

Actuar

Haz de tu vida un reflejo del orden divino: vive con armonía interior, con propósito, buscando siempre el bien y la verdad.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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