POEMAS A MI PADRE
1
A ti, mi padre
A ti,
mi padre, que en silencio enseñas,
con manos firmes y mirada serena,
que el amor no siempre grita, pero cuida,
y el deber, aunque pese, dignifica.
Tu
paso dejó huella en mi camino,
como estrella escondida tras la bruma,
faro fiel en los días de tormenta,
muralla en los inviernos de mi alma.
No
llevas capa, ni corona altiva,
pero eres rey de un reino: nuestro hogar,
y en tus rodillas vi crecer la vida,
y en tu sudor, el pan que hoy puedo dar.
Te vi
doblar tus manos ante el cielo,
buscar en Dios la fuerza del perdón.
Y aunque a veces temblabas por dentro,
nunca faltó tu abrazo o tu oración.
Padre:
palabra santa y sencilla,
tan cercana al misterio de la cruz.
Gracias por ser reflejo, día a día,
del amor firme y tierno del buen Jesús.
Si ya
no estás, descansa en la esperanza,
y desde el cielo guía mi andar fiel.
Si aún respiro a tu lado la jornada,
bendito sea el regalo de tu ser.
2
A mi amado papá, en la distancia cercana de nuestro peregrinar en esperanza
Aunque
tus pasos no resuenan hoy
en los mismos pasillos de mi día,
te siento, papá, como un eco de sol
que calienta aún en la lejanía.
Tu
voz, lejana y dulce en el recuerdo,
me sigue hablando en cada decisión.
Y aunque el tiempo nos guarde en distintos senderos,
caminamos juntos en el corazón.
No
estás lejos, papá, aunque la vida
ponga distancias en nuestro andar.
Estás en la fe que me diste un día,
en la fuerza callada de amar y esperar.
Tu
nombre rezo con fe cada noche,
y en el altar de mis sueños estás.
Quizás no te abrazo, pero me arropas
en el susurro tierno del Buen Pastor y su paz.
En
cada misa te siento cercano,
al elevar mi alma con el pan y el vino.
Y sé que en Cristo —camino y hermano—
nuestro amor permanece vivo y divino.
Así,
entre cielos y tierra sembrada,
nuestra historia florece sin final.
Porque un padre que ama no se aleja,
solo aprende a amar desde otro lugar.
3
A ti, mi amado padre
A ti,
mi amado padre,
que, unido en alianza de amor a mi madre,
formaste con tus manos un hogar de fe,
de ternura, de valores y humanidad.
Como
San José, el carpintero justo,
me enseñaste el silencio que habla en oración,
la dignidad del trabajo que edifica,
y la firmeza que brota del corazón.
Gracias,
papá, por tu amor constante,
por tu ejemplo sencillo y verdadero,
por enseñarnos que Dios siempre va adelante
y que servir en familia es el mayor sendero.
Gracias
por caminar junto a mamá,
tu amada esposa, fiel compañera,
y hacer de nuestra casa una escuela
de vida, de esperanza y de paz.
Tus
brazos me dieron seguridad,
tus ojos, confianza; tu palabra, dirección.
Hoy te honro con gratitud y emoción,
porque tu vida sembró mi libertad.
A ti,
mi padre, mi guía, mi raíz,
que me mostraste el rostro del amor sin fin,
te celebro, te bendigo, te llevo en mí…
Y le pido a Dios que siempre camines junto a mí.
P. A.J.U.M
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