Paciencia:
la serenidad que confía en los tiempos de Dios
Paciencia no es resignación, es fe que espera con
esperanza.
Humana
La paciencia es una de esas virtudes silenciosas que sostienen la vida desde dentro. No es pasividad, no es indiferencia y tampoco es resignación disfrazada. La paciencia auténtica es serenidad nacida de la fe: un modo de mirar la historia, la propia y la de los demás, con la certeza de que Dios actúa incluso cuando parece guardar silencio. En un mundo acelerado, que exige respuestas inmediatas y que se impacienta con facilidad, la paciencia se vuelve una forma de resistencia espiritual: un modo de custodiar el corazón para que no se rompa antes de tiempo.
La Sagrada Escritura nos presenta la paciencia como parte esencial del camino de la fe. Abraham esperó contra toda esperanza. Moisés condujo al pueblo durante cuarenta años por el desierto. María guardó cada palabra en su corazón. Jesús mismo, con infinita mansedumbre, esperó la “hora” del Padre para revelar plenamente su misión. Nada de esto es casual: la paciencia es la pedagogía divina que permite que la gracia madure sin apresurar los procesos. La vida cristiana no es una carrera de velocidad, sino un camino que se construye paso a paso, confiando incluso cuando el horizonte se nubla.
La tradición de la Iglesia ha valorado siempre esta virtud. Los Padres la describen como “fortaleza suave”, capaz de sostener al creyente en medio de las pruebas sin perder la paz. Santo Tomás de Aquino la une íntimamente con la caridad, porque solo quien ama de verdad sabe esperar sin desesperarse. Y la sabiduría popular lo confirma: lo que viene de Dios llega en su tiempo justo. La paciencia es, en esa línea, la actitud humilde de quien reconoce que los tiempos de Dios no siempre coinciden con los nuestros, pero sí son mejores y más fecundos.
Practicar la paciencia transforma la manera de vivir. Ayuda a evitar decisiones precipitadas, palabras que hieren o juicios que condenan. Permite mirar a los demás con más compasión y mirarse a uno mismo con misericordia. Es una virtud activa: ora, discierne, trabaja, se esfuerza, pero deja en manos de Dios aquello que está fuera de nuestro control, confiado en que la gracia actúa incluso cuando no vemos resultados.
En el fondo, la paciencia es fe vivida en el tiempo; esperanza convertida en perseverancia; amor que no se cansa. No se trata de “aguantar” por aguantar, sino de sostener el alma en la certeza de que Dios no abandona a los suyos. Cuando el corazón aprende este ritmo, la vida se aligera: lo que parecía demora se convierte en preparación; lo que parecía silencio, en semilla.
La paciencia nos lleva a comprender que
Dios obra también en lo oculto; nos mueve a confiar aun cuando nuestros planes
se transforman; y nos impulsa a caminar con serenidad, paso a paso, porque la
esperanza verdadera no se improvisa. Quien cultiva la paciencia vive en paz con
el tiempo, con la vida y consigo mismo, sabiendo que cada cosa tiene su momento
y que, cuando Dios abre una puerta, ninguna impaciencia humana puede cerrarla.
En esa confianza, la paciencia se convierte en una forma profunda de amar: un
amor que sabe esperar porque cree plenamente en la fidelidad de Dios.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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