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NOV
2025

Orar sin cansarnos: la fuerza que abre caminos en manos de Dios




Sábado 15 de noviembre de 2025 – Semana XXXII del Tiempo Ordinario
San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia – Año Santo 2025, Peregrinos de Esperanza


Orar sin cansarnos: la fuerza que abre caminos en manos de Dios

La liturgia de este día nos conduce por un sendero profundo y luminoso a la vez.

La Palabra que escuchamos no habla en abstracto: se encarna en nuestra historia concreta, en el mundo que habitamos y en las luchas interiores que todos llevamos en el alma. El hilo conductor de este sábado es uno que jamás envejece: Dios actúa en silencio, sostiene la creación con firmeza y escucha el clamor perseverante de quien ora con fe.


La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, abre una ventana extraordinaria a la pedagogía divina. El autor sagrado recuerda que la Palabra de Dios desciende como un guerrero suave, que no destruye, sino que ordena; que no confunde, sino que ilumina; que no irrumpe con violencia, sino con autoridad serena. Cuando Israel atraviesa el mar, cuando la creación se reconfigura para abrir camino a los hijos de Dios, el texto nos invita a ver la historia con los ojos del creyente: no hay caos que Dios no pueda ordenar, no hay noche que Él no pueda atravesar con su claridad. La fe bíblica mira hacia atrás para comprender el presente y reafirmar una convicción segura: el Dios que actuó, actúa; el Dios que salvó, salva; el Dios que abrió caminos, hoy sigue abriendo sendas imposibles para quienes confían en Él.


El salmo 104 responde con una memoria agradecida: Recordemos los prodigios del Señor. Recordar no es nostalgia ni deseo de volver a lo que fue. Recordar es hacer presente la fidelidad de Dios, actualizarla para el hoy, dejar que nos sostenga. En un mundo acelerado, donde la prisa borra el sentido de las cosas, el salmista nos enseña el arte espiritual de la memoria: cuando uno reconoce las huellas de Dios, recupera el rumbo, renace la confianza y se despierta la esperanza.


El Evangelio según san Lucas nos coloca frente a una enseñanza esencial del Maestro: orar siempre sin desanimarse. La parábola de la viuda insistente no es un elogio de la terquedad humana, sino una revelación del corazón de Dios. Si un juez injusto termina atendiendo a la mujer porque no soporta su insistencia, cuánto más escuchará el Padre de los cielos a sus hijos que claman día y noche. Jesús nos habla con franqueza: la oración perseverante no cambia a Dios, nos cambia a nosotros; ensancha el alma, purifica los deseos, fortalece el ánimo y nos hace disponibles para la gracia.


Esta enseñanza se vuelve punzante cuando el Señor concluye con una pregunta que atraviesa los siglos: «Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿encontrará fe en la tierra?» No es una amenaza, es una invitación. En el Año Santo 2025, declarado para fortalecer la esperanza, esta pregunta funciona como brújula espiritual. Nos invita a revisar la calidad de nuestra confianza, la constancia de nuestra oración, la verdad de nuestra búsqueda de Dios. La fe no se sostiene con discursos, sino con perseverancia humilde. Es el tejido silencioso del día a día: orar, servir, amar, levantarse tras la caída, comenzar de nuevo, confiar incluso cuando no se ve la luz.


En este camino, la figura del santo de hoy, San Alberto Magno, nos ilumina con fuerza. Filósofo, teólogo, obispo y maestro de Santo Tomás de Aquino, unió como pocos la inteligencia y la fe, la ciencia y la contemplación. Enseñó que toda verdad, venga de donde venga, procede de Dios y que la razón humana, cuando es humilde, no aleja del Evangelio, sino que lo comprende mejor. Su vida recuerda a la Iglesia que la fe no teme la búsqueda, ni la inteligencia, ni los avances del conocimiento, porque todo lo verdadero conduce al Autor de la verdad. San Alberto es ejemplo de equilibrio, de serenidad intelectual y de audacia espiritual: tres virtudes que también necesitamos como peregrinos del siglo XXI.


Con esta Palabra y este testimonio, la jornada adquiere un matiz claro: somos peregrinos de esperanza no porque todo salga bien, sino porque confiamos en un Dios que nunca abandona su obra. En la oración insistente de la viuda, en la memoria agradecida del salmo, en la guía luminosa del libro de la Sabiduría y en la vida de San Alberto Magno, Dios nos muestra su estilo: firme, silencioso, incansable.


La invitación de este sábado es sencilla y profunda. Perseverar. Perseverar en la oración, incluso cuando parezca inútil. Perseverar en el bien, incluso cuando no sea reconocido. Perseverar en la fe, incluso cuando el camino se vuelva estrecho. Perseverar en la esperanza, incluso cuando la noche parezca larga. Porque Dios no llega tarde. Dios llega a tiempo. Y cuando llega, transforma.


El futuro se abre para quienes confían. Y en este Año Santo, la Iglesia nos recuerda que la esperanza no es optimismo ingenuo, sino certeza en la fidelidad de Dios. Que nuestra oración constante se vuelva el latido que sostiene nuestra fe, el impulso que renueva nuestra misión y la fuerza que nos permite mirar el mañana con valentía.


Este día termina con una certeza sencilla: quien ora, nunca está solo; quien confía, nunca se pierde; quien recuerda los prodigios del Señor, siempre encuentra un motivo para seguir caminando.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.

 


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