08
NOV
2025

Los milagros y la resurrección



Los milagros y la resurrección

Signos de la intervención divina

Desde los comienzos de la fe, los milagros han sido una señal visible de la acción invisible de Dios. No son espectáculos para impresionar, ni pruebas forzadas, sino manifestaciones de amor que confirman la presencia del Creador en la historia.
Entre todos los signos, el más grande y luminoso es la Resurrección de Jesucristo, acontecimiento que no solo revela que Dios existe, sino que está vivo, actúa y transforma la realidad desde dentro.
En los milagros de Jesús y en su triunfo sobre la muerte, la humanidad puede ver y tocar al Dios que se hace cercano, compasivo y victorioso.

1. Los milagros: el lenguaje del amor divino

En los Evangelios, los milagros no son trucos sobrenaturales ni gestos de poder. Son respuestas de amor al sufrimiento humano.
Jesús no realiza milagros para ser admirado, sino para revelar el Reino de Dios: un mundo donde los ciegos ven, los cojos caminan, los pobres son consolados y los pecadores encuentran perdón.
Cada milagro es una señal del rostro compasivo de Dios.

“Los milagros de Cristo son signos que invitan a creer en Él” (CIC 548).
San Juan los llama “signos”, porque apuntan más allá de sí mismos: no terminan en el prodigio, sino en la fe que despiertan.
Ver un milagro y no creer en el amor de Dios sería como ver el amanecer sin reconocer el sol.

2. La fe que abre el camino al milagro

En la mayoría de los milagros de Jesús hay una condición previa: la fe.
A la hemorroísa le dice: “Tu fe te ha salvado” (Mc 5,34); al ciego Bartimeo: “Recobra la vista, tu fe te ha salvado” (Mc 10,52).
La fe no es una energía mágica, sino la apertura del corazón al poder del amor divino.
Dios puede actuar siempre, pero el milagro ocurre cuando el ser humano se deja tocar por Él.
Por eso, los milagros son también signos pedagógicos: enseñan que quien confía plenamente en Dios, ve su gloria.

3. Los milagros de Cristo, presencia de Dios en la historia

Cada gesto de Jesús manifiesta un atributo divino:

  • Cuando perdona, revela la misericordia del Padre.
  • Cuando sana, muestra su compasión.
  • Cuando calma la tempestad, manifiesta su dominio sobre la creación.
  • Cuando multiplica los panes, anticipa la Eucaristía, el milagro perpetuo del amor que alimenta.
    Los milagros de Cristo son signos históricos y teológicos: confirman que en Él actúa el mismo Dios que creó el universo.
    Por eso, los apóstoles no anuncian un sistema moral, sino un hecho real:

“Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con Él” (Hch 10,38).

4. La Resurrección: el milagro de los milagros

La fe cristiana no se apoya en una idea, sino en un hecho: Jesús resucitó verdaderamente de entre los muertos.
Este acontecimiento no es un símbolo, ni un mito, ni una experiencia interior de los discípulos: es una realidad histórica y sobrenatural.
Los testigos vieron la tumba vacía, escucharon su voz, tocaron sus llagas y comieron con Él.
La Resurrección es la prueba suprema de que Dios actúa en la historia y vence al mal y a la muerte.
San Pablo lo proclama con fuerza:

“Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe” (1 Co 15,14).
Pero resucitó, y con ello, toda la historia humana se ilumina de esperanza.
Desde ese día, el milagro más grande no es que un muerto reviva, sino que el hombre viejo renazca en Cristo a la vida nueva.

5. Los milagros hoy: la presencia que continúa

Dios sigue obrando milagros en nuestros días. Algunos son visibles —curaciones, conversiones, signos extraordinarios—; otros son silenciosos, pero igualmente reales: una paz que renace, un perdón que sana, una vida transformada.
El milagro más frecuente y más grande ocurre cada día en el altar: el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Cada Eucaristía es un recordatorio vivo de que el mismo poder que resucitó a Jesús sigue actuando en el mundo.
Los milagros, ayer y hoy, nos enseñan que Dios no está ausente: interviene con amor en la historia de cada hombre.

Los milagros son signos que confirman la fe y revelan el amor de Dios; en la Resurrección de Cristo alcanzan su plenitud, porque la vida vence definitivamente a la muerte. Agradece a Dios por los milagros que ha obrado en tu vida, grandes o pequeños, pues su presencia se hace tangible en cada gesto de amor, sanación y perdón. Participa en la Eucaristía con fe viva, donde ocurre el mayor milagro: cree, adora y deja que el poder del Resucitado transforme tu corazón.

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial.


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