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DIC
2025

La verdad de la Navidad y el lenguaje de las “Felices Fiestas”



La verdad de la Navidad y el lenguaje de las “Felices Fiestas”

Cuando el sentido se diluye

La Navidad no es una metáfora cultural, ni un mito de invierno, ni una celebración genérica de buenos sentimientos. La Navidad es un acontecimiento histórico y teológico preciso: Dios se hizo hombre en Jesucristo. El Verbo eterno asumió nuestra carne, nació de la Santísima Virgen María y entró en la historia para redimirla desde dentro. Todo lo demás —luces, música, encuentros familiares— solo tiene sentido si brota de esta verdad central.

Sin embargo, desde hace décadas asistimos a un proceso silencioso pero constante de desdibujamiento del significado cristiano de la Navidad. Se habla de “magia”, de “espíritu navideño”, de “época especial”, de “fiestas de fin de año”, mientras se evita cuidadosamente el nombre de Jesús. No es una casualidad lingüística; es una decisión cultural.

¿Por qué se habla de “magia” y no de misterio?

La palabra magia sustituye al misterio. Y no es lo mismo.
El misterio cristiano no es algo irracional ni infantil; es una verdad profunda que supera la razón sin contradecirla. En cambio, la magia es un recurso emocional, vacío de contenido moral y espiritual, fácilmente consumible.

Hablar de “magia navideña” permite celebrar sin comprometerse.
El misterio de la Encarnación, en cambio, exige una respuesta: conversión, humildad, caridad, verdad, justicia. La magia entretiene; el misterio transforma.

El interés comercial: una Navidad sin Cristo vende más

Desde el punto de vista del mercado, una Navidad cristiana resulta incómoda. Jesús no es neutral. Jesús cuestiona el egoísmo, la avaricia, la injusticia y el consumismo. Por eso, para el comercio global es más rentable una Navidad reducida a emociones, regalos y nostalgia.

Una Navidad sin Cristo:

  • no interpela conciencias,
  • no habla de pecado ni de salvación,
  • no pide sacrificio ni solidaridad real.

Así, el Niño Dios es desplazado por figuras inofensivas: personajes ficticios, luces, canciones sin contenido y una felicidad obligatoria pero superficial.

El lenguaje político y la falsa neutralidad

En muchas naciones de tradición cristiana —donde la mayoría de la población profesa la fe católica—, algunas autoridades públicas optan por expresiones como “Felices fiestas” en lugar de “Feliz Navidad”. Se justifica esta elección en nombre de la inclusión o la neutralidad religiosa.

Pero aquí conviene ser honestos: no existe una neutralidad cultural absoluta. Toda sociedad se construye sobre raíces, símbolos y tradiciones concretas. Negar el nombre de la Navidad no es neutralidad; es una forma de ocultamiento.

Más aún cuando esas mismas autoridades:

  • sí reconocen públicamente festividades de otras religiones,
  • sí respetan calendarios y símbolos ajenos,
  • pero consideran “problemático” nombrar la Navidad en países mayoritariamente cristianos.

La inclusión auténtica no consiste en borrar la identidad cristiana, sino en respetar todas las creencias sin renunciar a la propia.

Judaísmo, Islam y el respeto mutuo

Es importante decirlo con claridad y respeto:
El judaísmo y el Islam no celebran la Navidad porque no reconocen a Jesús como Hijo de Dios encarnado. Esa diferencia es real y debe ser asumida con verdad.

Pero el respeto interreligioso no exige que los cristianos oculten su fe, ni que las naciones de tradición cristiana renuncien a sus celebraciones fundacionales. Al contrario, el verdadero diálogo se da cuando cada uno es fiel a lo que cree, sin imposiciones ni negaciones.

Llamar Navidad a la Navidad no es un acto de exclusión. Es un acto de honestidad histórica y cultural.

Navidad es Jesús, no un concepto genérico

Decir “Felices fiestas” puede ser una fórmula social válida en contextos muy amplios o plurales. Pero sustituir sistemáticamente “Navidad” por expresiones neutras revela algo más profundo: el intento de vaciar de contenido cristiano el corazón de una civilización.

La Navidad no es solo una fecha del calendario. Es una proclamación:

  • Dios no es lejano.
  • Dios no es indiferente.
  • Dios ha entrado en nuestra historia.

Cuando se borra a Cristo de la Navidad, no queda una fiesta más amplia, sino una fiesta más pobre.

Recuperar la verdad, con serenidad y firmeza

Los cristianos no estamos llamados a la confrontación agresiva, pero tampoco al silencio cómodo. Estamos llamados a dar razón de nuestra esperanza, con respeto y claridad.

Decir “Feliz Navidad” es un acto sencillo, pero profundamente contracultural hoy. Es afirmar que creemos en un Dios que nace pobre, que ilumina la noche humana y que sigue ofreciendo salvación.

Jesús no pertenece solo al pasado.
Vino en la humildad de Belén para salvarnos.
Viene hoy, silencioso y fiel, en la Eucaristía, en su Palabra y en el hermano que sufre.
Vendrá glorioso al final de los tiempos para juzgar con justicia y plenitud de amor.

En Él, la historia tiene sentido, el presente tiene esperanza y el futuro está en manos de Dios.

La verdadera Navidad no necesita magia.
Necesita verdad.
Y la verdad tiene un nombre: Jesucristo.

 

Pbro. Alfredo Uzcátegui.

Vicario Parroquial. 


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