¿Por qué Dios permite el sufrimiento de los inocentes?
La luz de Cristo en el misterio del dolor
Pocas realidades conmueven tanto el corazón humano como ver sufrir a un inocente: un niño enfermo, un trabajador injustamente castigado, un anciano abandonado, una familia víctima de violencia. Ante estos dolores, surge la pregunta más desgarradora y humana: Si Dios es justo y bueno, ¿cómo puede permitir que sufran quienes no lo merecen? No existe respuesta que elimine por completo el misterio, pero la fe cristiana no evade la pregunta: la ilumina desde el corazón mismo de Dios, revelando que, aunque no queramos el dolor, nunca estamos solos en él.
1. El sufrimiento no proviene de Dios
Dios
no creó el mundo para el dolor.
El sufrimiento no es parte del plan original de Dios, sino consecuencia del
pecado y de la fragilidad de la creación.
El mal moral (la injusticia humana) y el mal físico (la enfermedad, la muerte,
los desastres) no responden a un castigo divino, sino a la condición de un
mundo herido que aún está en camino hacia su plenitud.
2. Dios respeta la libertad humana, incluso cuando duele
Buena
parte del sufrimiento de los inocentes proviene del mal uso de la libertad: guerras,
abusos, violencia doméstica, pobreza impuesta, negligencia.
Si Dios eliminara todas las consecuencias del mal, estaría anulando la libertad
humana.
La libertad es un regalo maravilloso, pero puede ser usada para herir; su
existencia explica muchos dolores de los inocentes.
3. El sufrimiento físico es parte de un mundo todavía incompleto
Vivimos
en una creación que aún no ha llegado a su plenitud.
La enfermedad, el desgaste del cuerpo, los accidentes, son expresión de esa
fragilidad.
Dios no desea estas realidades, pero las permite temporalmente mientras conduce
la historia hacia una nueva creación, donde no habrá llanto ni muerte.
4. Dios no envía el sufrimiento: se hace solidario con él
Esta
es la clave del cristianismo:
Dios no mira el sufrimiento desde lejos.
En Jesucristo, Dios ha querido sufrir con nosotros.
El Hijo de Dios lloró, fue traicionado, golpeado, humillado, injustamente
condenado, y murió inocente.
En la cruz, Cristo cargó con todo el sufrimiento humano para transformarlo
desde dentro.
El dolor ya no es un callejón sin salida: es un lugar donde Dios nos espera.
5. El sufrimiento del inocente tiene un valor redentor en Cristo
Solo
el cristianismo afirma algo tan audaz:
el inocente que sufre, unido a Cristo, participa en la obra de redención.
El dolor no es bueno en sí mismo, pero puede convertirse en amor,
reparación, intercesión y fuente de gracia.
Los santos fueron maestros en este misterio: no buscaron el sufrimiento, pero
lo ofrecieron con Cristo por la salvación del mundo.
6. Dios promete justicia para todos los inocentes
El
sufrimiento del inocente no queda sin respuesta.
Dios hará justicia.
Quizá no en esta vida, donde tantos casos quedan abiertos, pero sí de manera
definitiva en la vida eterna.
La resurrección es la garantía de que la injusticia no triunfará.
Los inocentes no son olvidados por Dios: son sus preferidos.
7. La Iglesia acompaña, consuela y sostiene al que sufre
La
Iglesia no explica el sufrimiento desde la teoría: lo acompaña desde la
caridad.
A través de la oración, los sacramentos, el consuelo espiritual y la ayuda concreta,
la comunidad cristiana es sacramento del amor de Dios para quienes atraviesan
el dolor.
El sufrimiento compartido se vuelve más llevadero y más fecundo.
Pensar
El sufrimiento de los inocentes no niega a Dios: revela la gravedad del mal y la profundidad del amor de Cristo, que se hace solidario con todo dolor humano.
Sentir
Lleva ante Dios tu propio dolor o el de quienes amas. Siente la cercanía del Cristo crucificado, que conoce tu sufrimiento y lo abraza con ternura infinita.
Actuar
Sé consuelo para los que sufren: acompaña, escucha, ayuda, intercede. Haz visible la presencia del Dios que no abandona a sus hijos en el dolor.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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