¿Por qué Dios no se manifiesta de manera más evidente?
La libertad humana y la pedagogía divina
Muchos
se preguntan: Si Dios existe, ¿por qué no se muestra con absoluta claridad?
¿Por qué no aparece en el cielo con señales prodigiosas? ¿Por qué no elimina
toda duda? ¿Por qué permite que algunos vivan como si Él no existiera? A
primera vista, esta aparente “ocultación” de Dios parece un obstáculo para la
fe. Sin embargo, la tradición cristiana y la experiencia espiritual revelan lo
contrario: Dios se manifiesta precisamente de la manera que hace posible la
libertad, el amor y el crecimiento interior. Si Dios se impusiera con
evidencia absoluta, el hombre no podría elegir; solo obedecería por necesidad.
Dios quiere hijos libres, no esclavos del asombro.
1. Una manifestación absoluta anularía la libertad
Si
Dios se mostrara de forma irresistible, como un fenómeno indiscutible, el ser
humano quedaría abrumado.
La libertad interior desaparecería y la fe sería sustituida por una simple
reacción instintiva.
Dios no quiere adhesión forzada; quiere una respuesta libre de amor.
Por eso se revela de manera suficiente, pero no aplastante:
lo bastante clara para quien busca,
lo bastante discreta para no violentar a quien se resiste.
2. Dios habla, pero no grita
La
revelación divina no es un espectáculo, sino un diálogo.
Dios se manifiesta en la creación, en la conciencia, en la historia, en las
Escrituras, en Cristo y en la Iglesia.
Pero lo hace con un estilo propio:
humilde, sencillo, respetuoso del ritmo humano.
A menudo, su presencia se percibe mejor en el silencio, en la oración, en la
belleza, en la caridad, en las pequeñas luces cotidianas.
Dios no se esconde por ausencia, sino por delicadeza.
3. La pedagogía divina: Dios educa el corazón
Dios
se revela de manera gradual, como un maestro paciente.
Primero despierta las preguntas, luego abre caminos, y finalmente se da a
conocer.
Esta pedagogía forma el corazón, purifica la búsqueda, fortalece la libertad y
madura la fe.
Si Dios se mostrara de golpe, el alma quedaría sin posibilidad de crecer;
pero al revelarse progresivamente, el creyente se convierte en discípulo.
4. Cristo es la manifestación plena de Dios
Dios
sí se manifestó con rostro y voz:
Jesucristo es la manifestación visible del Dios invisible (cf. Col
1,15).
En Él, Dios habló, caminó, sanó, perdonó, amó.
La encarnación es la respuesta definitiva a la aparente ausencia de Dios.
Quien quiere ver a Dios solo debe mirar a Cristo.
No hay revelación mayor que un Dios que se hace hombre y entrega su vida por
amor.
5. La fe es un encuentro, no un experimento
Dios
no se deja reducir a objeto de laboratorio.
No responde a pruebas humanas ni se somete a condiciones.
La fe no es un experimento científico, sino un encuentro personal.
Por eso, Dios se acerca a la libertad, a la confianza y al amor, no a la
imposición.
La fe nace cuando un corazón sincero responde a la presencia discreta pero real
del Dios vivo.
6. El que busca con sinceridad, encuentra
La Escritura lo asegura:
“El
que busca, encuentra; al que llama, se le abre” (Mt 7,8).
Dios nunca se oculta a quien lo busca con verdad.
Su presencia se revela a los humildes, a los limpios de corazón, a los que
perseveran.
No se trata de ver más, sino de abrir el alma.
La fe no es oscuridad: es una luz suave que ilumina desde dentro.
Pensar
Dios no se impone con evidencia porque respeta profundamente la libertad humana. Se revela lo suficiente para quien quiere creer y con discreción para no obligar a nadie.
Sentir
Percibe a Dios en lo sencillo: en la oración, en la paz interior, en la belleza, en el bien. Su presencia es real, aunque no siempre espectacular.
Actuar
Abre tu corazón a la búsqueda: ora, medita la Palabra, dialoga con Dios. Quien se dispone sinceramente a encontrarlo, lo encontrará.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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