Lunes
22 de diciembre de 2025
Semana IV de Adviento
Mi corazón se alegra en Dios, mi Salvador
Entramos en los últimos días del Adviento. El tiempo ya no es de grandes anuncios, sino de silencios fecundos. La Iglesia nos invita a contemplar cómo Dios actúa cuando el corazón humano se abandona con confianza. Las lecturas de hoy, unidas por un mismo hilo espiritual, nos enseñan que la verdadera esperanza nace cuando se ofrece la vida entera al Señor y se confía en su fidelidad.
1. Ana: la fe que cumple lo prometido (1 Samuel 1, 24-28)
Ana aparece hoy como una mujer discreta y profundamente creyente. Después de haber suplicado un hijo entre lágrimas, no se aferra al don recibido, sino que lo devuelve a Dios. Samuel no es posesión de su madre; es respuesta a una promesa. En un mundo marcado por el control, Ana nos recuerda una verdad esencial: lo que Dios nos concede no es para retenerlo egoístamente, sino para ofrecerlo con libertad.
Aquí hay una enseñanza pastoral decisiva: la fe madura no se mide por lo que pedimos, sino por lo que estamos dispuestos a entregar. Ana no pierde a su hijo; lo confía al Dios que nunca falla. Y en ese acto nace una esperanza que no depende de seguridades humanas, sino de la fidelidad divina.
2. El cántico de la humildad exaltada (1 Samuel 2, 1.4-5.6-7.8)
El salmo responsorial pone en nuestros labios el canto de Ana, que no es grito de triunfo personal, sino proclamación de la justicia de Dios. Él derriba a los poderosos y levanta a los humildes; sacia al hambriento y deja vacío al autosuficiente. No es ideología ni revancha social: es revelación del modo de actuar de Dios en la historia.
Este cántico educa el corazón del creyente. Nos enseña a alegrarnos no por lo que tenemos, sino por quién es Dios. La esperanza cristiana no es ingenua: sabe que el mundo está herido, pero confía en que Dios sigue escribiendo la historia con justicia y misericordia.
3. El Magníficat: la esperanza que canta (Lucas 1, 46-56)
El Evangelio nos conduce al corazón del Adviento: el cántico de la Santísima Virgen María. El Magníficat no es una improvisación emotiva; es una confesión de fe sólida, tejida con la Palabra de Dios y con la historia de su pueblo. María canta porque ha creído. No canta después de ver todo resuelto, sino en medio del camino.
María reconoce que Dios mira la pequeñez y actúa con poder. En ella se cumple lo que Ana había anunciado siglos antes. La Tradición de la Iglesia ha visto siempre en el Magníficat un programa de vida cristiana: humildad, confianza y esperanza activa. María no huye del mundo; lo entrega a Dios desde dentro.
En este final del Adviento, María nos enseña que la esperanza no es esperar pasivamente, sino ponerse en camino, como ella lo hizo hacia la casa de Isabel, llevando a Cristo en su seno.
4. Santa Francisca Javier Cabrini: esperanza en acción
La memoria de Santa Francisca Javier Cabrini ilumina aún más la Palabra de hoy. Mujer frágil de salud, pero inmensa en fe, fue enviada donde nadie quería ir. Migrantes, pobres, enfermos: allí llevó el amor de Cristo. No esperó contextos ideales. Vivió la esperanza como misión concreta, especialmente en medio de la precariedad y el sufrimiento.
Su vida nos recuerda que la fe verdadera siempre se traduce en obras de caridad y justicia. La esperanza cristiana no se queda en palabras piadosas; se hace servicio silencioso y perseverante.
5. Una esperanza para los cristianos en contextos de conflicto
La intención de oración del Santo Padre para este mes encuentra hoy un eco profundo. En contextos de guerra, persecución o violencia, la fe puede parecer frágil. Sin embargo, la Palabra de hoy proclama que Dios no abandona a los pequeños. Como Ana, como María, como Santa Francisca Cabrini, los cristianos están llamados a confiar incluso cuando el futuro parece incierto.
La esperanza cristiana no niega el dolor, pero lo atraviesa con la certeza de que Dios sigue actuando. Él levanta, sostiene y da sentido incluso en medio de la prueba.
Mirando hacia el futuro
A pocos días de la Navidad, la Iglesia nos invita a preparar el corazón con una esperanza sobria y firme. Dios no llega con estruendo, sino en la fidelidad silenciosa de quienes confían en Él. Quien aprende a cantar el Magníficat en medio de la vida cotidiana descubre que el futuro no está en manos del miedo, sino en las manos de Dios.
Que en este día sepamos, como Ana, entregar; como María, creer; y como Santa Francisca Javier Cabrini, servir. Así, la esperanza no será una idea, sino una vida ofrecida.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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