Medida
del corazón: la templanza como equilibrio interior.
Templanza
es dominar los deseos para que el amor sea libre.
Virtud Cardinal.
En un mundo que impulsa a la satisfacción inmediata y celebra los excesos como signo de éxito o libertad, la virtud de la templanza aparece como una joya olvidada, pero indispensable para vivir con paz interior y plenitud. La templanza no consiste en reprimir los deseos, sino en ordenarlos; no es apagar el fuego del corazón, sino dirigirlo hacia su verdadero fin: amar bien, amar con libertad. San Agustín lo expresó con sabiduría: “Virtus est ordo amoris”, la virtud es el orden del amor. La templanza, precisamente, es ese arte espiritual que enseña a medir, discernir y moderar los impulsos del cuerpo y del alma para que el amor conserve su pureza y su fuerza creadora.
Esta virtud cardinal —junto con la prudencia, la justicia y la fortaleza— actúa como el timón del alma. Permite gobernar los instintos, moderar los placeres, controlar la ira y resistir las seducciones del poder, del consumo o del ego. En palabras del Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1809): “La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados.” Gracias a ella, la persona se hace dueña de sí misma, capaz de decir “no” a lo que esclaviza y “sí” a lo que eleva. El hombre templado no es frío ni indiferente; es apasionado con orden, libre de los excesos que lo encadenan, abierto a la alegría serena que brota del dominio interior.
El equilibrio que ofrece la templanza no se reduce a lo físico o emocional, sino que alcanza el nivel más profundo del alma. Un corazón templado sabe esperar, perdonar y actuar con serenidad, aun en medio de las tensiones y tentaciones del mundo moderno. En la familia, la templanza se traduce en paciencia y respeto; en la vida laboral, en honestidad y justicia; en la vida espiritual, en humildad y fidelidad. Por eso, la templanza no es una virtud de pocos, sino una escuela de humanidad para todos. Enseña a disfrutar sin poseer, a servir sin buscar reconocimiento, a vivir intensamente sin caer en la ansiedad del “todo o nada”.
El ejemplo de Cristo es la medida suprema de la templanza. Él, siendo Dios, se hizo hombre y vivió con sobriedad, rechazando el poder y la vanagloria, abrazando la pobreza y la obediencia. Su equilibrio interior provenía del amor absoluto al Padre. En el desierto, cuando fue tentado, mostró el rostro más luminoso de esta virtud: el dominio del corazón que confía en Dios más que en el pan, más que en los aplausos, más que en el orgullo. La templanza cristiana, por tanto, no nace del esfuerzo aislado, sino de la gracia del Espíritu Santo, que purifica los deseos y nos enseña a gustar lo bueno sin dejarnos poseer por ello.
La sociedad necesita hombres y mujeres templados: jóvenes que sepan decir no al placer vacío, matrimonios que vivan la fidelidad con alegría, líderes que ejerzan el poder con justicia, creyentes que sirvan sin buscar protagonismo. La templanza es la medida del corazón que sabe disfrutar sin perder el alma. Nos invita a descubrir que la verdadera libertad no está en hacer lo que se quiere, sino en querer lo que es bueno.
La templanza es la sabiduría del corazón que equilibra los deseos y orienta todas las fuerzas hacia el bien. Aprende a escuchar tus deseos sin dejarte dominar por ellos; deja que Cristo reine en tus pasiones para que la paz habite en ti. Practica hoy un gesto de sobriedad: modera tus palabras, tu consumo, tus emociones; hazlo por amor, y descubrirás la libertad de un corazón templado.
Libros consultados para la redacción del artículo:
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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