Jueves 23 de abril de 2026
Llamados, enviados y alimentados para la vida eterna
Memoria de San Jorge, mártir
En este tiempo de Pascua, la Iglesia nos sigue conduciendo con firmeza hacia el corazón del misterio: Cristo vivo que sale a nuestro encuentro, nos llama personalmente y nos alimenta con su propia vida. La Palabra de Dios de hoy nos presenta tres escenas profundamente unidas: el encuentro providencial en el camino, la apertura del corazón a la fe y el don supremo de la Eucaristía como alimento de vida eterna.
El relato de los Hechos de los Apóstoles (Hch 8, 26-40) nos sitúa en un camino desierto, donde el diácono Felipe, dócil al Espíritu Santo, se acerca a un hombre extranjero, un etíope en búsqueda sincera. No es casualidad. En la pedagogía de Dios, nada es improvisado: Él sale al encuentro de quien lo busca, aunque no lo sepa plenamente. Este hombre lee las Escrituras, pero no las comprende. Y ahí aparece la Iglesia, representada en Felipe, para iluminar, explicar y conducir al encuentro con Cristo.
El resultado es inmediato: la fe nace, el corazón se abre, y el bautismo sella ese encuentro. Este pasaje es una verdadera catequesis sobre la misión: la Iglesia no se guarda para sí misma, sino que sale al camino, acompaña, explica y conduce a los sacramentos.
El
Salmo responsorial lo confirma con fuerza: Tu salvación, Señor, es para
todos. Aleluya.
No hay fronteras, no hay exclusiones. La salvación es ofrecida a todos los
pueblos, a toda persona, a toda historia concreta.
El Evangelio (Jn 6, 44-51) nos introduce en una verdad aún más profunda: no basta con buscar, es el Padre quien atrae. La fe no es solo un esfuerzo humano, es una gracia. Jesús lo dice con claridad: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado.” Aquí se revela el misterio de la vocación cristiana: somos llamados, atraídos, sostenidos.
Pero
el Señor va más allá. No solo nos llama, sino que se nos da como alimento:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre.”
La Eucaristía no es un símbolo, es Cristo mismo que se entrega. Es el centro de la vida cristiana, la fuerza del camino, la respuesta a la sed más profunda del corazón humano. En ella encontramos lo que el mundo no puede dar: vida eterna, sentido, esperanza.
Hoy la Iglesia celebra a San Jorge, el gran mártir, testigo valiente de la fe. Su vida nos recuerda que creer en Cristo implica también luchar, perseverar y, si es necesario, dar la vida. La tradición lo presenta venciendo al dragón, imagen del mal. Más allá de la figura simbólica, lo esencial es su testimonio: un hombre que no negoció su fe, que permaneció firme y que venció no con la fuerza humana, sino con la fidelidad a Cristo.
En un mundo que muchas veces relativiza la verdad, San Jorge nos enseña que la fe no se adapta al mundo, sino que transforma el mundo.
Tres mensajes de hoy
Propósito para hoy
Dedica un momento concreto a acercarte a Jesús Eucaristía: participa en la Santa Misa o haz una visita al Santísimo Sacramento, pidiéndole la gracia de un corazón abierto y dócil a su voluntad.
Que la intercesión de San Jorge nos conceda valentía para vivir la fe con coherencia, fidelidad para perseverar en medio de las pruebas y amor profundo a la Eucaristía, donde Cristo mismo nos espera y nos fortalece para el camino.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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