Primer Domingo de Adviento: Encendemos la Luz de la Esperanza
El año litúrgico abre sus puertas con una escena sencilla y, a la vez, profundamente transformadora: una familia reunida encendiendo una vela. El Primer Domingo de Adviento nos invita a comenzar otra vez, a renovar la mirada, a despertar el corazón y a dejar que la esperanza vuelva a respirar dentro de nosotros.
La Iglesia, con la sabiduría de los siglos, inicia este tiempo recordándonos que la espera cristiana no es una espera vacía. Esperamos a Alguien, no a algo. Esperamos al Señor que vino, viene y vendrá. Por eso Jesús nos llama a la vigilancia: a no vivir distraídos, a no acostumbrarnos a la oscuridad del mundo, a mantener la lámpara encendida. La esperanza se fortalece cuando la vida se orienta hacia Él.
La primera llama del Adviento: la Esperanza
Hoy encendemos la primera vela de la corona de Adviento, la vela de la Esperanza. Su luz suave rompe la penumbra y anuncia lo que viene: un Dios que no se cansa de buscarnos, un Salvador que no llega con estruendo, sino en la humildad de un Niño. Esa llama —pequeña, humilde, vulnerable— es anticipo de la victoria de la luz sobre toda sombra.
Invitamos a todas las familias a acercarse al templo para la bendición de sus coronas de Adviento. Bajo la bendición de la Iglesia, la corona se convierte en un pequeño altar doméstico que acompaña las noches, las conversaciones y las oraciones del hogar durante estas cuatro semanas. Allí, en la mesa familiar, la esperanza encuentra un lugar donde vivir.
El Belén y el árbol: pedagogía silenciosa del corazón
En este primer domingo también animamos a comenzar el Belén. Colocar hoy las figuras de la Santísima Virgen María y de San José, dejando el espacio vacío para el Niño, es un gesto profundamente espiritual. Ese lugar vacío nos recuerda el deseo más hondo del Adviento: el corazón que espera a su Señor.
El árbol de Navidad, sencillo y luminoso, también puede iniciar su camino. Sus luces cálidas anuncian desde ahora lo que celebramos: Dios viene a darnos vida. Cada luz encendida puede ser una oración por la familia, por los enfermos, por la paz, por la fe, por la reconciliación.
Mirar hacia Belén y hacia lo alto
La
esperanza cristiana mira en dos direcciones:
– hacia Belén, hacia el Dios que se encarna en nuestra historia;
– y hacia la segunda Venida, cuando Cristo glorioso renovará todas las
cosas.
Ambas realidades alimentan nuestra fe. Vivir el Adviento es vivir con la certeza de que Dios conduce la historia y que nada escapa de sus manos.
Y desde este primer domingo recordamos una tradición hermosa que viviremos con mucha alegría: el 24 de diciembre, cada familia traerá al templo su imagen del Niño Jesús para la bendición y la procesión, acompañados con una vela encendida. Ese gesto, tan sencillo como profundo, simboliza nuestro deseo de que Cristo nazca nuevamente en nuestro hogar y en nuestra vida.
Oración para el encendido familiar de la primera vela de Adviento (La vela de la Esperanza)
Un miembro de la familia prende la vela mientras todos permanecen de pie o sentados alrededor de la corona.
Señor
Jesús,
hoy encendemos esta primera vela del Adviento,
la vela de la Esperanza.
En medio de nuestras luchas, cansancios y temores,
tu luz nos recuerda que no estamos solos.
Tú vienes a nuestro encuentro,
vienes a iluminar nuestras sombras,
vienes a renovar nuestra fe.
Te
pedimos que esta llama encendida en nuestro hogar
encienda también nuestro corazón.
Haznos vigilantes, humildes y confiados.
Que aprendamos a esperar como esperó la Santísima Virgen María,
con el corazón abierto y la vida dispuesta.
Bendice,
Señor, nuestra familia,
bendice esta corona
y bendice el camino que hoy comenzamos.
Que esta luz sea el signo de nuestra esperanza firme en ti.
Ven, Señor Jesús. Ven y renueva nuestra vida.
Amén.
Que este Primer Domingo de Adviento marque un inicio distinto, profundo y lleno de sentido. Que la esperanza —esa que sólo Dios puede dar— ilumine tu semana y prepare tu corazón para la venida del Salvador.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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