Domingo
15 de febrero de 2026
Sexta Semana del Tiempo Ordinario
Llamados a una justicia más profunda: la santidad es posible
La Palabra de Dios de este domingo nos sitúa ante una verdad exigente y luminosa: Dios toma en serio nuestra libertad y nos llama a una vida grande. No a una mediocridad espiritual, no a una fe superficial, sino a una existencia transformada desde dentro.
El libro del Eclesiástico (Sirácide 15,16-21) nos presenta una afirmación contundente: “Si quieres, guardarás los mandamientos”. Dios no nos crea programados; nos crea libres. Pone delante de nosotros “fuego y agua”, vida y muerte. Y respeta nuestra decisión. La libertad no es un peso, es una dignidad. La moral cristiana no es imposición, es camino de plenitud.
Esta enseñanza, profundamente arraigada en la Tradición de la Iglesia, confirma lo que el Catecismo enseña: el hombre es capaz de elegir el bien porque ha sido creado a imagen de Dios. No estamos condenados al error; estamos llamados a la sabiduría.
El Salmo 118 responde con un canto de esperanza: “Dichoso el que cumple la voluntad del Señor”. No dice “obligado”, dice dichoso. La obediencia a Dios no empobrece, ennoblece. No reduce la libertad, la purifica. San Agustín lo expresaba con claridad: “Ama y haz lo que quieras”, porque cuando el corazón ama rectamente, ya desea el bien.
San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios (2,6-10), introduce otra dimensión: la sabiduría de Dios no es la del mundo. Es una sabiduría escondida, revelada a los sencillos, a quienes se abren al Espíritu. La vida cristiana no se entiende solo con lógica humana; se comprende cuando el Espíritu ilumina el interior.
Aquí hay una clave pastoral decisiva: necesitamos formación, sí, pero también vida espiritual. Sin oración, la fe se vuelve teoría; con el Espíritu Santo, se convierte en experiencia viva.
El Evangelio según San Mateo (5,17-37) nos coloca ante el corazón del mensaje de Jesús. Él no viene a abolir la Ley, sino a darle plenitud. Y esa plenitud no consiste en multiplicar normas, sino en purificar el corazón. Jesús no se queda en “no matar”; va a la raíz del odio. No se queda en “no cometer adulterio”; va a la raíz del deseo desordenado. No se queda en el juramento externo; pide transparencia interior.
Cristo nos revela que el verdadero campo de batalla está dentro. La santidad comienza en el corazón.
Los Padres de la Iglesia insistían en esta interioridad. Orígenes afirmaba que el Evangelio es “ley espiritual” porque transforma la mente. San Juan Crisóstomo enseñaba que el cristiano no es simplemente quien evita el pecado externo, sino quien ordena sus pensamientos según Cristo.
Esta enseñanza no debe asustarnos. Debe animarnos. Porque si el Señor eleva la exigencia, es porque nos da la gracia. No nos pide lo imposible; nos ofrece su Espíritu para hacerlo posible.
Hoy el mundo necesita cristianos coherentes, transparentes, hombres y mujeres cuya palabra sea “sí” cuando es sí y “no” cuando es no. La credibilidad de la Iglesia no nace del discurso perfecto, sino de la vida íntegra.
En este Tiempo Ordinario, que es tiempo de crecimiento silencioso, la Palabra nos invita a madurar. La santidad no es privilegio de unos pocos; es vocación universal. El futuro de nuestras familias, de nuestra parroquia y de nuestra sociedad depende de corazones convertidos.
Tres mensajes de hoy
Propósito para hoy
Revisar mi corazón con sinceridad ante Dios. Identificar una actitud interior que necesite conversión —resentimiento, juicio, doblez, impaciencia— y presentarla en la oración, pidiendo la gracia de transformarla con decisiones concretas.
Que este domingo renueve en nosotros la certeza de que la santidad es posible, que la vida en Cristo es plena y que el Señor sigue formando un pueblo fiel, luminoso y esperanzado. El camino es exigente, sí, pero está lleno de gracia. Y el futuro pertenece a quienes deciden amar en serio.
Pbro. Alfredo José Uzcátegui Martínez.
Vicario parroquial.
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