¿Por qué existe el mal?
La gran objeción y el camino cristiano para comprenderlo
De
todas las preguntas que desafían la fe, ninguna pesa tanto como esta:
Si Dios es bueno y todopoderoso, ¿por qué existe el mal?
La experiencia del dolor, la injusticia, la enfermedad y la muerte parece
contradecir la idea de un Dios amoroso. Esta es la objeción más antigua y más
profunda de la humanidad. Pero la fe no huye de esta pregunta: la mira de
frente, la acoge y la ilumina. La existencia del mal no es una negación de
Dios, sino un misterio que revela la gravedad de la libertad humana, la
fragilidad de la creación y, sobre todo, el poder del amor redentor de Cristo.
1. El mal no viene de Dios
Dios
no creó el mal ni lo desea.
La Escritura es clara:
“Todo
lo que Dios hizo era muy bueno” (Gn 1,31).
El mal no pertenece a la estructura de la creación.
Es una privación, una ausencia del bien que debería estar.
Dios no es autor del mal, pero permite su existencia para respetar la libertad de
sus criaturas y para sacar de él un bien mayor.
2. El mal moral: fruto de la libertad humana
La
mayor parte del sufrimiento en el mundo proviene del mal moral:
la injusticia, la violencia, la corrupción, la traición, el abuso, la guerra.
Este mal nace cuando el ser humano usa su libertad contra el bien.
Dios quiso criaturas libres para que pudieran amar de verdad, pero esa libertad
también puede desviarse.
Sin libertad, no habría amor; con libertad, existe la posibilidad del mal.
3. El mal físico: límite de la creación
En
un mundo finito, frágil y en evolución, existen enfermedades, desastres
naturales y dolor.
No es castigo divino, sino el modo en que funciona una creación en camino.
La fe enseña que el mundo “gime con dolores de parto” (Rm 8,22), esperando su
plena redención.
La creación no está terminada: Dios la conduce hacia su plenitud.
4. ¿Por qué Dios permite el mal?
La
pregunta permanece abierta, pero la fe ofrece una luz decisiva:
Dios no permite ningún mal del cual no pueda sacar un bien mayor.
Esta verdad, confirmada por la vida de los santos y por innumerables
testimonios, muestra que incluso el dolor puede convertirse en camino de crecimiento,
de purificación, de solidaridad, de esperanza.
No se trata de justificar el mal, sino de afirmar que Dios nunca es vencido por
él.
5. Cristo: la respuesta definitiva al problema del mal
La
filosofía puede analizar el mal, pero solo Cristo lo vence.
Él asumió el sufrimiento humano, cargó el pecado del mundo y lo derrotó en la
cruz.
En Jesús, Dios no explica el mal: lo redime.
La cruz es la respuesta más profunda:
Dios no se mantiene lejos del dolor; lo habita y lo transforma desde dentro.
La resurrección revela que el amor es más fuerte que el mal y que la última
palabra nunca será el sufrimiento, sino la vida eterna.
6. La Iglesia, acompañante en el dolor
Dios
no abandona al que sufre, y la Iglesia tampoco.
A través de la caridad, los sacramentos, la oración y la presencia pastoral, la
comunidad cristiana se convierte en signo del amor de Dios en medio del mal.
El sufrimiento compartido se vuelve más llevadero y, muchas veces, camino de
conversión.
Pensar
El mal no es obra de Dios. Surge de la libertad humana y de la fragilidad de la creación. La fe ilumina este misterio mostrando que Dios es capaz de transformar el mal en ocasión de salvación.
Sentir
Presenta a Dios tus heridas, tus pérdidas, tus preguntas. Permite que Cristo, que conoció el dolor, toque tu corazón con su consuelo y su paz.
Actuar
Sé presencia de bien donde haya mal: perdona, ayuda, consuela, construye justicia. Deja que el amor de Cristo te haga instrumento de luz en medio del sufrimiento del mundo.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
Página web desarrollada con el sistema de Ecclesiared