¿Por qué hablar hoy de Dios?
La necesidad de redescubrir el sentido de la fe en una cultura secularizada
Vivimos en una época paradójica: nunca antes el ser humano tuvo tanto conocimiento científico, tantas tecnologías, tantos medios de comunicación… y, sin embargo, rara vez se sintió tan vacío y confundido. En medio del ruido del mundo moderno, muchos se preguntan —quizás sin decirlo en voz alta— si Dios todavía tiene algo que decirnos. Hablar hoy de Dios no es un lujo del pasado ni una curiosidad teológica: es una urgencia espiritual y humana.
1. El silencio sobre Dios
Nuestra cultura, marcada por el consumo y el individualismo, ha ido relegando a Dios a la esfera de lo privado, como si fuera una opción sentimental. En muchos ambientes, el nombre de Dios se evita, y la fe se reduce a un gesto íntimo, sin incidencia en la vida pública. Sin embargo, cuando el hombre se aleja de Dios, no se libera: se empobrece, porque pierde el sentido último de su existencia. Como advirtió el Concilio Vaticano II, “la criatura sin su Creador desaparece” (Gaudium et spes, 36).
Hablar de Dios hoy significa devolver al ser humano su dignidad y su esperanza. No se trata de imponer una creencia, sino de recordar que la vida tiene un origen, un propósito y un destino en el Amor.
2. Dios, pregunta permanente del corazón humano
A pesar de la indiferencia de muchos, la sed de Dios no ha desaparecido. El corazón humano sigue preguntando: “¿Por qué existo? ¿Para qué vivo? ¿Qué hay después de la muerte?” Esas preguntas no las responde ni la ciencia ni la técnica, porque pertenecen al ámbito más profundo del alma. San Agustín lo expresó con palabras inmortales:
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.” (Confesiones, I, 1).
La fe no nace del miedo ni de la ignorancia, sino del encuentro con el sentido. Creer en Dios es reconocer que la vida no es fruto del azar, sino un don que pide respuesta. Hablar hoy de Dios es invitar al hombre moderno a reencontrarse con esa voz interior que le dice: “Tú no estás solo”.
3. Una fe que ilumina y humaniza
Cuando la fe se apaga, la sociedad se oscurece. La pérdida del sentido de Dios conduce inevitablemente a la pérdida del sentido del hombre. Benedicto XVI lo señaló con claridad:
“Donde
se elimina a Dios, el hombre queda reducido a un producto casual de la
evolución, sin un destino eterno.”
Hablar de Dios hoy es, por tanto, hablar del ser humano, de su dignidad,
de su vocación a la verdad, al bien y a la belleza. No hay auténtico progreso
sin una referencia a la Verdad que no cambia: Dios mismo.
4. Evangelizar la cultura
El
desafío actual no es solo predicar en los templos, sino evangelizar la
cultura, es decir, los modos de pensar, de sentir y de vivir. La Iglesia
está llamada a estar presente en las redes, en la ciencia, en la política, en
el arte y en la educación con la luz del Evangelio. No se trata de volver al
pasado, sino de reavivar la esperanza en medio del presente.
Hablar hoy de Dios es ofrecer a un mundo cansado la posibilidad de un nuevo
comienzo. Es decirle al hombre moderno: “No temas creer”.
Pensar
Sin Dios, el hombre pierde su centro y su horizonte. La fe no se opone a la razón: la eleva y le da sentido.
Sentir
Redescubre en tu corazón la presencia amorosa de Dios que te busca y te llama por tu nombre. No estás solo.
Actuar
Habla hoy de Dios con tu vida: con un gesto de bondad, una palabra de esperanza o una oración compartida. Sé un testigo sereno en medio del ruido del mundo.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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