Obediencia:
escuchar y responder al llamado de Dios
La obediencia no quita libertad, la orienta hacia el amor.
Humana.
La obediencia parece una palabra pesada en tiempos donde se exalta la autonomía absoluta, como si escuchar a otro fuera perder dignidad o ceder terreno. Sin embargo, en el Evangelio la obediencia no es servilismo ni renuncia ciega; es la forma más alta de libertad, porque nace del amor y culmina en la entrega confiada. En la tradición cristiana, obedecer significa aprender a escuchar con el corazón —de ob-audire: “prestar oído hacia”— y después responder con generosidad. No es casual que toda la historia de la salvación esté tejida por hombres y mujeres que, en el silencio interior, supieron reconocer una voz que suavemente los llamaba por su nombre y los invitaba a caminar hacia algo más grande que ellos mismos.
La obediencia se convierte en camino de crecimiento cuando se comprende que Dios no obliga; propone, acompaña, ilumina y fortalece. Desde Abraham que salió “sin saber a dónde iba”, hasta María que pronunció su “hágase”, pasando por José que cambió sus planes en silencio para custodiar al Salvador, la Escritura muestra que la obediencia abre caminos donde antes solo había incertidumbre. Estos testigos no obedecieron por miedo, sino por confianza. Y esa es la clave: cuando el creyente se abandona en las manos de Dios, su libertad se expande, sus decisiones se purifican y sus pasos encuentran sentido. El amor hace posible lo que la sola voluntad no alcanza.
En la vida diaria, obedecer a Dios implica prestar atención a su Palabra, a la voz interior de la conciencia bien formada, a la enseñanza de la Iglesia y a los acontecimientos que providencialmente nos orientan. Es una escucha activa, capaz de discernir entre el ruido del mundo donde tantas voces compiten por nuestro deseo. La obediencia cristiana no infantiliza; madura. Forma un corazón dócil, sensible y firme, capaz de amar más allá de los caprichos del momento. La verdadera docilidad no es debilidad: es fortaleza serena que se deja guiar por la verdad. Por eso los santos hablan de la obediencia como un arte de libertad: cuanto más obedecemos a Dios, menos esclavos somos de nuestras pasiones, del orgullo o del miedo.
Esta virtud humana también tiene una dimensión comunitaria. Obedecer en la familia, en el trabajo, en la comunidad parroquial, significa reconocer que no todo gira en torno a uno mismo. El que obedece con recta intención no renuncia a su dignidad, sino que contribuye al bien común, asumiendo su lugar en una armonía mayor. En la Iglesia, la obediencia tiene un rostro concreto: caminar unidos, dejándose corregir, dejando que otros iluminen nuestras sombras y reciban nuestras luces. La obediencia vivida con madurez genera paz, evita divisiones y ayuda a discernir la voluntad de Dios que suele expresarse a través de mediaciones concretas.
Quien se ejercita en la obediencia descubre poco a poco que Dios habla más de lo que imaginamos. Habla en la Escritura leída con paciencia, en la oración perseverante, en las inspiraciones que nacen al servir, en el consejo de personas sabias, en los momentos de prueba que purifican. Escuchar y responder es ya un acto de fe y un gesto de amor. La obediencia, vivida desde dentro, fortalece el carácter, aquieta el corazón y hace posible la santidad cotidiana. Cristo, obediente hasta la cruz, mostró que la verdadera grandeza del hombre está en abandonarse al Padre y, desde esa entrega, dar vida al mundo. La obediencia cristiana es imitación de ese estilo: humilde, firme y fecunda.
La vida espiritual crece cuando reconocemos que no somos autosuficientes. Dios no aplasta la libertad: la eleva. No la encadena: la orienta hacia su plenitud. El creyente que se deja guiar se descubre más libre, más auténtico, más capaz de amar. La obediencia es la brújula que mantiene el corazón centrado en Dios incluso cuando la ruta es oscura o incierta. Y es entonces cuando la promesa del Evangelio se vuelve palpable: quien escucha a Dios nunca camina solo y siempre llega a puerto seguro. En el fondo, obedecer es confiar; y confiar es amar. A partir de esa certeza, cada jornada se transforma en un espacio donde la voluntad de Dios se vuelve una historia de libertad, de entrega y de plenitud que se escribe paso a paso.
El camino continúa cuando uno se permite volver a lo esencial: callar un poco más, escuchar un poco mejor y responder con un corazón disponible. En un mundo que exalta el ruido, la obediencia regala claridad. En una sociedad que idolatra la autoafirmación, la obediencia enseña humildad. Y en tiempos donde muchos caminan sin brújula, la obediencia ofrece un norte que no falla. Es una virtud humana que se convierte en escuela de madurez, una fuerza interior que nos hace más capaces de amar y ser libres.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario parroquial.
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