20
NOV
2025

MISERICORDIA: EL ROSTRO HUMANO DEL AMOR DIVINO



MISERICORDIA: EL ROSTRO HUMANO DEL AMOR DIVINO
La misericordia hace visible el corazón de Dios entre los hombres.

La misericordia es el lenguaje más humano del amor de Dios. No es una teoría ni una idea abstracta; es una experiencia concreta que toca la vida diaria. Cuando hablamos de misericordia, hablamos de ese modo único en que Dios se inclina hacia nuestra fragilidad para levantarnos con ternura. Él no se limita a observar nuestro dolor desde lejos. Se acerca, se involucra, actúa. Y, al hacerlo, nos enseña a reconocer en cada gesto de bondad un reflejo de su corazón.

La Sagrada Escritura lo muestra con claridad. En el Antiguo Testamento, la misericordia de Dios es descrita como una entraña que se conmueve. En el Nuevo Testamento, esa misericordia toma rostro en Jesús. Él mira a la multitud y siente compasión; toca al leproso que todos evitaban; perdona al que se equivocó; devuelve la dignidad a quien la había perdido. En cada una de estas escenas, Dios se revela como un Padre que acompaña, sana, abraza y restaura.

Vivir la misericordia es aprender a mirar como Jesús. Significa ver más allá del error, del defecto o del cansancio. La misericordia no justifica lo que está mal, pero nunca condena a la persona. Ayuda a recomenzar. Da esperanza. Invita a levantarse. Y esa mirada misericordiosa se vuelve una verdadera revolución en un mundo que muchas veces juzga rápido y perdona lento.

Para los cristianos, la misericordia no es solo una virtud hermosa: es una exigencia del Evangelio. Jesús no pidió simplemente ser buenos; pidió ser misericordiosos “como el Padre es misericordioso”. Esa medida divina nos recuerda que el perdón, la paciencia, la comprensión y la compasión no nacen solo de la voluntad humana, sino de la experiencia de haber sido alcanzados por el amor de Dios.

La misericordia también tiene un rostro cotidiano. Aparece cuando escuchamos sin prisa, cuando acompañamos a alguien que sufre, cuando perdonamos con sinceridad, cuando cuidamos a un enfermo, cuando respondemos con calma donde otros reaccionan con dureza. Son gestos sencillos, casi invisibles, pero sostienen la vida de una familia, de una comunidad, de una parroquia. Es en esos gestos donde Dios sigue actuando hoy.

La misericordia transforma. Cura heridas antiguas, abre caminos de reconciliación, derrite corazones endurecidos y siembra paz donde había división. No es magia instantánea; es la paciencia activa del amor. La misma que movió a Jesús a buscar a los que estaban perdidos y que hoy nos impulsa a ser artesanos de humanidad, constructores de puentes y sembradores de esperanza.

Cada vez que realizas un acto de misericordia —por pequeño que sea— alguien puede descubrir a Dios a través de ti. Y esa es la misión más hermosa: que el amor de Dios se haga visible entre los hombres a través de nuestras manos, nuestras palabras y nuestra manera de vivir.


Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario parroquial.

 


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