25
NOV
2025

Perdón: la llave que abre el corazón de Dios



Perdón: la llave que abre el corazón de Dios
Perdonar es dejar que el amor sea más fuerte que el dolor.

El perdón siempre incomoda un poco porque nos coloca frente a nuestra fragilidad y frente a la del otro. No se vive desde la teoría; se entrega con el corazón. En la vida real, cuando la herida es reciente, uno siente que perdonar parece injusto o prematuro. Sin embargo, la fe nos muestra algo decisivo: el perdón no es un premio para quien nos ofendió, sino un acto de libertad para quien decide amar por encima de la ofensa. Allí está su belleza y su fuerza.

La Sagrada Escritura insiste en este punto con sorprendente claridad. Jesús coloca el perdón como un camino estrecho, pero lleno de luz. Cuando Pedro pregunta “¿Hasta siete veces?”, Jesús responde con una mirada que desarma nuestra lógica: “Hasta setenta veces siete”. En otras palabras: sin cálculo, sin contabilidad, sin esperar que el otro cambie primero. El cristiano perdona porque vive de un amor mayor, no porque la ofensa deje de doler. Ese es el estilo del Evangelio.

El Magisterio de la Iglesia recuerda que el perdón no es debilidad, sino valentía espiritual. San Juan Pablo II decía que perdonar es “una decisión del corazón” que vence el instinto de revancha. El Catecismo afirma que nadie puede pronunciar el Padre Nuestro con verdad si se niega a perdonar. Y esto no para aplastarnos, sino para recordarnos que Dios abre su corazón precisamente cuando encuentra el nuestro dispuesto a soltar resentimientos.

Hay un detalle precioso en la tradición cristiana: los Padres de la Iglesia insistían en que la primera conversión es dejar de alimentar el rencor. Ellos sabían que el resentimiento ahoga la vida interior con la misma facilidad con la que el polvo invade una casa abierta. El alma que perdona respira otra vez. Recupera espacio para Dios, para el prójimo y para sí misma.

El perdón es un acto profundamente pastoral. No nace del sentimentalismo, sino de un amor que quiere restaurar. Un esposo que vuelve a mirar a su esposa con ternura después de una discusión, una madre que ora por el hijo que la decepcionó, un sacerdote que acompaña a un penitente que lucha por dejar atrás el pasado… ese tipo de escenas, humildes y reales, son los terrenos donde germina el Reino de Dios. Nada espectacular; mucho Evangelio.

Perdonar no borra la memoria ni justifica lo injusto. No significa callar cuando se debe corregir ni aceptar lo que destruye. Perdonar es permitir que la herida deje de gobernar nuestras decisiones. Es escoger la vida en vez del veneno. Es dejar que Cristo —que perdonó desde la cruz— sea el Señor de la historia y no el ofensor.

Cuando uno perdona, algo se abre por dentro. Se escucha de nuevo. Se respira de nuevo. Se mira de otra manera. No se trata de un milagro mágico, sino de un camino que se anda paso a paso. Hay días en que cuesta, y Dios lo sabe. Pero cada vez que elegimos amar por encima del dolor, el corazón de Dios se abre y derrama paz. Es como si el Padre dijera: “Ya no llevas esa carga solo; la cargo contigo”.

El futuro de una comunidad cristiana depende de esta llave. No es casual que Jesús resucitado haya saludado a los discípulos con estas palabras: “La paz esté con ustedes”. La paz es fruto del perdón; el perdón es fruto del amor; y el amor es la forma más concreta de imitar a Dios. Una parroquia que perdona es una parroquia que sana, que crece, que evangeliza con verdad.

Perdonar siempre será exigente. Pero es la única puerta donde la gracia entra sin obstáculos. Allí, cuando el alma cede y el orgullo se rinde, empieza el territorio nuevo del Evangelio. El terreno donde Dios hace lo que solo Él puede hacer: reconstruir lo que parecía perdido.

El perdón abre caminos, cura memorias y convierte heridas en sabiduría.
Y en ese proceso lento y hermoso, el amor termina siendo más fuerte que el dolor.

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.


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