Más allá de las gaitas y los fuegos artificiales:
La verdadera devoción a la Virgen de Chiquinquirá que transforma la fe en misión.
No es casualidad que los pueblos cristianos hayan encontrado en María una Madre cercana, una intercesora fiel, un refugio seguro. La Iglesia no la ama como un adorno, sino como una maestra de fe, una compañera de camino, una puerta abierta hacia Cristo. Cuando celebramos a la Virgen —en cualquier advocación— no celebramos a una figura del pasado, sino a una Madre viva que sigue hablando hoy al corazón de sus hijos.
Por eso su devoción no puede quedarse en lo superficial. Hoy muchas comunidades celebran con profundo sentimiento a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, a quien miles llaman con amor “la Chinita”. Se escuchan gaitas, se encienden velas, se alzan procesiones, estallan fuegos artificiales. Todo esto es legítimo y hermoso: la fe necesita cuerpo, fiesta, tradición, alegría.
Pero la verdadera devoción no se conforma con el sonido de los tambores ni el brillo de la pirotecnia.
La
pólvora sube y desaparece.
El canto termina.
La procesión vuelve a la iglesia.
Las flores se marchitan.
La fe auténtica comienza cuando se apaga la fiesta.
1. La devoción mariana verdadera nace del Evangelio
San Luis María Grignion de Montfort lo enseñó con valentía: la verdadera devoción es interior, tierna, santa, constante y desinteresada. No se contenta con tocar imágenes, sino con imitar virtudes.
María
fue discípula antes que Madre. Escuchó la Palabra antes de pronunciarla.
Preguntó con humildad, obedeció sin condiciones, permaneció fiel hasta la cruz.
El discípulo misionero aprende de ella:
–
Escuchar antes que hablar.
– Confiar antes que comprender.
– Servir antes que ser servido.
– Permanecer firme cuando todo parece perdido.
2. Una sola Madre, muchos rostros
La Iglesia sabe que no hay “muchas vírgenes”. Hay una sola Madre que se hace cercana con distintos nombres. Cada advocación ilumina una faceta del Evangelio y responde a una necesidad concreta de sus hijos:
–
Guadalupe se hace mestiza.
– Fátima llama a la conversión.
– La Merced libera cautivos.
– La Dolorosa acompaña el sufrimiento.
– El Rosario enseña a contemplar a Cristo con los ojos de la Madre.
– Chiquinquirá recuerda que Dios restaura lo arruinado y devuelve la
dignidad perdida.
3. Chiquinquirá, el icono de la restauración
La historia de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá no es una leyenda poética: es una catequesis viviente. Una imagen deteriorada, abandonada por años… y de pronto, milagrosamente restaurada por Dios. El lienzo vuelve a brillar, los colores reviven, la Madre muestra un rostro renovado.
Este milagro no es solo artístico: es espiritual.
Primera
lección:
Dios no desecha lo que se ha deteriorado: ¡lo restaura!
Tu fe herida, tu familia lastimada, tu esperanza cansada… pueden renacer.
Segunda
lección:
La restauración comienza con la oración de los sencillos.
Una mujer, María Ramos, rezó con esperanza. Dios escuchó su clamor.
Tercera
lección:
La Virgen devuelve dignidad.
Así como restauró la imagen, restaura corazones, devuelve la fe, sana
heridas espirituales.
Por eso Colombia la aclama como Reina, Venezuela como Madre amorosa, y América entera la llama con ternura: Chinita.
4. Más allá de las gaitas, las procesiones y la pirotecnia
La fiesta es hermosa, pero no puede ser lo único.
Cristo
no vino a organizar celebraciones folklóricas.
Cristo vino “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).
Vino
por ti.
Por mí.
Por nuestros pecados concretos.
Por nuestras heridas secretas.
Somos
ovejas ciegas que no ven, sordas que no escuchan su Palabra, mudas que no
alaban.
Y Él, como Buen Pastor, nos carga sobre sus hombros para regresarnos al redil.
¿Y
María?
No fue espectadora. Fue la primera creyente y la primera misionera.
No
se quedó en Nazaret. “Se levantó y fue de prisa”.
No buscó aplausos, buscó servir.
No levantó monumentos, levantó corazones.
5. Lo que exige la auténtica devoción mariana
Si amamos a la Virgen de verdad, entonces:
–
Nuestra fe debe ser consciente, no automática.
– Nuestra oración debe ser compromiso, no rutina.
– Nuestro servicio debe ser concreto, no sentimental.
– Nuestra misión debe ser diaria, no solo festiva.
Quien lleva el rosario y no practica la caridad, no ha entendido a María.
Quien grita “¡Viva la Chinita!” y no recoge al pobre de la calle, no ha escuchado a la Madre.
Quien se emociona ante la imagen restaurada, pero no deja restaurar su alma, vive de la piel para afuera.
6. Chiquinquirá: escuela de misión
El devoto auténtico de la Chinita:
–
Reza el Rosario: no para repetir palabras, sino para contemplar el
rostro de Cristo.
– Perdona: porque la restauración del corazón comienza sanando heridas.
– Sirve: porque María corre al encuentro del que la necesita.
– Evangeliza: porque quien ha visto la luz no puede guardársela.
MÁS ALLÁ DEL “¡VIVA!”
Cuando las gaitas callan, cuando la pólvora se disipa, cuando la procesión termina…
permanece Cristo, el Salvador que vino a buscarnos.
Y permanece el llamado:
“Aquí estoy, Señor… envíame.”
La devoción a María no termina en el templo: comienza allí.
Bajo su manto caminamos con un rosario en la mano, con el Evangelio en el corazón y con los pies dispuestos a servir.
Que
la Chinita —la Virgen del Rosario de Chiquinquirá— restaure hoy nuestros
corazones
para que también nosotros seamos, como ella, discípulos y misioneros del Señor.
Pbro. Alfredo Uzcátegui.
Vicario Parroquial.
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