Octava de Pascua – Martes 7 de abril de 2026
He visto al Señor (Jn 20, 18)
La Iglesia continúa celebrando con gozo la Octava de Pascua, como si se tratara de un solo día prolongado, un gran domingo que no se apaga. La liturgia de hoy nos introduce en una experiencia profundamente personal del Resucitado: el encuentro de María Magdalena con Cristo vivo.
No es una idea, no es un recuerdo, no es una emoción pasajera. Es un acontecimiento real que transforma la historia y, sobre todo, el corazón humano.
1. “Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús” (Hch 2, 36)
San Pedro proclama con fuerza el núcleo del anuncio cristiano: Jesús, el crucificado, ha sido constituido Señor. Este es el kerigma, el anuncio fundamental de la Iglesia desde sus inicios.
Los que escuchan esta predicación no quedan indiferentes. El texto nos dice que acogieron la palabra y fueron bautizados. La Pascua no es solo contemplación: es decisión, conversión, cambio de vida.
Los Padres de la Iglesia insistían en esto: la fe pascual no es una teoría, es un acontecimiento que exige respuesta. Como enseña el Catecismo, la Resurrección es el fundamento de nuestra fe (cf. CIC 638). Sin ella, todo se derrumba; con ella, todo adquiere sentido.
2. “En el Señor está nuestra esperanza” (Salmo 32)
El salmo responsorial se convierte en eco del corazón creyente. En medio de las incertidumbres del mundo, el cristiano aprende a poner su esperanza no en lo pasajero, sino en Dios que es fiel.
La esperanza cristiana no es ingenuidad ni optimismo vacío. Es certeza firme, fundada en un hecho: Cristo ha vencido la muerte. Por eso, incluso en medio del dolor, el creyente puede decir: “El Señor sostiene mi vida”.
En un mundo herido por el miedo, la desesperanza y la incertidumbre, el cristiano está llamado a ser testigo de esperanza. No con discursos vacíos, sino con una vida coherente, firme y luminosa.
3. “¡María!” – El encuentro personal con el Resucitado (Jn 20, 11-18)
El Evangelio de hoy es de una profundidad conmovedora. María Magdalena llora frente al sepulcro vacío. Busca un cuerpo… y encuentra a una Persona viva.
Todo cambia cuando Jesús la llama por su nombre: “¡María!”. Ese momento es clave. No es un encuentro genérico, es personal. Cristo no salva en abstracto; salva a cada uno, conoce su historia, sus heridas, sus lágrimas.
San Gregorio Magno decía que María buscaba al que no encontraba, y por eso mereció encontrarlo. Su amor perseverante la condujo al encuentro.
Y entonces ocurre lo decisivo: María pasa de la tristeza a la misión. “Ve y anuncia”. Se convierte en apóstol de los apóstoles.
Este es el dinamismo pascual: encuentro → transformación → misión.
Luz del Magisterio, la Tradición y el Papa León XIV
La Iglesia ha enseñado siempre que la Resurrección no solo es un evento histórico, sino una realidad que sigue actuando hoy. Como afirmaba san Juan Pablo II, el cristiano es “testigo del Resucitado en el mundo”.
El Papa Francisco nos ha recordado con insistencia que no podemos vivir como si Cristo estuviera muerto, sino como hombres y mujeres que han encontrado al Viviente.
En esta misma línea, el Papa León XIV ha insistido en que la Pascua no es simplemente una celebración litúrgica, sino una forma de vivir: el cristiano está llamado a dejar atrás la tristeza, el encierro y el miedo, para convertirse en presencia viva de Cristo en medio del mundo. Él nos invita a una fe concreta, encarnada, que se traduzca en decisiones, en caridad operante y en una esperanza activa que transforme la realidad.
Además, ha subrayado con claridad que la experiencia pascual comienza cuando dejamos de buscar a Cristo entre los muertos —en lo pasado, en lo que ya no da vida— y aprendemos a reconocerlo en lo cotidiano, en la Palabra, en la Eucaristía y en los hermanos.
La Tradición nos recuerda que la fe pascual nace del encuentro personal con Cristo. No basta saber sobre Él; es necesario encontrarse con Él.
Para nuestra vida hoy
Muchos viven como María Magdalena antes del encuentro: buscando entre los muertos, atrapados en el pasado, en el dolor, en la confusión.
Pero hoy, el Señor también pronuncia nuestro nombre.
Nos busca en nuestras lágrimas. Nos encuentra en nuestras búsquedas. Nos llama a reconocerlo, a levantarnos y a anunciar.
La Pascua no es un recuerdo del pasado. Es una fuerza viva que actúa hoy.
Tres mensajes de hoy
Propósito para hoy
Buscar un momento de silencio y oración personal para escuchar al Señor que pronuncia mi nombre, y compartir con al menos una persona un mensaje concreto de esperanza nacido de la fe en Cristo Resucitado.
Hoy, como María Magdalena, también nosotros podemos decir con convicción:
“He visto al Señor”.
Y ese testimonio, vivido con coherencia, puede cambiar no solo nuestra vida… sino la de muchos más.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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