Primera vía: El movimiento
Todo lo que se mueve es movido por otro — Camino hacia el Primer Motor
Santo Tomás de Aquino inicia sus demostraciones de la existencia de Dios con la llamada “vía del movimiento”, la más conocida y la más intuitiva. Es la primera puerta hacia el misterio del Ser que da origen a todo. A través de esta vía, el Aquinate nos invita a mirar el mundo con los ojos del asombro y la razón: todo se mueve, cambia y se transforma, pero nada se mueve por sí mismo. Si seguimos esta cadena de movimientos, llegamos necesariamente a un “Primer Motor”, que no es movido por nadie, y que es causa de todo movimiento: Dios.
1. El punto de partida: el movimiento visible
Santo
Tomás parte de un hecho que cualquiera puede observar: en el universo todo se
encuentra en cambio constante. Las estaciones se suceden, el fuego calienta,
las estrellas giran, los cuerpos crecen, las emociones cambian, el tiempo
avanza. Todo cuanto existe, en algún modo, se mueve o se transforma.
Ahora bien, ese movimiento no puede ser su propia causa, porque lo que está en
potencia —por ejemplo, una semilla que puede llegar a ser árbol— necesita de
algo en acto —como el sol, el agua o la tierra— que la haga crecer. Lo que no
está en acto no puede pasar a acto por sí solo.
2. Nada se mueve por sí mismo
Si
observamos la realidad, cada movimiento depende de otro: la pelota se mueve
porque alguien la impulsa; el reloj gira porque alguien le dio cuerda; el
corazón late porque fue formado por una causa anterior. No podemos seguir
retrocediendo indefinidamente en esta cadena de movimientos, porque entonces nunca
habría comenzado nada.
Por eso, debe existir un primer principio del movimiento, algo o alguien
que no sea movido por otro, pero que dé inicio a todo movimiento. Santo Tomás
concluye:
“Y esto es lo que todos entienden por Dios.” (Suma Teológica, I, q.2, a.3).
3. El Primer Motor Inmóvil
Este
“Primer Motor” no es una fuerza física, sino un Ser que es Acto Puro, es
decir, que posee la plenitud del ser, sin mezcla de potencia ni de cambio. En
Él no hay comienzo ni movimiento alguno, porque es la fuente inmóvil de toda
energía, de toda vida y de todo ser.
Dios no empuja desde fuera, sino que sostiene desde dentro toda la
creación, dándole orden y continuidad. Su acción no es violenta ni mecánica,
sino amorosa: mueve como el amado mueve al amante, atrayendo con su perfección.
4. Actualidad del argumento
La
ciencia moderna, aunque usa otro lenguaje, confirma la intuición de Santo
Tomás: el universo está en expansión, tuvo un comienzo y obedece leyes
precisas. El llamado “Big Bang”, lejos de negar a Dios, sugiere que hubo un
inicio absoluto, una causa primera.
El sacerdote y físico Georges Lemaître, descubridor de esa teoría, decía:
“El
comienzo del universo no es el comienzo de Dios. Es simplemente el acto creador
en el tiempo.”
De este modo, la fe y la ciencia se encuentran: el creyente reconoce en el
movimiento del cosmos la huella del Motor eterno, que no se agota ni
cambia.
5. El Dios que da movimiento a la vida
El Primer Motor no solo mueve las galaxias, sino también los corazones. Dios pone en movimiento interior nuestra fe, nuestras decisiones y nuestra esperanza. Como enseña san Pablo:
“En
Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28).
Dios no empuja desde fuera: habita en nosotros y nos impulsa desde dentro
hacia el bien y la verdad.
Cada conversión, cada gesto de amor, cada despertar del alma es un eco del
primer movimiento divino: el amor de Dios que nos busca.
Pensar
Nada se mueve sin causa. El movimiento del universo y de la vida apunta a un principio primero, inmóvil y eterno: Dios, fuente de todo ser y de todo amor.
Sentir
Deja que el amor de Dios sea el motor de tu vida. Permite que su gracia te mueva cada día a obrar el bien y a buscar lo eterno.
Actuar
Haz una pausa en tu rutina. Contempla un amanecer, una flor que se abre, un niño que crece… y di: “Señor, Tú eres el que hace moverse la vida; muéveme a Ti”.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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